Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
Jayson meneó la cabeza.
– Nadie -dijo-. Solo Paolo.
– ¿Qué me dice de la gente con la que se veía aquí, en el mercado?
– Oh, no los conozco, querida, si es que hay alguno. Puede haber alguien, por supuesto, pero como ya he dicho, trabajábamos en días diferentes, de modo que… -Se encogió de hombros-. Paolo se lo podría decir. Si quisiera, claro.
– ¿Por qué no iba a querer decirlo? ¿Hay algo acerca de Paolo que deberíamos saber antes de hablar con él?
– Por Dios, no. No era mi intención insinuar… Bueno, tuve efectivamente la impresión de que él la controlaba bastante estrechamente, ya sabe. Hacía preguntas acerca de ella, como usted. Si había venido alguien a buscarla a la tienda, a preguntar por ella, a reunirse con ella, a esperarla…, esa clase de cosas…
– ¿Cómo acabó trabajando aquí? -preguntó Lynley, dejando de escrutar la vitrina donde se exhibían los puros habanos.
– La agencia de empleo -dijo Jayson-. Y no puedo decirle cuál de ellas, porque ahora están todas informatizadas, de modo que podría haber llegado a nosotros desde Blackpool, que yo sepa. Pusimos el anuncio en la agencia de empleo y llegó ella. Papá la entrevistó y la contrató en el acto.
– Tendremos que hablar con él.
– ¿Con mi padre? ¿Por qué? Dios, no estarán pensando que… -Jayson se echó a reír y luego lanzó un chillido y se tapó la boca con la mano. Luego recobró la compostura con una expresión apropiadamente apenada-. Lo siento, sólo estaba imaginando a mi padre como un asesino. Supongo que quieren hablar con él, ¿verdad? ¿Para comprobar su coartada? ¿No es eso lo que hace la Policía?
– Eso hacemos, efectivamente. También necesitaremos la suya.
– ¿Mi coartada? -Jayson se llevó una mano al pecho-. No tengo idea de dónde está Ashley Park. Y, en cualquier caso, si Jemima estaba allí y era cuando tendría que haber estado trabajando, entonces yo estaba aquí.
– El nombre es Abney Park -le informó Isabelle-. En el norte de Londres. Stoke Newington, para ser exactos, señor Druther.
– Donde sea. Yo habría estado aquí. Desde las nueve y media de la mañana hasta las seis y media de la tarde. Hasta las ocho, los miércoles. ¿Era un miércoles? Porque, como ya he dicho al principio de esta conversación, no leo los periódicos y no tengo idea…
– Empiece -dijo Isabelle.
– ¿Qué?
– Los periódicos. Empiece a leer los periódicos, señor Druther. Le asombrará lo que puede leer en ellos. Ahora repítanos dónde podríamos encontrar a Paolo di Fazio.
Se preguntó si eran ángeles. Había algo en ellos que les hacía diferentes. No eran mortales. Podía verlo. La verdadera pregunta era, entonces, ¿qué clase de ángeles? ¿Querubines, tronos, dominios, principados? ¿Buenos, malos, guerreros, guardianes? ¿O incluso arcángeles, como Rafael, Miguel o Gabriel? ¿Arcángeles de quienes eruditos y teólogos aún no saben nada? ¿Ángeles de la orden más elevada, tal vez, que vienen a librar una guerra con fuerzas tan malignas que sólo una espada sostenida por la mano de una criatura de luz puede derrotarlas?
No lo sabía. No podía decirlo.
Él se había adjudicado la categoría de guardián, pero estaba equivocado. Vio que estaba destinado a ser el guerrero de Miguel, pero cuando lo vio ya era demasiado tarde.
Pero vigilar tiene poder…
Vigilar es nada. Vigilar es vigilar el mal y el mal destruye.
La destrucción destruye. La destrucción engendra más destrucción.
El aprendizaje es significado. Custodiar significa aprender.
Custodiar significa miedo.
Miedo significa odio. Miedo significa ira.
Custodiar significa amor.
Custodiar significa ocultarse.
Ocultarse significa montar guardia que significa
custodiar que significa amor. Estoy destinado a custodiar.
Tú estás destinado a matar. Los guerreros derrotan.
Tú estás llamado a la guerra. Yo te invoco.
Legiones y más legiones te invocan.
Yo protegí. Yo protejo.
Tú mataste.
Quería golpearse la cabeza, donde sonaban las voces. Hoy eran más estridentes que nunca, más que los gritos, más que la música. Él podía «ver» las voces, además de oírlas, y llenaban su visión, de modo que, finalmente, pudo distinguir las alas. Eran ángeles ocultos, pero sus alas los delataban, y le observaban y levantaban testimonio desde las alturas. Estaban alineados uno junto a otro con las bocas abiertas. Debería haber sido un canto celestial lo que tendría que haber salido de esas bocas, pero en cambio lo que llegó fue viento. Había un aullido encima de él, y detrás del viento llegaron las voces que él conocía, pero no quería escuchar, de modo que se entregó a los guerreros, a los guardianes y a su determinación de ganarle para causas tan poco apropiadas para él.
Cerró los ojos con fuerza, pero aun así los veía y los oía; aun así seguía adelante hasta que la transpiración le humedeció las mejillas, hasta que se dio cuenta de que no era transpiración sino lágrimas, y luego del «bravo» que llegaba de alguna parte, pero esta vez no de los ángeles, ya que se habían marchado, y entonces él también lo hizo. Andaba a trompicones, subiendo, abriéndose paso hacia el cementerio de la iglesia y luego hacia el silencio que no era silencio en absoluto porque no «había» silencio, no para él.
A Lynley no le molestaba el papel que estaba jugando en la investigación, algo entre chofer y criado de Isabelle Ardery. Le permitía aligerar su regreso al trabajo policial. Además, si iba a retomar su trabajo en la Policía sólo podía ser de forma gradual.
– Menudo gilipollas -dijo Ardery en relación con Jayson Druther, una vez que abandonaron el estanco.
Lynley no podía estar más de acuerdo. Le indicó el camino que debían tomar para llegar a Jubilee Market Hall a través del empedrado del área principal de Covent Garden.
En el interior de la enorme galería, el ruido era ensordecedor y llegaba de los vendedores ambulantes, de los radiocasetes instalados dentro de los puestos, de las conversaciones mantenidas a gritos y de los compradores que trataban de cerrar tratos con vendedores de cualquier cosa, desde camisetas de recuerdo hasta obras de arte. Encontraron el puesto del fabricante de máscaras después de abrirse paso a codazos arriba y abajo de tres pasillos laterales. Tenía una buena ubicación cerca de una de las entradas, lo que le convertía en el primero de los últimos puestos que uno encontraba, pero, en cualquier caso, en un puesto que uno vería inevitablemente, ya que se encontraba situado en un ángulo con nada a sus costados. También era grande, más grande que la mayoría, y ello se debía a que la fabricación de las máscaras parecía desarrollarse en su interior. Un taburete para el modelo del artista recibía la luz de una lámpara elevada y, junto a él, había una mesa con bolsas de yeso y otros numerosos recipientes. Sin embargo, lamentablemente, lo que el puesto no incluía en ese momento era la presencia del propio artista, si bien la gruesa hoja de plástico que formaba la pared posterior exhibía fotografías de las máscaras que creaba, junto con los modelos que posaban a su lado.
Un cartel colocado sobre un mostrador provisional señalaba el tiempo que el artista tardaría en regresar. Ardery le echó un vistazo y luego miró su reloj.
– Vamos a beber algo -le dijo a Lynley.
Volvieron sobre sus pasos buscando un lugar donde beber ese algo y llegaron al patio de debajo del estanco. El violinista que había estado tocando allí ya se había marchado. Daba igual, porque Ardery, aparentemente, quería conversación, además de la bebida. Tomó una copa de vino. Lynley enarcó una ceja, y ella advirtió el gesto.
– No tengo ninguna objeción a beber una copa de vino estando de servicio, inspector Lynley. Nos merecemos una después de J-a-y-s-o-n. Por favor, acompáñeme. Odio sentirme como una borracha.