El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Por supuesto, su vida no sería sólo suya durante mucho tiempo más. Tenía que acostumbrarse a eso.
Ni siquiera le parecía suya en aquellos momentos. Sus días eran un torbellino de actividad, lady Bridgerton la arrastraba de una tienda a otra, gastando una enorme cantidad del dinero de Anthony en su ajuar. Kate había comprendido deprisa que resistirse no tenía ningún sentido. Cuando lady Bridgerton -o Violet, como le había dado instruciones de que la llamara- se decidía por algo, que Dios ayudara al necio que se interpusiera en su camino. Mary y Edwina las habían acompañado en algunas salidas, pero se habían apresurado a declararse agotadas por la infatigable energía de Violet, y se habían ido a tomar un sorbete en Gunter.
Al final, tan sólo dos días antes de la boda, Kate recibió una nota de Anthony en la que le pedía que estuviera en casa a las cuatro de la tarde para que pudiera hacerle una visita. Kate estaba un poco nerviosa por verle otra vez; de algún modo todo parecía diferente -más formal- en la ciudad. De todos modos, aprovechó la oportunidad para evitar otra tarde en Oxford Street, en la modista, en el sombrerero o encargando guantes o cualquier otra cosa que a Violet se le ocurriera.
Por lo tanto, mientras Mary y Edwina se habían ido a hacer recados – Kate había olvidado convenientemente mencionar la visita del vizconde-, se sentó en el salón con Newton durmiendo con placidez a sus pies y esperó.
Anthony había pasado la mayor parte de la semana pensando. No era ninguna sorpresa que todos sus pensamientos tuvieran que ver con Kate y su próxima unión.
Le preocupaba que pudiera enamorarse de ella si no se comedía. La clave, por lo visto, era sencillamente no permitírselo a sí mismo. Y cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que no representaría ningún problema. Era un hombre, al fin al cabo, y sabía controlar a la perfección sus acciones y emociones. No era ningún necio, sabía que existía el amor; pero también creía en el poder de la mente y, tal vez más importante, el poder de la voluntad. Con franqueza no veía motivo alguno por el cual el amor tuviera que ser algo involuntario.
Si no quería enamorarse, pues qué puñetas, no iba a hacerlo. Era tan sencillo como eso. Tenía que ser tan sencillo como eso. Si no lo fuera, él no sería tan hombre, ¿o sí?
De todos modos, tendría que hablar con Kate de esta cuestión antes de la boda. Había ciertas cosas acerca del matrimonio que tenían que quedar claras. No eran normas sino más bien… acuerdos. Sí, ése era el término.
Kate necesitaba comprender con exactitud qué podía esperar de él y qué esperaba él a cambio. Su boda no era una unión por amor. Yno iba a convertirse en eso. Simplemente no era una opción. No pensaba que ella se hiciera alguna ilusión al respecto, pero por si acaso quería dejarlo claro ya, antes de que algún malentendido pudiera crecer hasta convertirse en un desastre con todas las de la ley.
Era mejor poner todas las cartas sobre la mesa, como dice el dicho, para que ninguna de las partes se llevara sorpresas desagradables más tarde. Sin duda Kate estaría conforme. Era una chica práctica. Querría saber cómo estaban las cosas. No era el tipo de persona a la que le gustara tener que adivinar lo que pasará.
Exactamente dos minutos antes de las cuatro, Anthony llamó dos veces a la puerta principal de las Sheffield. Intentó hacer caso omiso de la media docena de miembros de la elite aristocrática que por casualidad se paseaban por Milner Street aquella tarde. Se encontraban, pensó con una mueca, un poco lejos de los lugares que tenían por costumbre frecuentar.
Pero no le sorprendió. Aunque acababa de regresar a Londres, era muy consciente de que su compromiso era el actual escándalo du jour. Confidencia llegaba incluso a Kent, al fin y al cabo.
El mayordomo abrió enseguida la puerta y le hizo pasar, luego le acompañó hasta el salón próximo. Kate estaba esperando en el sofá, tenía el pelo recogido en un primoroso no-sé-qué (Anthony nunca recordaba los nombres de todos esos peinados que parecían gustar tanto a las damas), coronado por una especie de gorrito ridículo que supuso que iba a juego con el ribete blanco del vestido de tarde azul claro.
El gorro, decidió, sería lo primero que tendría que desaparecer cuando estuvieran casados. Tenía un pelo precioso, largo, lustroso y espeso. Sabía que los buenos modales dictaban que se pusiera tocados cuando andaba por ahí, pero, la verdad, parecía un pecado cubrirlo mientras se encontraban en el calor del hogar.
Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, incluso para saludar, ella indicó un servicio de plata colocado sobre la mesa delante de ella y dijo:
– Me he tomado la libertad de pedir té. Empieza a hacer un poco de fresco y he pensado que te gustaría tomar algo. Si no, estaré encantada de pedir alguna otra cosa.
No había nada de aire fresco, al menos él no lo había detectado, pero dijo de todos modos:
– Esto será perfecto, gracias.
Kate asintió y cogió la tetera para servir. La inclinó algún centímetro y luego la enderezó con el ceño fruncido mientras decía:
– Ni siquiera sé cómo te gusta el té.
Anthony sintió que un extremo de su boca se curvaba 1evemente hacia arriba.
– Leche. Sin azúcar.
Ella hizo un gesto afirmativo, dejó la tetera para coger la leche.
– Parece algo que una esposa debe saber.
Él se sentó en la silla que se encontraba en el ángulo derecho del sofá.
– Y ahora ya lo sabes.
Kate respiró hondo y luego soltó aire.
– Ahora ya lo sé -murmuró.
Anthony se aclaró la garganta mientras la observaba servir. No llevaba guantes y encontró que le gustaba contemplar sus manos mientras se movían. Sus dedos eran largos y delgados, con una gracia increíble, lo cual le sorprendió, considerando las muchas veces que le había pisado los dedos de los pies mientras bailaban.
Por supuesto que algunos de sus pasos fallidos habían sido intencionados, pero no tantos, sospechaba, como a Kate le hubiera gustado que él pensara.
– Aquí tienes -murmuró sosteniendo el té-. Ten cuidado, está caliente. Nunca he podido con el té frío.
No, pensó él con una sonrisa, seguro que no. Kate no tenía nada que ver con las medias tintas. Era una de las cosas que le gustaban de ella.
– ¿Milord? -dijo con amabilidad y movió el té unos centímetros más en su dirección.
Anthony cogió el platillo y permitió que sus dedos enfundados en guantes rozaran los dedos desnudos de ella. Mantuvo la mirada en el rostro de Kate, y advirtió la leve mancha rosada que ruborizó sus mejillas.
Por algún motivo, aquello le complació.
– ¿Tienes alguna cosa en concreto que quieras preguntarme, milord? -preguntó, una vez puso su mano a salvo de la de él y rodeó con los dedos el asa de su taza de té.
– Mi nombre es Anthony, como lo recuerdas sin duda, y ¿no puedo hacer una visita a mi prometida tan sólo por el placer de su compañía? Kate le dedicó una mirada ceñuda por encima del borde de la taza.
– Por supuesto que puedes -contestó-, pero no creo que sea ese el caso.
Él alzó una ceja al oír la impertinencia.
– Pues da la casualidad de que tienes razón.
Kate murmuró algo. Él no lo entendió bien, pero tuvo la leve sospecha de que había dicho «normalmente la tengo».
– He pensado que deberíamos tratar de nuestro matrimonio -empezó.
– Perdón, ¿cómo has dicho?
Anthony se reclinó hacia atrás.
– Ambos somos personas prácticas. Creo que nos sentiremos más cómodos una vez que entendamos qué podemos esperar el uno del otro.
– Por… por supuesto.
– Bien. -Dejó la taza en el platillo y luego éste sobre la mesa que tenía delante-. Me alegra que pienses así.
Kate hizo un lento ademán de asentimiento con la cabeza pero no dijo nada; en vez de ello prefirió mantener la mirada enfocada en su rostro mientras él se aclaraba la garganta. Parecía que se estuviera preparando para un discurso parlamentario.