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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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Nunca por su hermana.

En vez de eso, continuó observándola sin inmutarse, con la mirada mucho más serena que su corazón, y dijo:

– Me tranquiliza. -Pero lo dijo con la extraña sensación de que en realidad no se encontraba allí sino que observaba toda la escena, nada más que una farsa, la verdad, desde fuera de su cuerpo, preguntándose en todo momento qué diantres estaba pasando.

Ella sonrió con debilidad y dijo:

– Pensaba que te tranquilizaría saberlo.

– Kate, yo…

Ella nunca supo qué pretendía decir. Para ser francos, él no estaba en absoluto seguro de lo que iba a decir. Ni siquiera se había percatado de que iba a hablar hasta que su nombre surgió de sus labios.

Pero sus palabras permanecerían para siempre acalladas, porque en aquel momento lo oyó.

Un zumbido grave. Un gemido, en realidad. Era el tipo de sonido que resultaba un tanto molesto a la mayoría de la gente. Para Anthony nada podía ser más aterrador.

– No te muevas -dijo en un susurro ronco a causa del temor

Kate entrecerró los ojos y, por supuesto, se movió, intentó volver la cabeza hacia él.

– ¿De qué hablas? ¿Qué sucede?

– Que no te muevas -repitió.

Kate desplazó la mirada a la izquierda, luego lo hizo su barbilla tan sólo medio centímetro.

– ¡Oh, sólo es una abeja! -Su rostro esbozó una mueca de alivio y alzó la mano para espantarla-. Por el amor de Dios, Anthony, no vuelvas a hacer eso. Por un momento me has asustado.

Anthony lanzó su mano para coger la muñeca de Kate con una fuerza dolorosa.

– He dicho que no te muevas -dijo entre dientes.

– Anthony -respondió ella riéndose-, es una abeja.

Él la obligó a quedarse inmóvil, la sujetaba con fuerza, incluso le hacía daño, y sus ojos no se apartaban en ningún momento de la asquerosa criatura, la observaban zumbando resuelta alrededor de la cabeza de Kate. Estaba paralizado de miedo, de furia y de algo más que no podía calificar con exactitud.

No es que no hubiera estado en contacto con abejas en los once años transcurridos desde la muerte de su padre. Al fin y al cabo, no se podía residir en Inglaterra y esperar evitarlas por completo.

Hasta ahora, de hecho, se había obligado a coquetear con ellas de un modo peculiar y fatalista. Siempre había sospechado que estaba condenado a seguir los pasos de su padre en todos los sentidos. Si un humilde insecto tenía que acabar con él, desde luego que él se mantendría firme, sin ceder terreno. Iba a morir más pronto o más… bien, más pronto, pero no iba a escapar corriendo de un maldito bicho. Y por lo tanto, cuando alguna abeja aparecía volando, se reía, se burlaba, maldecía, la espantaba con la mano y la desafiaba a contraatacar.

Y nunca le habían picado.

Pero al ver una volando tan cerca de Kate, rozándole el pelo y posándose sobre las mangas de encaje del vestido…, aquello era aterrador, le tenía casi hipnotizado. Su mente se desbocó y se imaginó el diminuto monstruo clavando su aguijón en su blanda piel, la vio a ella con problemas para respirar y cayéndose al suelo.

La vio aquí en Aubrey Hall, tendida en la misma cama que había servido de primer féretro a su padre.

– Continúa quieta -le susurró-. Vamos a levantarnos… despacio. Luego nos alejaremos andando poco a poco.

Anthony -dijo ella arrugando los ojos por la confusión y la impaciencia-, ¿qué te sucede?

Él le tiró de la mano en un intento de obligarla a levantarse, pero ella se resistió.

– Es una abeja -dijo con voz exasperada-. Deja de comportarte de forma tan extraña. Por el amor de Dios, no va a matarme.

Sus palabras pesaron en el aire, casi como objetos sólidos, listas para estrellarse contra el suelo y hacerse añicos. Luego, finalmente, cuando Anthony notó que su garganta se relajaba lo suficiente como para hablar, dijo con voz grave e intensa:

– Podría hacerlo.

Kate se quedó paralizada, no porque tuviera intención de seguir sus órdenes sino porque algo en su aspecto, algo en sus ojos, la espantó del todo. Parecía cambiado, poseído por algún demonio desconocido.

– Anthony -dijo con un tono de voz que esperaba que sonara firme y autoritario- suéltame la muñeca de inmediato.

Kate tiró, pero él no aflojó, y la abeja continuó zumbando sin pausa a su alrededor.

– ¡Anthony! -exclamó-. Para esto ahora…

El resto de la frase se perdió mientras ella conseguía finalmente estirar la mano hasta soltarla de su agobiante asimiento. La repentina liberación hizo que perdiera el equilibrio: sacudió los brazos como aspas y la parte interior del codo propinó un golpe a la abeja, que soltó un sonoro y furioso zumbido cuando la fuerza del batacazo la envió por el espacio, arrojándola sobre la franja de piel desnuda situada sobre el corpiño ribeteado de encaje de su vestido de tarde.

– Oh, por el amor de… ¡Uaaa! -Kate soltó un aullido mientras la abeja, sin duda enfurecida por el maltrato, hundía el aguijón en su carne-. Oh maldición -juró ella, abandonando cualquier pretensión de hablar con propiedad. Sólo era el aguijón de una abeja, por supuesto, nada que no hubiera padecido en el pasado, pero, puñetas, dolía – Oh, maldita sea -refunfuñó mientras empujaba la barbilla contra el pecho para poder mirar y obtener una vista mejor de la marca roja que empezaba a hincharse junto al ribete del corpiño-. Ahora tendré que ir a la casa a por un ungüento, y acabaré poniéndome perdida. -Con un resoplido de desdén, retiró del vestido la carcasa muerta de la abeja mientras mascullaba-: Bueno, al menos está muerta, la muy incordiante. Probablemente es la única justicia del…

Fue entonces cuando alzó la vista y descubrió el rostro de Anthony. Se había quedado blanco. No pálido, ni siquiera sin color, sino blanco.

– Oh, Dios mio -susurró él, y lo más extraño era que sus labios ni siquiera se movían-. Oh, Dios mío.

– ¿Anthony? – preguntó inclinándose hacia delante y olvidando por un instante la dolorosa picadura en su pecho -. Anthony, ¿qué sucede?

Fuera cual fuera el trance en que se encontrara, de pronto reaccionó, y saltó hacia delante, con una mano la cogió con brusquedad por los hombros mientras con la otra forcejeaba con el corpiño del vestido para retirarlo hacia abajo y despejar la zona de la herida.

– ¡Milord! – chilló Kate -. ¡Para!

Bridgerton no dijo nada, pero su respiración era entrecortada y rápida mientras la sujetaba contra el respaldo del banco, sosteniendo el vestido hacia abajo, no tanto como para revelar su seno, pero ciertamente más abajo de lo que permitía la decencia.

– ¡Anthony! -intentó de nuevo, con la esperanza de que si usaba su nombre de pila tal vez captara su atención. Éste no era el hombre que conocía; no era el que había estado sentado a su lado minutos antes. Estaba enloquecido y hacía caso omiso de sus protestas.

– ¿Vas a callarte? -dijo entre dientes, sin alzar la vista ni un solo momento. Tenía los ojos fijos en el círculo rojo e hinchado de su pecho y, con manos temblorosas, procedió a arrancar el aguijón de la piel.

– ¡Anthony, estoy bien! -insistió-. Que no…

Soltó un jadeo. Había movido levemente una de sus manos mientras empleaba la otra para sacar un pañuelo que tenía en el bolsillo y ahora le cogía todo el seno sin demasiada delicadeza.

– Anthony, ¿qué estás haciendo? -Intentó cogerle la mano para que parara aquello, pero él tenía mucha más fuerza.

Y la sujetó aún con más fuerza contra el respaldo del banco, con la palma apretada contra su pecho.

– ¡Estáte quieta! -ladró, luego cogió el pañuelo y empezó a apretar contra la picadura hinchada.

– ¿Qué estás haciendo? -preguntó Kate, aún intentando escabullirse.

Él no levantó la vista.

– Extraer el veneno.

– ¿Hay veneno?

– Debe de haberlo -masculló-. Tiene que haberlo. Algo te está matando.

Kate se quedó boquiabierta.

– ¿Que algo me está matando? ¿Estás loco? ¡Nada me está matando! Es una picadura de abeja.

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