Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
Michael salió del aula sin darle tiempo a Shai para levantarse y dirigirse hacia él. Renunció a someterlo a un interrogatorio. Acelerando el paso, se encaminó al teléfono público que había visto en el pasillo.
12
Cuando al fin respondió a su llamada, Tzilla no tenía ninguna novedad que comunicarle. Eli Bahar aún no había regresado de casa de Tirosh; un técnico en poligrafía estaba pasando por el detector a Yael Eisenstein.
– Ariyeh Klein anda buscándote -le dijo Tzilla-. Llama a intervalos de una hora para rogarme que te ponga al habla con él…, parece desesperado. Tuve que contenerme para no decirle dónde estabas -Michael prometió ponerse en contacto con él-. Estará en casa todo el día, hasta las tres y media, y luego vendrá para la prueba poligráfica -le recordó.
Michael estaba en la planta baja de la Facultad de Letras. Junto a él, en otro teléfono, una joven hablaba en susurros. Michael observó sus pantalones de seda y su camiseta, y ella, notando su mirada, dio media vuelta.
«¿Qué tendrás tú que decirme?», pensó Michael mientras marcaba el teléfono de Ariyeh Klein. Los primeros dígitos identificaban su barrio, que era Rehavia. «Naturalmente, dónde si no», pensó Michael, «con una madre que vive en Rosh Pinna, la sal de la tierra, estirpe de pioneros…, ¿dónde iba a vivir sino en Rehavia?». Comunicaba; Michael recordó que Ariyeh Klein tenía tres hijas y se preguntó cuánto tardaría en comunicar con él. Miró el reloj y se dispuso a esperar. Quince minutos más tarde, a la una y cuarto, la línea quedó libre y Ariyeh Klein cogió el teléfono.
– Señor Ohayon -dijo con un suspiro de alivio-. Llevo buscándolo desde ayer; es muy importante que hablemos.
A Michael no le pasó inadvertido el hebreo puro y correcto de un natural de Rosh Pinna. Pero recordó la amistosa informalidad de las clases de Klein, su encuentro en el pasillo del Monte Scopus después de que se descubriera el cadáver de Tirosh, su terror ante la muerte, y los ojos inteligentes de aquel hombre robusto…, todo esto hizo que se disipara la hostilidad que habían despertado en él Rosh Pinna, Rehavia y su impecable hebreo. El motivo fundamental por el que aceptó la invitación de Klein de ir a su casa, en la calle El Harizi, fue la curiosidad, una curiosidad infantil derivada de que Michael aún no había superado por completo la relación profesor-alumno que había existido entre ellos. No se engañaba con respecto a su deseo de llegar a conocerlo, sabiendo que no sería ésa la razón que alegaría ante sus colegas si le hacían alguna pregunta al respecto.
Alfandari no comentó nada cuando Michael le informó:
– Regresamos. Cogeré mi coche en el barrio. Ocúpate de que Tzilla reciba el material de hoy; quiero que lo pasen a máquina inmediatamente, y quiero que Tuvia Shai acuda a realizar otra prueba poligráfica. No le he dicho que la que había hecho no era concluyente -por la forma en que Raffi frunció los labios, Michael supo que le estaba reprochando algo. Le dijo-: Tú crees que debería detenerlo.
Alfandari tenía la vista fija en la calzada, como si estuviera conduciendo en la oscuridad.
– No va a escaparse -le consoló Michael.
Cuando ya había aparcado la furgoneta en el barrio ruso, Alfandari al fin respondió:
– No. Ya sé que no se va a escapar -y añadió sin convicción-: Estoy seguro de que sabes lo que te traes entre manos.
Michael le sonrió con la esperanza de que su sonrisa no traicionara la vergüenza que sentía.
– Dile a Tzilla que estaré en casa de Ariyeh Klein -dijo mientras se dirigía a su coche.
Encontró la casa sin dificultad y enfiló el sendero que conducía a la entrada a través del jardín trasero. Mientras llamaba al timbre, sintió que se le aceleraba la respiración. Estaba tenso y no paraba de manosear la pequeña grabadora que llevaba en el bolsillo de la camisa. La fatiga de por la mañana se había evaporado. Le pareció oír sonidos procedentes de la casa, pero no estuvo seguro hasta que se abrió la puerta e identificó un instrumento de cuerda y un piano. No estaba familiarizado con los misterios de la música de cámara. Cuando tenía dieciséis años, Becky Pomerantz, su primera amante, le había dicho que esa música requería cierto grado de madurez y sólo le había puesto un disco de ese tipo, el quinteto «La trucha» de Schubert. Sin reconocer la música que ahora sonaba en casa de Ariyeh Klein, supo que no procedía de un disco. Como para confirmar esa impresión, la música cesó y se oyó un clamor de voces femeninas. Mientras lo conducía a su estudio, contiguo al vestíbulo, Ariyeh Klein le explicó: «Mis hijas están practicando» en un tono de disculpa que pretendía encubrir su orgullo; luego cerró la puerta a sus espaldas.
– Por lo general dejo la puerta abierta; las mujeres de la casa tienen por costumbre entrar y salir a su antojo -dijo Klein-, y a decir verdad, por lo general me alegra que así sea.
Para cerrar la puerta hubo de levantar un rimero de libros que la sujetaba y cambiarlo de sitio. A continuación se dejó caer pesadamente en la silla que había tras su gran escritorio, cubierto de papeles, libros abiertos, separatas y tazas de café.
Había libros por todas partes: en las estanterías que forraban las paredes, amontonados aquí y allá sobre las baldosas hundidas, junto a la astrosa butaca donde se había sentado Michael, que ahora bebía agradecido el fuerte café preparado por Klein. Un ventanal se abría sobre el jardín y el aire de la habitación estaba embalsamado de un olor a tierra húmeda y a flores mezclado con el aroma de una sopa de verduras. En comparación con el calor del exterior, en la habitación hacía un frescor agradable, característico de las estancias de techos elevados de las casas antiguas de Rehavia.
Michael vio tristeza y perplejidad en el amplio semblante de Klein, donde también se reflejaban una gentileza y una vulnerabilidad que creaban un extraño contraste con su corpulencia. La mitad superior de su cuerpo asomaba, ancha y robusta, sobre el escritorio, y Michael observó sus gruesos brazos, el pelo gris sobre la frente despejada y las manazas de dedos largos y delicados.
– No las hemos enviado al colegio a la vuelta; pensamos que, estando a mediados de junio, ya no valía la pena -se disculpó Klein cuando volvieron a oírse los acordes de un violín. Era la primer violín del cuarteto familiar, le explicó con disimulado orgullo después de decirle que se marchara a su hija pequeña, de unos ocho años, rubia y de piel lechosa, que había llamado obcecadamente a la puerta hasta que él la abrió y le susurró unas palabras en tono firme; entonces la niña desapareció, meciendo el pequeño violín que llevaba en la mano. Su mujer, siguió diciéndole Klein, tocaba el chelo, y su hija mayor el piano. La intermedia, añadió sonriendo, se negaba a demostrar el menor interés por la música clásica y defendía su derecho a tocar música pop-. Pero de todos modos hemos formado un cuarteto…, yo me las arreglo con el violín y con la viola -concluyó con complacencia.
Michael se debatía entre el deseo de adoptar un aire formal y el de llegar a conocer a Klein. En su día, había cumplido los requisitos de lo que entonces se denominaba «estudios básicos» apuntándose a cursos en los departamentos de Literatura Hebrea y de Lengua y Literatura Francesas. Había aterrizado en la clase de Klein por casualidad. Nunca se le habría ocurrido estudiar poesía hebrea medieval, pero le habían recomendado asistir a las clases de Klein para complementar la asignatura sobre las conquistas musulmanas en la Edad Media; y como el horario le convenía, se encontró en un aula grande y atestada asistiendo al curso introductorio. Durante la primera clase comprobó una vez más la veracidad del viejo tópico que afirma que la materia da igual, lo importante es el profesor. Gracias al profesor Klein, Michael supo que los poemas de Solomón Ibn Gabirol y Yehuda Halevi, que le habían parecido anodinos y tediosos en el instituto, estaban llenos de vida; así pues, ya en tercero, volvió a apuntarse a un seminario dirigido por Klein. Y ahora miraba en torno suyo, pasmado por el revoltijo de tazas de café vacías y de papeles desparramados; incluso había un vestido de niña en uno de los estantes, y un rompecabezas a medio hacer sobre el suelo. Inhaló el delicioso olorcillo a sopa de verduras que se colaba por la puerta cerrada. Se fijó en la miniatura persa que adornaba el escritorio y en los frutales que se veían por la ventana, a espaldas de Klein; recordó los arriates de flores del jardín delantero y sintió una mezcla de envidia e incredulidad. Por su mente cruzó apenas esbozado un pensamiento que podría haberse formulado así: «Demasiado bonito para ser cierto». La calidez de aquel estudio tan habitado y la seriedad representada por tantos libros constituían una incongruencia. Logró leer Carmina Romana, el título de un libro colocado boca arriba sobre el montón que había junto a la butaca. Bajo él vislumbró los caracteres cirílicos del lomo marrón y polvoriento de otro libro. Todo ello testimoniaba una riqueza cultural que le inspiraba, sin él quererlo, un gran respeto. Miró a Ariyeh Klein y pensó que estaba viendo a un hombre del Renacimiento moderno: un hombre de letras, un intelectual que además era padre de familia, jardinero y cocinero (le había ofrecido un cuenco de sopa de verduras con la misma sencillez con que antes le ofreciera la taza de café y el vaso de agua que le colocó delante sin preguntarle nada); y, en el fondo, pensó Michael, ese hombre era el extremo opuesto de Tirosh.