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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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No todos los poemas alabados por Tirosh emocionaban a Michael. Algunos se le antojaban conglomerados de palabras ininteligibles. Pero reconoció la capacidad de Shaul Tirosh para trazar el «mapa poético» de Israel y, al hacerlo, le embargó una tensión que no comprendía.

Anotó en un papel que le había facilitado el joven bibliotecario los nombres de los poetas y escritores atacados por Tirosh con implacable crueldad.

En los primeros números de la revista Literatura descubrió dos artículos de Tirosh, en los que analizaba, con su acostumbrada exhaustividad, la obra del poeta Saúl Chernijovski. En los primeros párrafos revisaba los estudios críticos de la poesía de Chernijovski, y, a continuación, demolía con unas cuantas frases lúcidas las interpretaciones aceptadas de sus poemas líricos y establecía una nueva orientación crítica, la cual, para sorpresa de Michael, atrajo su interés. A continuación abrió la primera edición de la Shira de Agnón y vio que, efectivamente, faltaba el último capítulo. Ojeó la novela inacabada, la dejó a un lado y cogió la quinta edición, el ejemplar extra que había solicitado llevado por la costumbre de prevenir la posible falta de algún libro. Al pasar las páginas, topó de pronto con el título: «Ultimo capítulo». Mientras lo leía, resonaron en sus oídos las palabras de Aharonovitz. Leyó asimismo con atención el apéndice de Emuna Yarón a esa edición: «A la vez que escribía Shira, mi padre también se ocupaba en el relato "Para siempre". Tras la publicación de Shira, Raffi Weizer, de los Archivos Agnón, encontró una nota que ponía en relación "Para siempre" con la novela. En otras palabras, en cierto momento, "Para siempre" se separó de Shira para convertirse en un relato independiente. En "Para siempre", el erudito Adiel ingresa en un hospital de leprosos del que no llegará a salir nunca; se queda allí para siempre».

Michael se quedó aterrado. La descripción de Manfred Herbst entrando en el hospital de leprosos lo llenó de pavor. Al pensar en la casualidad que lo había llevado a dar con ese capítulo, se preguntó por qué no habría continuado indagando en el tema del último capítulo al hablar con Klein. Tenía la impresión de que necesitaba comprender algo de aquella lectura, pero no sabía qué. Ante todo, le desconcertaba la sensación de que el último capítulo describía algo terrible, casi repugnante. Agnón no había llegado a escribir el puente de unión con ese capítulo, por lo que, a pesar de saber cómo concluía el libro, Michael no entendía por qué. «No veo qué relación puede tener esto con Tirosh», pensó mientras cruzaba la sala de lectura de revistas después de haber indicado qué páginas deseaba fotocopiar.

En la sala de revistas encontró los suplementos literarios en cuyas páginas Aharonovitz y Tirosh habían librado una batalla que se prolongó meses y meses. Todo comenzó con una discusión académica sobre el último libro de poesía de Yehuda Amijai, y prosiguió con encarnizados ataques personales contra el método crítico de Tirosh, en los que Aharonovitz llegó al extremo de expresar explícitamente reservas sobre la obra del afamado poeta, a la par que reconocía su valor de conjunto. («La evidencia existente basta para demostrar el carácter imperfecto de la obra poética de Tirosh, una obra cuya importancia no se pone en duda en absoluto. El fallo esencial que aqueja a su poesía y la coloca sobre pies de barro o, usando su propia imaginería, sobre "pies de nieve derritiéndose" es la falta de conexión orgánica entre los diversos elementos, la falta de afinidad entre estructuras y contenidos, que, en sí mismos, podrían compararse con un conglomerado: un conjunto impresionante pero azaroso de datos recogidos en todos los campos y confines del mundo…») Michael sonrió para sí al advertir que Aharonovitz prescindía al escribir del estilo talmúdico que empleaba al hablar.

No pudo por menos de divertirse con los artículos de represalia de Tirosh. Percibió una vez más el tono sarcástico, el veneno, la postura fría e irónica reveladora de la remota invulnerabilidad del escritor. Después de leer los comentarios que tachaban de trivial la obra académica de Aharonovitz, Michael los marcó para que también se los fotocopiaran.

Se dirigió después a la sala general de lectura, donde la bibliotecaria, una morena metida en carnes y de rostro agradable, lo saludó, recordándolo de sus tiempos de estudiante. Le entregó la pila de libros que había solicitado; todos estaban disponibles y Michael se encontró con tres ejemplares de Poemas blancos de Tirosh y dos de Un comentario sobre Tirosh de Tuvia Shai. Comenzó a hojear este último, deteniéndose sobre todo en la introducción, un texto absolutamente impersonal donde se enumeraban los logros del poeta y se destacaba su especialísima contribución a la poesía hebrea. «Toda una generación de poetas», escribía Shai, «se siente tributaria de la tradición poética creada por Shaul Tirosh». Después Michael vio la dedicatoria: «Para Shaul, por si es que lo estimas digno».

Sin saber cómo, le vino a la memoria lo que Maya le había contado sobre el manuscrito de La tierra baldía; por lo visto, T. S. Eliot se lo había enviado a Ezra Pound ofreciéndoselo con estas palabras: «Si es que lo quiere». Y también recordó la interpretación de Maya, que con ojos relucientes le había preguntado: «¿No te parece una dedicatoria maravillosa?». No, a él no se lo parecía. Y pensaba que la versión de Tuvia Shai revelaba su incondicional abnegación ante Tirosh; esa manera de rebajarse le fastidiaba y lo enfurecía.

Salió de la sala de lectura, tomó asiento frente a la enorme vidriera del pintor Ardon, encendió un cigarrillo, estiró las piernas y tiró la ceniza en el único cenicero del vestíbulo, haciendo caso omiso de la mirada asesina de un conocido catedrático que, al pasar de largo junto a él, miró con toda intención el letrero de «Prohibido fumar».

Una bocanada de humo voló hacia él desde el extremo de la hilera de sillas, trayéndole el aroma dulzón de otro tipo de tabaco. Giró la cabeza y vio a Shulamith Zellermaier, con un cigarrillo entre los labios y, en las manos, una revista, seguramente especializada. Había dejado un montón de papeles sobre la silla vecina. Estaba despatarrada en la silla y la falda azul no alcanzaba a cubrirle los gruesos muslos; Michael vio el perfil de su cara redonda, los descuidados rizos grises. Zellermaier exhaló un hondo suspiro, dejó de golpe la revista sobre la silla de al lado y se volvió hacia Michael. Sus miradas se encontraron y la profesora tuvo un instante de desconcierto; luego lo reconoció y vociferó desde lejos:

– ¿No es usted el policía?

Michael asintió con la cabeza, se puso en pie y fue a sentarse en la silla contigua al montón de papeles.

– ¿Qué le trae por aquí? -preguntó ella, y, sin esperar respuesta, añadió-: Ya he hecho la prueba poligráfica. Curioso asunto, esto del detector de mentiras o, lo que es lo mismo, la máquina de la verdad, que, desde luego, es un oxímoron, por no decir un absoluto despropósito -Michael trató de recordar qué significaba «oxímoron», y, como para responderle, ella prosiguió-: Es una contradicción terminológica. ¿Cómo podría una máquina medir algo tan abstracto como la verdad? Sobre todo, teniendo en cuenta que la palabra «poli» significa muchos y la etimología de «poli-grafía» es, en griego, «escribir mucho»; y como me ha explicado el técnico, la máquina mide y registra reacciones fisiológicas tales como el pulso, la transpiración, la tensión y otras variables similares, con objeto de identificar el estado psicológico de la persona sometida a la prueba. Pero ¿qué tiene que ver eso con la verdad y la mentira? ¿No ve que la gente la denomina correctamente prueba poligráfica y suprime la idea falaz de que sea una máquina de la verdad? -antes de que Michael pudiera replicar, Zellermaier continuó-: Tengo entendido que está usted a cargo de la investigación.

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