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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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Anthony se levantó de forma repentina.

– ¡Madre! – ladró y dejó a Kate en el banco mientras se acercaba a lady Bridgerton -. Mi prometida y yo deseamos un poco de intimidad aquí en el jardín.

– Por supuesto -murmuró la vizcondesa.

– ¿Le parece eso prudente? -preguntó la señora Featherington.

Anthony se adelantó, acercó mucho la boca al oído de su madre y susurró:

– Si no te la llevas de mi presencia en los siguientes segundos, la asesino aquí mismo.

Lady Bridgerton se atragantó con una risa y asintió con la cabeza. Al final consiguió decir:

– Por supuesto.

En menos de un minuto, Anthony y Kate estaban a solas en el jardín.

Anthony se volvió para mirarla; Kate se había levantado y había dado unos pocos pasos hacia él.

– Creo -murmuró Bridgerton, y enlazó suavemente su brazo con el de ella- que deberíamos considerar retirarnos de la vista de la casa.

Su paso era largo y resuelto, y Kate dio algún traspiés mientras intentaba encontrar el paso y situarse a su altura.

– Milord -preguntó apresurándose a su lado-, ¿te parece de verdad prudente?

– Suena como la señora Featherington -comentó sin aminorar la marcha ni un momento.

– Dios me libre -musitó Kate-, pero mantengo la pregunta.

– Sí, pienso que es del todo prudente -respondió, y la metió en una glorieta. Tenía las paredes parcialmente abiertas para dejar pasar el aire, pero estaba rodeada de lilos que ofrecían una intimidad considerable.

– Pero…

Él sonrió. Una sonrisa lenta.

– ¿Sabes que discutes demasiado?

– ¿Me has traído aquí para decirme eso?

– No, para eso no -dijo arrastrando las palabras-. Te he traído aquí para hacer esto.

Y entonces, antes de que Kate tuviera ocasión de pronunciar una sola palabra, antes de que tan siquiera tuviera ocasión de coger aliento, su boca descendió y capturó la de ella con un beso hambriento y abrasador. Sus labios eran voraces, tomaban todo lo que tenían que dar y luego pedían aún más. El fuego candente ardió y chisporroteó en el interior de Kate con más ardor que aquella noche en el estudio, diez veces más.

Se estaba fundiendo. Dios santo, se estaba fundiendo y quería mucho más.

– No deberías hacerme esto -susurró pegada a su oído-. No deberías. Todo en ti es totalmente inapropiado. Y no obstante…

Kate solté un jadeo cuando las manos de Anthony la sorprendieron por la espalda para atraerla con brusquedad contra su erección – ¿Lo ves? – dijo con voz entrecortada mientras movía sus labios sobre la mejilla de Kate -. ¿Lo sientes? -Se rió con voz ronca, con un extraño sonido burlón-. ¿Ya lo entiendes? -La estrujó sin piedad luego mordisqueó la tierna piel de su oreja-. Por supuesto que no.

Kate sintió que se escurría contra él. La piel empezaba a arderle, y los brazos traidores de Anthony no dejaban de escabullirse hacia arriba y alrededor de su cuello. Estaba avivando un fuego dentro ella, algo que ni siquiera sabía cómo controlar. Estaba poseída por una necesidad primitiva, algo abrasador, fundido, que sólo necesitaba el contacto de la piel de Anthony contra la de ella.

Le deseaba. Oh, cuánto le deseaba. No debería desearle, no debería desear a este hombre que se casaba con ella por todas las razones equivocadas.

Y no obstante le deseaba con una desesperación que la dejaba sin aliento.

No estaba bien, no estaba nada bien. Tenía graves dudas acerca de este matrimonio y sabía que debía mantener la cabeza despejada. Continuó recordándoselo a sí misma, pero eso no impidió que sus labios se separaran para permitirle la entrada a él, ni que su propia lengua saliera con timidez para saborear la comisura de su boca.

Y el deseo que se iba acumulando en su vientre -sin duda eso tenía que ser esta sensación extraña, aquel remolino de picor- se hacía cada vez más intenso.

– ¿Soy una persona tan terrible? -susurró ella, más para sus propios oídos que para los de él-. ¿Esto significa que estoy perdida?

Pero él la oyó, y la respuesta sonó ardiente y húmeda contra la piel de su mejilla.

– No.

Anthony se desplazó hasta su oreja y la obligó a oír más claramente.

– No.

Luego viajó hasta sus labios y la obligó a tragar aquella palabra.

– No.

Ella sintió que la cabeza se le caía hacia atrás. La voz de él era grave y seductora, hacía que Kate se sintiera casi como si hubiera nacido para este momento.

– Eres perfecta -le susurró al mismo tiempo que movía sus grandes manos con apremio sobre su cuerpo. Dejó una sobre su cintura mientras la otra la subía hacia la suave prominencia de su pecho-. En este preciso lugar, en este preciso momento, aquí y ahora, en este jardín, eres perfecta.

Kate encontró algo perturbador en sus palabras, como si intentara decirle -y tal vez también a sí mismo- que tal vez no fuera tan perfecta mañana, y menos que al día siguiente. Pero sus labios y manos eran convincentes, y Kate expulsó aquellos pensamientos desagradables de su cabeza y optó por deleitarse en la dicha embriagadora del momento.

Se sentía hermosa. Se sentía… perfecta. Y justo ahí, justo entonces no pudo evitar adorar al hombre que la hacía sentirse de esa manera.

Anthony deslizó la mano hasta la parte de atrás de su cintura y la sostuvo mientras con la otra encontraba su pecho y estrujaba su carne a través de la fina muselina del vestido. Los dedos parecían fuera de su control, con movimientos firmes y espasmódicos, se agarraban a ella como si estuviera a punto de caerse por un precipicio y finalmente hubiera conseguido cogerse a algo. El pezón estaba duro y compacto bajo la palma de la mano, incluso con el tejido del vestido encima, y Anthony necesitó hasta el último gramo de autodominio para no irse a la parte posterior del vestido y liberar despacio cada botón de su aprisionamiento.

Podía verlo todo en su mente, incluso mientras sus labios se unían a los de ella en otro beso abrasador. Su vestido se deslizaría desde los hombros hasta dejar los pechos desnudos. Podía imaginárselos también en su mente, y de alguna manera sabía que, también, serían perfectos. Tomaría uno en su mano, levantaría el pezón al sol, y despacio, muy despacio, inclinaría la cabeza hacia ella justo hasta que pudiera tocarlo con la lengua.

Y ella gemiría, y él jugaría un poco más con ella, sosteniéndola con fuerza de tal manera que no pudiera escabullírsele. Y luego, justo cuando echara la cabeza hacia atrás y estuviera jadeante, sustituiría la lengua por sus labios y la chuparía hasta hacerla chillar.

Santo Dios, lo deseaba tanto que pensaba que iba a explotar.

Pero éste no era el momento ni el lugar. No es que sintiera la obligación de esperar a pronunciar los votos matrimoniales. Por lo que a él le concernía, ya había declarado sus intenciones en público, y era suya. Pero no iba a tomarla allí en la glorieta del jardín de su madre. Tenía más orgullo que todo eso; y más respeto por ella.

Muy a su pesar, se apartó lentamente y dejó reposar sus manos sobre sus hombros delgados, estirando los brazos para mantenerse lo suficientemente lejos y no verse tentado a continuar donde lo había dejado.

Y la tentación estaba ahí. Cometió el error de mirar su rostro, y en aquel momento habría jurado que Kate Sheffield era sin lugar a dudas tan hermosa como su hermana.

La suya era una clase diferente de atracción. Sus labios eran más carnosos, no seguían tanto los cánones del momento, pero eran infinitamente más besuqueables. Sus pestañas… ¿cómo no había advertido antes lo largas que eran? Cuando pestañeaba parecían descansar sobre sus mejillas como una alfombra. Y su piel, cuando estaba sonrosada por el matiz del deseo, relucía. Anthony sabía que estaba siendo imaginativo, pero al mirar su rostro no pudo evitar pensar en el alba al amanecer, en el momento exacto en que el sol se asoma sobre el horizonte y pinta el cielo con su sutil paleta de albaricoques y rosas.

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