Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
Era un lugar muy tentador tanto para jugar como para citas clandestinas. Había docenas de sitios donde esconderse; los montículos de tierra ofrecían rampas de lanzamiento para ciclistas con bicicletas de montaña; tablas, tuberías y caños desechados servían como armas en los juegos de guerra; los pequeños trozos de hormigón sustituían a la perfección a las bombas y las granadas de mano. Si bien se trataba de un lugar dudoso donde «perder al bebé» si la intención de los chicos era que apareciera alguien y se lo llevase a la comisaría más próxima, sí era el lugar perfecto para desplegar el resto de los horrores del día.
Capítulo 10
Thomas Lynley comenzó el proceso de endurecimiento a la mañana siguiente, cuando se detuvo junto a la caseta en New Scotland Yard. El policía de guardia se acercó sin reconocer el coche. Cuando vio a Lynley en el interior, dudó un momento antes de inclinarse hacia la ventanilla bajada y decir con voz ronca:
– Inspector. Señor. Qué alegría tenerle de regreso.
Lynley quería decirle que no estaba de regreso, pero se limitó a asentir. Fue entonces cuando entendió algo que tendría que haber entendido antes: que la gente reaccionaría ante su aparición y que él tendría que responder a esa reacción. De modo que se preparó para su siguiente encuentro. Aparcó el coche y subió a las oficinas situadas en Victoria Block, que le resultaban tan familiares como su propia casa.
Dorothea Harriman fue la primera en verle. Habían pasado cinco meses desde que se había encontrado con la secretaria del departamento, pero probablemente ni el tiempo ni las circunstancias conseguirían alterarla jamás. Ella, como siempre, estaba conjuntada a la perfección, hoy con una falda roja, una blusa de fina tela transparente y un cinturón ancho que ceñía una cintura que habría provocado un vahído a cualquier caballero Victoriano. Estaba de pie junto a un archivador de espaldas a él, y cuando se giró y le vio, sus ojos se llenaron de lágrimas, dejó una carpeta sobre su escritorio y se llevó ambas manos a la garganta.
– Oh, detective inspector Lynley -dijo-. Oh, Dios mío, qué maravilla. No hay nada mejor que verle.
Lynley pensó que no sería capaz de sobrevivir a más de un saludo como éste, de modo que respondió, como si nunca se hubiera marchado:
– Dee. Hoy tienes un gran aspecto. ¿Están…? Y señaló el despacho del comisario jefe con la cabeza. Ella le dijo que estaban todos reunidos en el centro de coordinación y ¿quería un café? ¿Té? ¿Un cruasán? ¿Una tostada? Hacía poco habían comenzado a ofrecer bollos dulces en la cantina y no había problema si…
Le dijo que estaba bien. Había desayunado. No quería que se molestara. Consiguió sonreír y se dirigió al centro de coordinación, pero podía sentir los ojos de la secretaria posados sobre él y sabía que tendría que comenzar a acostumbrarse a que la gente le evaluase, considerando lo que debían o no debían decir, inseguros de cuándo o incluso si debían mencionar el nombre de ella. Esa era, él lo sabía, la manera en que actuaba todo el mundo mientras navegaban por las aguas del pesar de otra persona.
En el centro de coordinación ocurrió casi lo mismo. Cuando abrió la puerta y entró en la habitación, el silencio estupefacto que se cernió sobre el grupo le confirmó que la superintendente interina Ardery no les había mencionado que se reuniría con ellos. Ella se encontraba junto a una serie de tableros donde se colocaban fotografías y listas con las acciones de los policías. Isabelle le vio y dijo con tono ligero:
– Ah. Thomas, buenos días. -Luego se dirigió a los demás-: Le he pedido al inspector Lynley que volviese al equipo, y espero que su regreso sea con carácter permanente. Mientras tanto, el inspector ha accedido a ayudarme a aprender los trucos que se manejan por aquí. Confío en que nadie tenga ningún problema con eso.
La manera en que lo dijo envió un mensaje muy claro: Lynley sería su subordinado y si alguien tenía algún problema con eso, ese alguien ya podía ir pidiendo que le asignaran un nuevo destino.
La mirada de Lynley los abarcó a todos, sus viejos colegas, sus viejos amigos. Ellos le dieron la bienvenida de maneras diferentes: Winston Nkata con una resplandeciente calidez en sus rasgos oscuros; Philip Hale con un guiño y una sonrisa; John Stewart con la expectación cautelosa de alguien que sabe que hay más cera que la que arde; y Barbara Havers con una expresión de desconcierto. Su rostro revelaba la pregunta que él sabía que quería hacerle: ¿por qué no se lo dijo el día anterior? No sabía cómo podía explicarlo. De todos los que estaban allí, Barbara era la más próxima a él y, por lo tanto, era la última persona con la que podía hablar con comodidad. Sería incapaz de entenderlo, y él aún no tenía las palabras para explicárselo.
Isabelle Ardery continuó con la reunión. Lynley sacó sus gafas de leer y se acercó a los tableros donde se exhibían las fotografías de la víctima, viva y muerta, incluyendo las horrorosas fotos tomadas durante la autopsia. El retrato robot de un presunto sospechoso estaba fijado cerca de unas fotos del lugar del crimen y, a continuación, pudo ver un primer plano de lo que parecía ser alguna clase de piedra grabada. Era una imagen ampliada: la piedra era rojiza y cuadrada y tenía aspecto de amuleto.
– … en el bolsillo de la víctima -estaba diciendo Ardery refiriéndose aparentemente a esta fotografía-. Parece algo perteneciente al anillo de un hombre, considerando el tamaño y la forma, y podéis ver que ha sido grabado, aunque está bastante gastado. Los forenses lo están analizando en estos momentos. En cuanto al arma, la División de Apoyo Logístico de New Scotland Yard, el SO7, nos dice que la herida sugiere un objeto capaz de perforar hasta una profundidad de veinte o veintidós centímetros. Eso es todo lo que saben. En la herida también había restos de herrumbre.
– Había mucha herrumbre en el lugar -señaló Winston Nkata-. Una vieja capilla, cerrada con barras de hierro… En ese lugar debe de haber una montaña de objetos que podrían utilizarse como arma.
– Lo que nos lleva a la posibilidad de que se tratase de un crimen no premeditado -dijo Ardery.
– No había ningún bolso con ella -dijo Philip Hale-. Ninguna identificación. Y tendría que haber tenido algo para llegar hasta Stoke Newington. Dinero, una tarjeta de autobús, algo. El asesino podría haber empezado por robarle el bolso.
– Efectivamente… De modo que tenemos que encontrar ese bolso, si llevaba uno -dijo Ardery-. Mientras tanto disponemos de dos pistas muy buenas a partir de la revista porno que alguien dejó cerca del cadáver.
Girlicious era la clase de revista que se enviaba a los puntos de venta envuelta en un plástico negro opaco debido a la naturaleza de su contenido: Ardery puso los ojos en blanco. El plástico servía para impedir que niños inocentes la hojeasen para echarle un vistazo a las numerosas partes pudendas exhibidas en sus páginas. El plástico también servía al propósito menos obvio de impedir que las huellas dactilares de otra persona que no fuese el comprador quedasen impresas en ella. Ahora disponían de un juego de huellas muy bueno para usar en la investigación, pero, aún mejor que eso, tenían un recibo de compra metido entre las páginas, como si lo hubiesen utilizado como punto. Si este recibo pertenecía al lugar donde habían comprado la revista -y probablemente así era-, entonces existía una muy buena posibilidad de que estuviesen sobre la pista del desgraciado que la había comprado.
– Ese hombre podría ser nuestro asesino, pero podría no serlo. Podría ser, podría no ser… -Ardery señaló el retrato hecho por la Policía-. Pero la revista era nueva. No lleva allí mucho tiempo. Y queremos hablar con quienquiera que la llevase a ese anexo de la capilla. De modo que…