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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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A la señora Featherington se le salieron los ojos de las órbitas, pues no daba crédito a lo que acababa de oír.

– ¿Cree que podrá impedir que se hable de esto?

– Yo no voy a decir nada, y dudo bastante que la señorita Sheffield vaya hacerlo -manifestó mientras se plantaba las manos en las caderas y fulminaba a la matrona con la mirada. Era el tipo de mirada con la que conseguía que cualquier hombre hecho y derecho se pusiera de rodillas, pero la señora Featherington o bien era inmune a ella o era estúpida, de modo que Bridgerton tuvo que continuar-. Lo cual nos deja con nuestras respectivas madres, quienes por lógica tienen un interés personal en proteger nuestras reputaciones. Lo cual la deja a usted, señora Featherington, como único miembro de este reducido e íntimo grupo que podría preferir ser una verdulera vocinglera y chismosa.

La señora Featherington se puso roja como un tomate.

– Cualquiera podría haber sido testigo desde la casa -dijo con amargura, resistiéndose sin duda a perder una pieza tan excelente de cotilleo. La agasajarían durante todo un mes por ser la única testigo de un escándalo así. Es decir, la única testigo que podía hablar.

Lady Bridgerton lanzó una rápida mirada a la casa mientras su rostro empalidecía.

– Tiene razón, Anthony -dijo-. Estabais a plena vista del ala de invitados.

– Fue una abeja. -Kate prácticamente gimió-. ¡Nada más que una abeja!

Su arrebato sólo encontró silencio. Desplazó la mirada de Mary a lady Bridgerton; ambas la observaban con expresiones que oscilaban entre la preocupación, la amabilidad y la lástima. Luego miró a Anthony, cuya expresión era dura, callada e ilegible.

Kate cerró los ojos con amargura. No era así como se suponía que tendría que suceder. Aunque le había dicho a Anthony que daba visto bueno a su boda con su hermana, en secreto lo que deseaba era que fuera para ella, pero no de este modo.

Oh, Dios bendito, de este modo no. No de manera que él se sintiera atrapado. No de manera que él tuviera que pasar el resto de su vida mirándola y deseando que fuera otra persona.

– ¿Anthony? -dijo en un susurro. Tal vez si hablaban, tal vez si él la miraba, Kate pudiera deducir lo que estaba pensando.

– Nos casaremos la semana que viene -manifestó. Su voz sonaba firme y clara, pero por otro lado carente de toda emoción.

– ¡Oh, bien! – dijo lady Bridgerton con gran alivio y se cogió ambas manos -. La señora Sheffield y yo comenzaremos de inmediato con los preparativos.

– Anthony -volvió a susurrar Kate, esta vez con más apremio -, ¿estás seguro de lo que dices? -Le cogió del brazo e intentó apartarle de las matronas. Sólo ganó unos pocos centímetros, pero al menos ahora no estaban de cara a ellas.

Bridgerton la miró con ojos implacables.

– Nos casaremos -dijo sencillamente, con la voz del aristócrata consumado, sin tolerar ninguna protesta y esperando ser obedecido-. No podemos hacer otra cosa.

– Pero tú no quieres casarte conmigo -repuso ella. Aquella frase consiguió que Anthony arqueara una ceja.

– ¿Y tú quieres casarte conmigo?

Ella no dijo nada. No podía decir nada, no si quería mantener una mínima partícula de orgullo.

– Imagino que nos llevaremos lo suficientemente bien -continuó él, su expresión se suavizó un poco-. Nos hemos hecho amigos en cierto modo, después de todo. Eso es más de lo que la mayoría de hombres y mujeres tienen al iniciar una unión.

– No es posible que quieras esto -insistió ella-. Querías casarte con Edwina. ¿Qué le vas a decir a Edwina?

Se cruzó de brazos.

– Nunca le he hecho ninguna promesa a Edwina. E imagino que le diré que nos hemos enamorado, así de sencillo.

Kate notó que sus ojos se entornaban sin ella pretenderlo.

– Nunca va a creérselo.

Él se encogió de hombros.

– Entonces díle la verdad. Que te ha picado una abeja, y que yo intentaba ayudarte, y que nos atraparon en una postura comprometida. Díle lo que quieras. Es tu hermana.

Kate se dejó caer otra vez sobre el banco de piedra con un suspiro.

– Nadie va a creerse que quieras casarte conmigo -concluyó-. Todo el mundo pensará que te he atrapado. -Anthony lanzó una mirada significativa a las tres mujeres, quienes continuaban observándoles con sumo interés. Tras un «¿Nos disculpan?», tanto su madre como la de Kate retrocedieron algún metro y se dieron la vuelta para facilitarles cierta intimidad. Al ver que la señora Featherington no seguía su ejemplo de inmediato, Violet se acercó para cogerla del brazo y casi se lo desencaja al hacerlo.

Anthony, tras sentarse al lado de Kate, dijo:

– Poco podemos hacer para impedir que la gente hable, sobre todo con Portia Featherington como testigo. No confío en que esa mujer mantenga la boca cerrada más de lo que tarde en regresar a la casa. – Se reclinó un poco hacia atrás y apoyó el tobillo izquierdo sobre la rodilla derecha-. O sea, que también podemos intentar que salga lo mejor posible. Tengo que casarme este año…

– ¿Por qué?

– ¿Por qué, qué?

– ¿Por qué tienes que casarte este año?

Él hizo una pausa. En realidad no había una respuesta para esa pregunta. De modo que dijo:

– Porque lo había decidido así, y eso ya es suficiente motivo para mí. En cuanto a ti, tienes que casarte algún día…

Ella le interrumpió otra vez.

– Para ser sincera, ya tenía bastante asumido que no lo haría.

Anthony sintió que sus músculos entraban en tensión, le llevó varios segundos percatarse de que lo que sentía era rabia.

– ¿Pensabas vivir como una solterona?

Kate hizo un gesto de asentimiento, con ojos inocentes y francos al mismo tiempo.

– Parecía sin duda una posibilidad, sí.

Anthony permaneció quieto durante varios segundos mientras pensaba que le gustaría asesinar a todos esos hombres y mujeres que la habían comparado con Edwina y habían pensado que no estaba a la altura. En realidad, Kate no tenía ni idea de que podía ser atractiva y deseable por derecho propio.

Cuando la señora Featherington anunció que debían casarse, su reacción inicial había sido la misma que la de Kate: horror absoluto. Por no mencionar que su orgullo se había sentido tocado en cierto sentido. A ningún hombre le gusta verse obligado a casarse, y era en especial mortificante que lo que le obligara fuera una abeja.

Pero mientras permanecía ahí observando a Kate aullando sus protestas (no la más halagadora de las reacciones, pensó), le inudó una sensación de satisfacción.

La deseaba.

La deseaba con desesperación.

Ni en un millón de años se permitiría elegirla a ella como esposa. Era demasiado peligrosa, en exceso, para su paz mental.

Pero el destino había intervenido y ahora parecía que tenía que casarse con ella… bien, tenía la impresión de que no iba a servir de mucho armar un alboroto. Había destinos peores que casarse con una mujer inteligente, entretenida, a quien encima deseaba las veinticuatro horas del día.

Lo único que tenía que hacer era asegurarse de que no se enamoraba de ella. Lo cual no tenía que ser imposible, ¿verdad que no? Dios sabía que le volvía loco la mitad de las veces con sus riñas incesantes. Pero podría tener un matrimonio agradable con Kate. Disfrutaría de su amistad y disfrutaría de su cuerpo, y eso sería todo. No había por qué ir más al fondo.

Y no podía haber soñado con una mujer mejor como madre de sus hijos cuando él faltara. Lo cierto era que debía valorar aquello en su justa medida.

– Funcionará -dijo con gran autoridad-. Ya verás.

Kate le miraba con vacilación, pero hizo un gesto afirmativo. Por supuesto, poco más podía hacer. La peor chismosa de Londres acababa de atraparla con la boca de un hombre sobre su pecho. Si él no hubiera hecho aquel ofrecimiento de matrimonio, habría perdido el buen nombre para siempre.

Y si se negaba a casarse con él… bien, entonces estaría condenada como mujer perdida y como idiota.

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