Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Cuerpo de Muerte - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
1 ... 47 48 49 50 51 52 53 54 55 ... 185
Перейти на страницу:

Un cartel donde se leía Salón de cigarros y tabacos colgaba encima del escaparate del estanco. Junto a la puerta, se encontraba la tradicional figura en madera del Highlander con su vestimenta tradicional y un tarro con rapé en las manos. Unas pizarras impresas se apoyaban contra la puerta y debajo de la ventana anunciando tabacos exclusivos y la especialidad del día, que hoy era el puro Larrañaga Petit Corona.

El interior del estanco era tan pequeño que no hubiesen entrado cinco personas con comodidad. Con un ambiente fragante debido al perfume del tabaco fresco, comprendía un único y antiguo expositor de parafernalia para pipas y puros, armarios de roble con el frontal acristalado donde se guardaban los puros bajo llave, y una pequeña habitación en la parte posterior dedicada a almacenar docenas de recipientes de vidrio llenos de tabaco y etiquetados con los nombres de diferentes aromas y sabores. El antiguo expositor también hacía las veces de mostrador principal de la tienda, con una balanza electrónica, una caja registradora, y otra pequeña vitrina con puros. Detrás de este mostrador, el empleado estaba atendiendo a una mujer que compraba puritos.

– En un momento estoy con ustedes, queridos -dijo, con la clase de voz cantarina que uno podría haber esperado de un dandi de otro siglo.

La voz, sin embargo, desmentía totalmente la edad y el aspecto del empleado del estanco. No parecía tener más de veintiún años, y si bien estaba pulcramente vestido con un ligero atuendo de verano, llevaba anillos extensores en los lóbulos de las orejas. Aparentemente, los había usado durante tanto tiempo que el tamaño de sus lóbulos ponía la piel de gallina. Durante la conversación que mantuvo a continuación con Isabelle y con Lynley, el muchacho no dejó de hurgarse los orificios con los dedos. A Isabelle esa conducta le resultó tan nauseabunda que estuvo a punto de marearse.

– Bien. ¿Sí, sí, sí? -canturreó alegremente una vez que la dienta abandonó el local con los puritos-. ¿En qué puedo ayudarles? ¿Puros habanos? ¿Puritos? ¿Tabaco? ¿Rapé? ¿Qué será?

– Conversación -dijo Isabelle-. Policía -añadió al tiempo que mostraba su identificación. Lynley hizo lo propio.

– Estoy ansioso -dijo el joven. Dijo que se llamaba J-a-y-s-o-n Druther. Su padre, informó, era el propietario de la tienda. Como lo habían sido antes su abuelo y el padre de su abuelo-. Lo que no sepamos nosotros de tabaco no merece la pena saberse. -Él acababa de iniciarse en el negocio, después de haber insistido en conseguir una licenciatura en Empresariales antes de «unirse a las filas de los que trabajan». Quería ampliar el negocio, pero su padre no era de la misma opinión-. Que el Cielo no permita que invirtamos en algo que no sea absolutamente seguro -añadió con un escalofrío dramático-. Muy bien…

Extendió las manos, que eran blancas y suaves, observó Isabelle, muy probablemente objeto de visitas semanales a la manicura, e indicó que estaba listo para cualquier cosa que quisieran de él. Lynley permanecía ligeramente detrás de ella, lo que permitió que Isabelle llevara la voz cantante. Le agradó ese gesto.

– Jemima Hastings -comenzó Isabelle-. Supongo que la conoce, ¿verdad?

– Algo. -J-a-y-s-o-n extendió la palabra separándola en «al» y «go», enfatizando la segunda sílaba. Añadió que no le importaría tener unas palabras con la querida Jemima, ya que ella era la razón de que él tuviese que trabajar «a toda clase de horas demenciales como ahora. Por cierto, ¿dónde está esa miserable monada?».

Isabelle le dijo que esa miserable monada estaba muerta.

Su boca se abrió de par en par para cerrarse un segundo después.

– Dios mío -dijo-. ¿Ha sido un accidente de circulación? ¿La atropelló un coche? Santo cielo, no habrá habido otro ataque terrorista, ¿verdad?

– Ha sido asesinada, señor Druther -dijo Lynley sin levantar la voz.

Jayson registró su acento culto y se manoseó uno de los lóbulos a modo de respuesta.

– En el cementerio de Abney Park -añadió Isabelle-. Los periódicos indicaron que se había cometido un asesinato en ese lugar. ¿Lee usted los periódicos, señor Druther?

– Dios, no -dijo-. Ni prensa amarilla ni periódicos serios y, «definitivamente», ningún informativo por radio o televisión. Prefiero mil veces vivir en las nubes. Cualquier otra cosa me produce tal estado de depresión que no puedo levantarme de la cama por las mañanas, y lo único que consigue animarme son los panecillos de jengibre que prepara mi madre. Pero si los como, soy propenso a ganar peso, la ropa no me sienta bien, tengo que comprarme ropa nueva, y… estoy seguro de que captan la idea. ¿El cementerio de Abney Park? ¿Dónde está el cementerio de Abney Park?

– Al norte de Londres.

– ¿Al norte de Londres? -Hizo que sonase como Plutón-. Dios mío. ¿Qué hacía ella allí? ¿La asaltaron? ¿La secuestraron? No le habrán… No le habrán hecho «algo», ¿no?

Isabelle pensó que tener la yugular seccionada podría interpretarse muy bien como que le habían hecho algo, aunque sabía que no era eso lo que Jayson quería decir.

– Por el momento lo dejaremos en asesinada. ¿Conocía bien a Jemima? -preguntó.

No muy bien, según se desprendió de la conversación. Al parecer, Jayson había hablado con Jemima por teléfono, pero, de hecho, sólo la había visto en un par de ocasiones, ya que no compartían el horario de trabajo y, la verdad sea dicha, ninguna otra cosa tampoco. La conocía más por esas cosas que por ella en persona. «Esas cosas» resultó ser un grupo de tarjetas postales con fotografías. Jayson las sacó de un armario pequeño que había junto a la caja registradora, quizás ocho en total. Las tarjetas mostraban la foto que Deborah Saint James había tomado de Jemima Hastings, vendidas sin duda como las otras fotografías de la colección en la tienda de regalos de la National Portrait Gallery. Alguien había escrito en cada una de ellas: «¿Ha visto a esta mujer?» con rotulador negro. En el reverso había un número de teléfono con las palabras: «Por favor, llame» escritas encima.

– Paolo las había traído para Jemima -dijo Jayson. Lo sabía porque los días que él trabajaba y Jemima no, Paolo di Fazio se detenía de todos modos en el estanco si había encontrado más tarjetas postales. Este fajo en particular lo había entregado hacía ya varios días, aunque Jemima no estaba allí para recibirlas. Jayson pensó que la chica había estado destruyéndolas a medida que llegaban, ya que en más de una ocasión había encontrado los trozos en la basura los días en que él trabajaba-. Pensé que se trataba de alguna clase de ritual fotográfico para ella -dijo.

Paolo di Fazio. Era uno de los inquilinos de la pensión. Isabelle recordaba el nombre del informe de Barbara Havers sobre la conversación que había mantenido con la dueña de la pensión donde vivía Jemima Hastings.

– ¿El señor di Fazio trabaja cerca de aquí? -preguntó ella.

– Sí. Es el hombre de las máscaras.

– ¿El hombre enmascarado? -preguntó Isabelle-. ¿Qué demonios…?

– No, no. «Enmascarado» no. Máscaras. Él crea máscaras. Tiene un puesto en el mercado. Es muy bueno. Incluso me ha hecho una a mí. Son una especie de recuerdo de…, bueno, más que un recuerdo, en realidad. Creo que tiene algo con Jemima, es eso lo que pregunta. Quiero decir, ¿por qué otra razón si no estaría entrando y saliendo de la tienda con esas tarjetas postales que ha juntado para ella?

– ¿Vino alguien más preguntando por ella…, cuando usted estaba trabajando y ella tenía los días libres? -preguntó Isabelle.

1 ... 47 48 49 50 51 52 53 54 55 ... 185
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)