El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Fue emocionante.
Pero más que eso, era aterrador.
– Eres un hombre muy sensato -comentó ella en un susurro.
A Anthony le llevó un momento recordar de qué habían estado hablando. Ah, sí, los miedos. Sabía de miedos. Intentó quitar importancia a su cumplido con una risa.
– La mayor parte del tiempo soy bastante disparatado.
Ella negó con la cabeza.
– No. Creo que, como dice el refrán, has dado justo en el clavo. Por supuesto, no se lo voy a contar a Mary ni a Edwina. No quiero preocuparlas. -Se mordisqueó el labio durante un momento; un movimiento gracioso con los dientes que a él le resultó extrañamente seductor-. Por supuesto -añadió ella-, para ser sincera, tengo que confesar que mis motivos no son del todo desinteresados. Sin duda parte de mis reparos tienen que ver con mi deseo de no mostrarles mi debilidad.
– No es un pecado tan terrible -murmuró.
– En lo relativo a pecados, supongo que no -dijo Kate con una sonrisa-. Pero me atrevería a adivinar que tú también sufres del mismo defecto.
No dijo nada, sólo expresó con la cabeza su conformidad.
– Todos tenemos nuestro papel en la vida -continuó ella- y el mío siempre ha sido ser fuerte y sensata. Esconderme debajo de la cama durante una tormenta eléctrica no es ninguna de las dos cosas.
– Tu hermana -continuó él con calma- es probable que sea mucho más fuerte de lo que piensas.
Kate volvió la mirada al rostro de él. ¿Intentaba decirle que se había enamorado de Edwina? Ya había halagado la belleza y elegancia de su hermana con anterioridad, pero nunca se había referido a su persona interior.
Kate estudió sus ojos todo lo que pudo, pero no encontró nada que le revelara sus verdaderos sentimientos.
– No quería dar a entender que no lo fuera -contestó tras un instante-. Pero soy su hermana mayor. Siempre he tenido que ser fuerte para ella. Mientras que ella sólo ha tenido que ser fuerte para sí misma. -Kate volvió a mirarle a los ojos y descubrió que él la observaba con una atención peculiar, casi como si él pudiera ver por debajo de su piel, hasta el interior de su propia alma-. Tú también eres el hermano mayor -dijo-. Estoy segura de que sabes a qué me refiero.
Él asintió con la cabeza, con ojos que parecían divertidos y resignados a la vez.
– Exactamente.
Kate le dedicó una mirada que sirvió de respuesta, el tipo de mirada que se lanzaban las personas que habían pasado por experiencias y trances similares. Y al tiempo que se sentía cada vez más relajada a su lado, casi como si pudiera hundirse contra él y enterrarse en el calor de su cuerpo, supo que no podía posponer su obligación más tiempo.
Tenía que comunicarle que había retirado su oposición a su relación con Edwina. No era justo que se lo guardara para ella, sólo porque quisiera quedarse con Anthony, aunque sólo fuera durante unos breves momentos perfectos justo ahí en el jardín.
Respiró hondo, enderezó los hombros y se volvió hacia él.
Y él la miró con expectación. Era obvio, al fin y al cabo, que tenia algo que decir.
Los labios de Kate se separaron. Pero nada surgió de su boca.
– ¿Sí? -preguntó él con aspecto bastante divertido.
– Milord -soltó ella.
– Anthony -le corrigió con afecto.
– Anthony -repitió mientras se preguntaba por qué el uso de su nombre de pila hacía esto más difícil-. Necesito hablar de algo contigo.
Él sonrió.
– Eso me parecía.
Los ojos de Kate parecieron ensimismarse de forma inexplicable en su pie derecho, que trazaba medialunas en el polvo del sendero.
– Es… mmm… sobre Edwina.
Anthony arqueó las cejas y siguió con la mirada su pie, que había dejado ya las medialunas y ahora dibujaba líneas serpenteantes.
– ¿Sucede algo con tu hermana? -se interesó con amabilidad.
Kate negó con la cabeza y volvió a alzar la vista.
– No, en absoluto. Creo que se encuentra en el salón, escribiendo una carta a nuestra prima de Somerset. A las damas les gusta hacer eso, ya sabes.
Él pestañeó.
– ¿Hacer qué?
– Escribir cartas. No se me da bien lo de escribir cartas -continuó, sus palabras salían de un modo precipitado y peculiar- ya que rara vez tengo suficiente paciencia como para permanecer quieta sentada delante del escritorio el tiempo necesario para escribir toda una carta. Por no mencionar que mi estilo es desastroso. Pero la mayoría de damas pasan una buena parte del día redactando misivas.
Él intentó no sonreír.
– ¿Querías advertirme de que a tu hermana le gusta escribir cartas?
– No, por supuesto que no -farfulló-. Sólo es que me has preguntado si estaba bien, y yo he contestado que, por supuesto, y te he contado dónde estaba, y luego hemos perdido por completo el hilo y…
Anthony puso una mano sobre la suya, y consiguió por fin interrumpirla.
– ¿Qué tenías que decirme, Kate?
La observó con interés mientras enderezaba los hombros y apretaba la barbilla. Parecía que se estuviera preparando para una tarea horrible. Luego, con una gran frase apresurada, dijo:
– Sólo quería que supieras que he retirado mis objeciones a tu petición de mano de Edwina.
De pronto, Anthony sintió su pecho un poco hundido.
– Ya… veo -dijo, no porque entendiera, sólo porque tenía que decir algo.
– Admito mis prejuicios contra usted -continuó rápida- pero he podido conocerle desde mi llegada a Aubrey Hall, y con toda conciencia, no puedo permitir que siga pensando que iba a interponerme en su camino. No… no sería justo por mi parte.
Anthony se quedó mirándola, sin palabras. Había algo deprimente, se percató débilmente, en el hecho de que ella aceptara que se casara con su hermana ya que había pasado la mayor parte de los dos últimos días combatiendo una necesidad imperiosa de besarla hasta dejarla sin sentido.
Por otro lado, ¿no era eso lo que él quería? Edwina sería una esposa perfecta.
Kate no.
Edwina cumplía con todos los criterios que él había establecido cuando decidió que por fin ya era hora de casarse.
Kate no.
Y desde luego no podía coquetear con Kate si su intención era casarse con Edwina.
Le estaba brindando lo que él quería, exactamente, se recordó, lo que él quería: Edwina se casaría con él la semana próxima con la bendición de su hermana si así lo deseaban.
Entonces ¿por qué diantres quería cogerla por los hombros y sacudirla y sacudirla y sacudirla hasta que retirara cada una de aquellas fastidiosas palabras?
Era aquella chispa. Aquella maldita chispa que nunca parecía apagarse entre ellos. Aquel espantoso hormigueo de reconocimiento que le consumía cada vez que ella entraba en una habitación o tomaba aliento o movía la punta del pie. Aquella desazón de saber que él sería capaz, si se daba la oportunidad, de amarla.
Que era lo que más miedo le daba del mundo.
Tal vez lo único a lo que tenía un miedo atroz.
Era irónico, pero la muerte no era algo que le asustara. La muerte no asustaba a un hombre que estuviera solo. El más allá no infundía ningún terror cuando alguien había conseguido evitar los vínculos terrenales.
El amor era algo verdaderamente espectacular y sagrado. Anthony lo sabía. Lo había visto cada día de su infancia, cada vez que sus padres se miraban o se tocaban la mano.
Pero el amor era el enemigo de un hombre que iba a morir. Era lo único que podía convertir el resto de años en algo intolerable: saborear la dicha y saber que todo le iba a ser arrebatado. Y era probable que ése fuera el motivo de que, cuando Anthony reaccionó finalmente a las palabras de Kate, no la estrechara en sus brazos y la besara hasta dejarla sin sentido, no apretara sus labios contra su oreja y le quemara la piel con su aliento, para asegurarse de que entendía que estaba loco por ella, no por su hermana.