Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
Ardery comenzó a asignar las tareas del día. Todos ellos conocían la rutina: había que seguir el proceso. Tenían que entrevistar a todos los conocidos de Jemima Hastings: en Covent Garden, donde estaba empleada; en su alojamiento en Putney; en la Portrait Gallery, donde había estado presente durante la inauguración de la exposición en la que estaba colgado su retrato. Todos ellos necesitarían coartadas que tendrían que comprobarse. Sus pertenencias también tendrían que ser examinadas y había un montón de cajas llenas de ellas que habían sido sacadas de su habitación. Habría que llevar a cabo una búsqueda cada vez más amplia en el área próxima al cementerio para tratar de encontrar su bolso, el arma homicida o cualquier cosa relacionada con el viaje que Jemima Hastings había hecho a través de Londres hasta llegar a Stoke Newington.
Ardery acabó de asignar las tareas. La última de ellas consistió en encargar a la sargento detective Havers que buscase a una mujer llamada Yolanda, la Médium.
– ¿Yolanda la «qué»? -soltó Havers.
Ardery la ignoró. Habían recibido una llamada telefónica de Bella McHaggis, dijo, la dueña de la pensión donde vivía Jemima Hastings en Putney. Era necesario dar con el paradero de Yolanda, la Médium. Esa mujer, aparentemente, había estado acechando a Jemima -«palabras de Bella, no mías»-, de modo que era necesario que la encontrasen para interrogarla.
– ¿Confío que no tendrá problemas con eso, sargento?
Havers se encogió de hombros. Miró a Lynley. Él sabía cuál era la expectativa de Barbara. Y al parecer también Isabelle Ardery porque les anunció a todos:
– Por ahora, el inspector Lynley trabajará conmigo. Sargento Nkata, usted será el compañero de Barbara.
Isabelle Ardery le dio las llaves de su coche a Lynley. Le dijo dónde estaba aparcado, añadió que se reuniría con él abajo después de una breve visita al lavabo y luego se fue hacia allí. Al tiempo que hacía sus necesidades, vació un botellín de vodka, pero el alcohol bajó demasiado deprisa para su gusto y se alegró de haber llevado consigo el otro botellín. De modo que, mientras tiraba de la cadena, se bebió el contenido del segundo botellín. Volvió a guardar ambas botellas en el bolso. Se aseguró de que quedasen separadas, cada una envuelta en un pañuelo de papel, porque no sería buena idea ir por ahí tintineando y repicando como si fuese una prostituta medio borracha con algo que ocultar. Especialmente, pensó ella, considerando que no había más género en el lugar de donde habían salido, a menos que hiciera una parada en una tienda con permiso para vender alcohol, algo que sería muy poco probable en compañía de Thomas Lynley.
Dijo: «Usted y yo iremos a Covent Garden», y ni Lynley ni los demás habían cuestionado su decisión. Su intención era permanecer cerca de cualquier operación si conseguía finalmente el puesto de superintendente y, en lo que concernía a todos los presentes, Lynley estaba allí para ayudarla a conocer el percal. El hecho de que Lynley se encargase de llevarla por la ciudad serviría para reforzar el argumento de que contaba con su apoyo. Además quería llegar a conocer a ese hombre. Fuese él consciente o no de lo que estaba pasando, Lynley era la competencia en más de un sentido, y ella tenía precisamente la intención de desarmarle en más de un sentido.
Se acercó al lavamanos y aprovechó para alisarse el pelo y acomodarlo detrás de las orejas, sacar las gafas de sol del bolso y darse un toque de color en los labios. Luego masticó dos pastillas de menta y colocó sobre la lengua una tira de Listerine para mayor seguridad. Bajó al aparcamiento, donde encontró a Lynley esperando junto a su Toyota.
Siempre un caballero -el hombre probablemente había aprendido modales desde la cuna- le abrió la puerta del acompañante para que subiera al coche. Ella le dijo, con tono brusco, que no volviera a hacer eso, -«Esto no es una cita, inspector»- y se marcharon. Era muy buen conductor, observó. Desde Victoria Station hasta las inmediaciones de Covent Garden, Lynley sólo miró la autovía, las aceras o los espejos del Toyota, y no se molestó en darle conversación. Ningún problema para ella. Viajar en coche con su ex marido siempre había sido una tortura para Isabelle, ya que Bob tenía tendencia a creer que podía hacer varias cosas al mismo tiempo, y las tareas que emprendía cuando estaba al volante del coche consistían en echarle la bronca a sus hijos, discutir con ella, conducir y, a menudo, mantener conversaciones a través de su teléfono móvil. En innumerables ocasiones se habían saltado semáforos en rojo, habían hecho caso omiso de los pasos cebra y habían girado a la derecha hacia el tráfico que se les echaba encima. Parte del placer derivado del divorcio había sido la novedosa seguridad que significaba poder conducir el coche.
Covent Garden no se encontraba muy lejos de New Scotland Yard, pero tuvieron que enfrentarse a la congestión de tráfico en Parliament Square, que siempre era notablemente peor durante los meses de verano. Ese día, en particular, había una fuerte presencia policial en los alrededores de la plaza, ya que una gran cantidad de manifestantes se habían congregado cerca de la iglesia de Santa Margarita, y los agentes de Policía, con cazadoras de un amarillo brillante, trataban de llevarles hacia Victoria Tower Garden.
El panorama no era mucho mejor en Whitehall, donde el tráfico estaba atascado cerca de Downing Street. Pero el atasco no era consecuencia de otra protesta, sino más bien de la presencia de un montón de curiosos que pululaban junto a los portones de hierro, esperando sólo Dios sabía qué. Por lo tanto, transcurrió más de media hora entre el momento en que Lynley desvió el coche de Broadway a Victoria Street y cuando consiguió aparcar en Long Acre con la identificación policial colocada en el parabrisas.
Hacía ya mucho tiempo que Covent Garden había pasado de ser el pintoresco mercado de flores que dio fama a Eliza Doolitle para convertirse en una pesadilla comercial de la globalización desenfrenada. Desde hacía tiempo, la zona estaba dedicada en gran parte a cualquier cosa que los turistas pudieran querer comprar. Cualquier persona con sentido común que viviese en esa zona de la ciudad evitaba el lugar. Los obreros que trabajaban en el vecindario utilizaban sin duda sus pubs, restaurantes y puestos de comida, pero, aparte de eso, en sus innumerables portales los habitantes de Londres no ponían los pies, a menos que fuese para comprar algo que no se pudiese conseguir fácilmente en otra parte de la ciudad.
Ése era el caso del estanco donde, según la información de Barbara Havers, Sidney Saint James había visto por primera vez a Jemima Hastings. Encontraron el establecimiento en el extremo sur de la inmensa galería comercial y se abrieron paso hasta allí a través de lo que parecían ser artistas callejeros de todo tamaño y condición: desde individuos que posaban ingeniosamente como estatuas en Long Acre hasta magos, malabaristas sobre monociclos, dos músicos-orquesta y un dinámico practicante de air guitar (esa práctica que consiste en tocar la guitarra eléctrica con música de fondo, pero sin el instrumento en sí) que simulaba pulsar las cuerdas. Todos estos personajes competían por los donativos de los visitantes en prácticamente todos los espacios que no estaban ocupados por un kiosco, una mesa, sillas y gente apiñada comiendo helados, patatas asadas y falafel. Era exactamente la clase de lugar que hacía que uno deseara salir corriendo y gritando en busca del lugar solitario más cercano, que era probablemente la iglesia que se encontraba en el extremo suroeste de la plaza que incluía Covent Garden. Las cosas mejoraron un poco en las tiendas de Courtyard, donde la mayoría de los establecimientos eran de un nivel moderadamente elevado. Por lo tanto, las omnipresentes bandas de adolescentes y turistas calzados con zapatillas deportivas aquí brillaban por su ausencia. La calidad de los artistas callejeros también ascendía un peldaño en calidad. En el patio situado en un nivel inferior que albergaba un restaurante con sillas y mesas al aire libre, un violinista de mediana edad tocaba con el acompañamiento orquestal que emitía un radiocasete.