El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Pero él no le hizo el menor caso, estaba demasiado concentrado en la tarea autoasignada de curar la herida.
– Anthony -dijo con voz apaciguadora en un intento de razonar con él-. Agradezco tu inquietud, pero me han picado abejas al menos media docena de veces y…
– A él también le habían picado antes -interrumpió.
Algo en su voz le provocó un escalofrío que recorrió toda su columna.
– ¿A quién? -preguntó en un susurro.
Él apretó con más firmeza la hinchazón y secó con unos toques el líquido claro que supuraba de la picadura.
– A mi padre -dijo con tono rotundo-. Y murió.
A Kate le costaba creer aquello.
– ¿Una abeja?
– Sí, una abeja -respondió con brusquedad-. ¿No me escuchas?
– Anthony, una abeja no puede matar a un hombre.
Él se detuvo de hecho durante un breve instante para dirigirle una rápida mirada. Una mirada dura, obsesiva.
– Te aseguro que puede -dijo con brusquedad.
Kate no podía creer que hablara en serio, pero tampoco pensaba que estuviera mintiendo, por lo tanto permaneció quieta durante un momento. Reconocía que la necesidad que él sentía de tratar la picadura de abeja era muy superior a su necesidad de escabullirse de sus cuidados.
– Sigue hinchada -balbuceó mientras apretaba con más fuerza el pañuelo-. Me parece que no lo he sacado todo.
– Estoy segura de que no me va a pasar nada -dijo con amabilidad, su ira se estaba convirtiendo casi en una preocupación maternal. Él tenía la frente arrugada por la concentración, y sus movimientos aún denotaban una energía frenética. Estaba agarrotado de miedo, se percató Kate, temeroso de que ella se quedara muerta allí mismo en el banco del jardín, derribada por una diminuta abeja.
Parecía incomprensible, pero no obstante era cierto.
Anthony sacudió la cabeza.
– No es suficiente -dijo con voz ronca-. Tengo que sacarlo del todo.
– Anthony, yo… ¿Qué haces?
Le había echado hacia atrás la barbilla, y ahora acercaba su cabeza, reducía la distancia que les separaba casi como si tuviera intención de besarla.
– Voy a tener que succionar el veneno -dijo con aire grave-. Permanece quieta.
– Anthony -chilló ella-. No puedes… -dijo entre jadeos, incapaz por completo de finalizar la frase una vez sintió que sus labios se apoyaban en su piel y aplicaban una presión suave, inexorable, que tiraba de ella hacia su boca. Kate no sabía cómo responder, no sabía si apartarle o atraerle hacia sí.
Pero al final se quedó paralizada. Porque cuando alzó la cabeza y miró por encima del hombro, descubrió a un grupo de tres mujeres que les observaban con la misma expresión escandalizada.
Mary.
Lady Bridgerton.
Y la señora Featherington, posiblemente la mayor chismosa de la aristocracia londinense.
Y Kate supo, sin asomo de duda, que su vida nunca volvería a ser igual.
Capítulo 14
Y si el escándalo salta en la reunión campestre de lady Bridgerton, aquellos de nosotros que nos hemos quedado en Londres podemos estar por completo seguros de que todas y cada una de las excitantes noticias alcanzarán nuestros tiernos oídos a la mayor brevedad. Con tantas chismosas reconocidas allí presentes, todos nosotros tenemos garantizado un informe completo y detallado.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
4 de mayo de 1814
Durante una fracción de segundo, todo el mundo permaneció paralizado como si aquello fuera un retablo dramático. Kate miró a las tres matronas llena de consternación. Ellas la miraban a su vez con absoluto horror.
Y Anthony continuaba empeñado en extraer el veneno de la picadura de abeja de Kate, ajeno por completo al hecho de tener público.
Del quinteto, Kate fue la primera en encontrar la voz, y la fuerza para hablar. Empujando a Anthony por el hombro con toda su energía, soltó un grito vehemente:
– ¡Basta!
Anthony, del todo desprevenido, resultó sorprendentemente fácil de apartar y aterrizó en el suelo sobre su trasero, con la mirada aún llameante en su empeño de salvarla de lo que él percibía como un destino mortal.
– ¿Anthony? -dijo lady Bridgerton con un jadeo. Pronunció el nombre de su hijo con voz temblorosa, como si le costara creer todo lo que estaba viendo.
Él se volvio.
– ¿Madre?
– Anthony, ¿qué estabas haciendo?
– Le ha picado una abeja -dijo con expresión grave.
– Me encuentro bien -insistió Kate, luego tiró de su vestido hacia arriba-. Ya le he dicho que me encontraba bien, pero no quería escucharme.
Los ojos de lady Bridgerton se empañaron pues ella sí comprendía la situación.
– Ya veo -dijo con voz baja y triste, y Anthony supo lo que veía. Tal vez ella fuera la única persona capaz de hacerlo.
– Kate -dijo Mary por fin, encontrando dificultades para articular palabra-, tiene los labios sobre tu… sobre tu…
– Sobre su pecho -concluyó la señora Featherington servicial con los brazos doblados sobre su amplio seno. Un ceño de desaprobación marcaba su rostro, pero estaba claro que se estaba divirtiendo de lo lindo.
– ¡No es eso! -exclamó Kate mientras se esforzaba por levantarse, lo cual no era una tarea fácil puesto que Anthony había aterrizado sobre uno de sus pies cuando ella le apartó del banco-. ¡Me ha picado justo aquí! -Con un gesto impetuoso, señaló con el dedo la señal roja, aún hinchada, sobre la fina piel que cubría su clavícula.
Las tres mujeres mayores miraron con fijeza la picadura, y su piel adquirió también idénticos sonrojos de un débil carmesí.
– ¡No está tan cerca de mi pecho, desde luego que no! -protestó Kate, demasiado horrorizada por el cariz de la conversación como para sentirse azorada por emplear aquel lenguaje bastante anatómico.
– No está lejos -indicó la señora Featherington.
– ¿Nadie va a callarla? -soltó Anthony.
– ¡Vaya! -La señora Featherington se enfurruñó-. ¡Si yo nunca…!
– No -replicó Anthony-. Usted siempre.
– ¿Qué quiere decir con eso? -quiso saber la señora Featherington dando un codazo a lady Bridgerton en el brazo. Al ver que la vizcondesa no contestaba se volvió a Mary y repitió la pregunta.
Pero Mary sólo tenía ojos para su hija.
– Kate -ordenó-, ven aquí al instante.
Su hija, diligente, se fue a su lado.
– ¿Bien? – preguntó la señora Featherington -. ¿Qué vamos a hacer?
Cuatro pares de ojos se volvieron hacia ella llenos de incredulidad.
– ¿Vamos? -preguntó con voz débil Kate.
– No consigo entender qué tiene usted que decir en este asunto – replicó Anthony.
La señora Featherington se limitó a soltar un sonoro resoplido nasal lleno de desdén.
– Tiene que casarse con la muchacha -anuncio.
– ¿Qué? -La palabra desgarró la garganta de Kate-. Tiene que haberse vuelto loca.
– Debo de ser la única sensata en este jardín, eso creo yo -dijo con tono oficioso la señora Featherington-. Caray, muchacha, tenía su boca en tus pechitos, y todas lo hemos visto.
– ¡No es así! – gimió Kat e-. Me ha picado una abeja. ¡Una abeja!
– Portia -intervino lady Bridgerton-, no creo que haga falta usar un lenguaje tan gráfico.
– En este momento la delicadeza tiene poco sentido – contestó la señora Featherington-. Lo describamos como lo describamos, va a constituir un bonito chismorreo. El soltero más empedernido de toda la aristocracia, derrocado por una abeja. Tengo que decir, milord, que no me había imaginado nada así.
– No va a haber ningún chismorreo -gruñó Anthony mientras se acercaba a ella con aire amenazador- porque nadie va a decir una sola palabra. No permitiré que se mancille el buen nombre de la señorita Sheffield.