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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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Acababa de descubrir por qué Klein se había especializado en la Edad Media y cómo esa elección manifestaba el contraste existente entre su colega asesinado y él. Resonó en sus oídos la voz potente y melodiosa de Tirosh, tan distinta de la de Klein, esa voz clara, fuerte, apasionada, que recordaba de las clases en la gran aula del edificio Mazer del antiguo campus de Givat Ram.

Klein tosió, miró a Michael, sentado al otro lado del escritorio, y dijo indeciso:

– Hum, llevo buscándolo desde ayer porque tengo que contarle unas cuantas cosas -y con sonrisa congraciadora, añadió-: Lo recuerdo del seminario sobre poesía árabe y hebrea del siglo XII.

Michael contempló sus gruesos labios, que temblaron levemente antes de que continuara hablando:

– No tenía muy claro si las personas con las que estaba hablando se tomarían en serio lo que tenía que decir. Tal vez he sido injusto. Me pareció que eran demasiado jóvenes para conocer las vicisitudes de la vida académica -volvió a toser, a todas luces incómodo, y prosiguió-: Me temo que tengo ciertos prejuicios con respecto a la policía y me resulta difícil sobreponerme a ellos.

Michael se sonrojó pero no dijo nada.

– Son cosas muy vagas. No voy a contarle nada realmente sustancioso, sólo impresiones triviales -le advirtió Klein.

A lo lejos, se oyeron voces femeninas dando gritos y el sonido de cristales rompiéndose. Ariyeh Klein inclinó la cabeza, sonrió a modo de disculpa y tomó un sorbo de café de una taza sin asa.

– Quería contarle que Iddo vino a verme en Nueva York, e incluso se alojó con nosotros en una casa situada en Fort Schuyler, en el Bronx. Es una antigua casona de madera a la orilla de Long Island Sound; es la casa de un tío mío, que en esos momentos estaba en Israel. Iddo se quedó con nosotros un par de veces: durante la primera semana de su estancia en Estados Unidos, y tres días más antes de regresar.

– ¿Cuánto tiempo estuvo allí en conjunto…, un mes?

Klein hizo un gesto afirmativo.

– ¿Fue a recopilar material para su tesis doctoral? ¿Y sólo estuvo un mes?

Klein le explicó en pocas palabras cómo era la beca de investigación del Instituto del Judaísmo Contemporáneo que Tirosh le había conseguido a Iddo.

– Pasó la primera semana en las bibliotecas y visitando a especialistas sobre los problemas de las minorías en la Unión Soviética, con especial atención a los judíos, claro está. También se citó con refugiados políticos. Estaba muy ocupado y emocionado -dijo Klein con una sonrisa comprensiva, y agregó-: Como solemos estar todos cuando descubrimos nuevas fuentes del material que constituye nuestra área de investigación -luego retomó un tono más enérgico-: Durante la última semana de su estancia, Iddo se fue al sur, a Carolina del Norte, para conocer a un abogado que defiende a los disidentes de la Unión Soviética. El abogado en cuestión tenía mucho material relativo a las personas que interesaban a Iddo, sobre todo relativo a Ferber. No sé si conoce usted bien la poesía de Ferber.

Michael mantuvo su cara de póquer.

– Anatoli Ferber fue un descubrimiento de Shaul. Descubrió asimismo a otros muchos poetas de Israel, pero también le gustaba «descubrir» a poetas extranjeros desconocidos y traducir su obra del alemán, o del checo, como lo hizo en el caso de Hrabal.

Klein echó una ojeada inquisitiva a Michael mientras pronunciaba el nombre de este poeta. Michael negó con la cabeza para confirmar que nunca había oído hablar de él.

– Pero Anatoli Ferber era el gran descubrimiento de Tirosh -dijo Klein, inclinándose hacia delante-. Personalmente pienso, y lo he pensado siempre, que formaba parte de la leyenda que Shaul forjó de sí mismo con tanto esmero. En mi opinión, la poesía de Ferber carece de… la originalidad que Shaul le atribuía. Lo cierto es que sus poemas son bastante mediocres y el único valor que puedan poseer deriva de su contexto histórico. Pero era imposible decirle esto a Shaul sin arriesgarse a recibir una larga conferencia sobre la historia de la literatura hebrea.

Los gruesos labios de Klein temblaron al esbozar una especie de sonrisa, y después, como si hubiera recordado de nuevo los sucesos de los últimos días, volvieron a tensarse. Klein se enderezó en su asiento.

– Aun antes de que Iddo se pusiera en marcha, el abogado le dijo por teléfono que tenía de huésped a alguien que había conocido a Ferber, un compañero del campo de trabajos forzados que incluso estaba al tanto de que Ferber había escondido sus poemas. Sabía hebreo y conocía bien la obra de Ferber, y eso fue una revelación asombrosa, por cuanto Tirosh siempre aseguraba que había encontrado los poemas en Viena; contaba una historia fascinante sobre ese hallazgo; y también decía que nadie entendía el hebreo en el campo donde estaba internado Ferber. En resumen, Iddo no cabía en sí de expectación; es como si todavía viera cómo le brillaban los ojos.

Ariyeh Klein suspiró y tomó otro sorbo de café.

– ¿Cómo dio con ese abogado?

– Por casualidad, a través de un bibliotecario del Seminario de Teología Judío, donde pasó algún tiempo durante su primera semana en Nueva York. No recuerdo bien los detalles, pero sé que Iddo le dijo por teléfono que estaba preparando su tesis doctoral en Jerusalén y había ido allí para recopilar material, y el abogado le invitó a su casa.

Klein arqueó las cejas y contempló una fotografía de gran tamaño colgada entre ambas estanterías, el retrato de un hombre calvo y ancho de cara vestido con un traje de chaqueta. Era una cara que a Michael le resultaba familiar, pero no lograba ubicarla.

– Iddo se marchó a Washington, desde donde me llamó una vez, y luego se fue a Carolina del Norte, a una ciudad universitaria llamada Chapel Hill. ¿Ha estado usted alguna vez en Estados Unidos?

Michael negó con la cabeza y dijo:

– Sólo he estado en Europa.

A continuación preguntó si podía fumar.

– Desde luego, desde luego -respondió Klein, y, sin mirar, desenterró de debajo de un montón de papeles un cenicero de cristal. Era evidente que tenía todo bien localizado.

– Valga lo que le he contado hasta ahora a modo de introducción al verdadero problema, que es el estado en que regresó Iddo Dudai de su visita a Carolina del Norte. Había que conocerlo para apreciar el enorme cambio que se había operado en él -Klein guardó silencio durante un instante, como si estuviera conjurando la imagen de Dudai, y luego continuó-: Quizá se esté usted preguntando cómo es que teníamos una relación tan estrecha si no era mi alumno…, mi doctorando, me refiero. Naturalmente, había asistido a mis clases e incluso había participado en mis seminarios, pero nuestra relación iba más allá de eso. Era inevitable admirar su seriedad como estudioso y su integridad intelectual. Era un chico honrado e inteligente, aunque careciera de la despreocupación propia de su edad; no tenía nada de travieso, pero tampoco tenía tendencias depresivas. Se podría decir que era una persona sin complicaciones, desde el punto de vista psicológico, aunque de ninguna manera le faltaba sensibilidad. Pero no era proclive a los cambios de humor. Ofra, mi mujer, lo apreciaba mucho y venía a vernos a menudo. Eso no le gustaba a Shaul. Solía hacer comentarios desdeñosos, delante de mí y a mis espaldas, sobre lo que él llamaba mi «mentalidad familiar». Que trajera a casa a personas como Iddo o Yael Eisenstein y les presentase a mi mujer y a mis hijas, que compartiera mi mesa con ellos, era en su opinión un «residuo evidente de la vida provinciana en la colonia de Rosh Pinna». Como es natural, cuando Iddo me escribió diciéndome que iba a ir a Estados Unidos y pidiéndome que le ayudara a encontrar alojamiento, le invité a quedarse con nosotros. Estábamos instalados en una casa espaciosa con un ala independiente para los invitados; recibimos muchas visitas a lo largo del año. Estaba en los terrenos de la Escuela Naval, donde mi tío daba clases de navegación. Los judíos son un pueblo peculiar -comentó Klein a modo de inciso, a la vez que entrelazaba los dedos y se reclinaba sobre el respaldo exhalando un suspiro, y luego se volvía para contemplar el jardín por la ventana.

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