El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Con un suspiro se percató de que se trataba casi del único sitio donde podía estar a solas. Si continuaba dentro de la casa, sin duda se vería arrastrada a unirse al grupo de damas que charlaban en el salón mientras les escribían cartas a sus amigos y familiares, o aún peor, se vería atrapada en el corro de las damas que se habían retirado al invernadero para trabajar en sus bordados.
En cuanto a los entusiastas de las actividades al aire libre, también se habían dividido en dos grupos. Uno se había marchado al pueblo para hacer compras y ver las atracciones que pudieran encontrar allí, y el otro había partido a dar un paseo hasta el lago. Puesto que Kate no tenía ningún interés en comprar (y ya estaba bastante familiarizada con el lago), había evitado también ambas compañías.
De ahí su soledad en el jardín.
Permaneció sentada durante varios minutos, con la mirada perdida en el espacio, los ojos enfocados ciegamente en un capullo cerrado en un rosal próximo. Era agradable encontrarse a solas, sin tener que taparse la boca o disimular los sonoros ruidos soñolientos que hacía cuando bostezaba. Era agradable estar a solas, donde nadie fuera a comentar las ojeras bajo sus ojos o su quietud poco común o su poca conversacion.
Agradable era estar a solas allí, poder sentarse e intentar aclarar su lío de pensamientos acerca del vizconde. Era una tarea sobrecogedora, que hubiera preferido posponer, pero a la que tenía que hacer frente.
Aunque en realidad no había mucho que aclarar. Porque todo lo que había sabido en los últimos días dirigía su conciencia en una única y singular dirección. Sabía que ya no podía oponerse al cortejo de Edwina por parte de Bridgerton.
En los días anteriores él había demostrado ser sensible, comprensivo y un hombre de principios. Incluso heroico, pensó con un atisbo de sonrisa mientras se acordaba de la luz en los ojos de Penélope Featherington cuando él la salvó de las garras verbales de Crecida Cowper.
Sentía devoción por su familia.
Había aprovechado su posición social y su poder no para tratar a alguien con prepotencia sino para librar del insulto a otra persona.
La había ayudado a superar uno de sus ataques de pánico con una gentileza y sensibilidad que, analizado ahora con la mente despejada, la dejaba admirada.
Tal vez hubiera sido un mujeriego y un vividor -tal vez aún lo era- pero estaba claro que su conducta en ese sentido no era lo único que le caracterizaba. Y la única objeción que tenía Kate para que él no se casara con Edwina era…
Tragó saliva dolorosamente. Tenía un nudo en la garganta tamaño de una bala de cañón.
Porque en lo más profundo de su corazón, lo quería para ella misma.
Pero eso era egoísta, y Kate se había pasado la vida intentando ser altruista, y sabía que nunca podría pedir a Edwina que no se casara con Anthony por un motivo así. Si Edwina supiera que Kate estaba encaprichada mínimamente del vizconde, pondría fin al cortejo. ¿Y qué objeto tendría aquello? Anthony encontraría alguna otra candidata hermosa a la que seguir. En Londres había de sobras para escoger.
No es que él la fuera a cortejar en vez de a su hermana, así pues, ¿qué ganaba impidiendo un enlace entre él y Edwina?
Nada aparte de la agonía de tener que verle casado con su propia hermana. Y eso se desvanecería con el tiempo, ¿verdad que sí? Tenía que ser así; ella misma había dicho la noche anterior que el tiempo curaba todas las heridas. Aparte, lo más probable era que le doliera lo mismo verle casado con alguna otra dama; la única diferencia sería que ella no tendría que verle durante las festividades, bautizos y cosas por el estilo.
Kate soltó un suspiro. Un suspiro largo, triste, cansino, que le dejó sin aire los pulmones y los hombros hundidos, en una postura cada vez más decaída.
Le dolía el corazón.
Y entonces una voz llenó sus oídos. Su voz, grave y suave, como un cálido remolino en torno a ella.
– Santo cielo, qué aspecto tan serio.
Kate se levantó de forma tan repentina que la parte posterior de sus piernas chocó contra el borde del banco de piedra. Aquello le hizo perder el equilibrio y dar un traspiés.
– Milord -exclamó.
Los labios de Anthony formaron un esbozo de sonrisa.
– Pensé que tal vez te encontraría aquí.
Kate abrió los ojos al darse cuenta de que él la había buscado forma deliberada. Su corazón también empezó a latir más deprisa, pero al menos aquello era algo que podía disimular.
Anthony echó una rápida ojeada al banco de piedra para indicarle que podía volver a sentarse sin más formalismos.
– A decir verdad, te he visto desde mi ventana. Quería asegurarme de que te sentías mejor -dijo con tranquilidad.
Kate se sentó, la decepción se apoderó de su garganta. Tan sólo quería ser cortés. Por supuesto sólo estaba siendo cortés. Qué tontería por su parte soñar -aunque sólo fuera por un momento- que podría haber algo más. Por fin había acabado por comprender que él era una persona agradable, y cualquier persona agradable querría asegurarse de que ella se encontraba mejor después de lo que había sucedido o la noche anterior.
– Así es -contestó-. Mucho mejor. Gracias.
Aunque Bridgerton hubiera reparado en las frases vacilantes y entrecortadas de Kate, no mostró ninguna reacción discernible.
– Me alegro -contestó mientras se sentaba al lado de ella-. He estado preocupado por ti buena parte de la noche.
El corazón de Kate, que ya latía demasiado deprisa, dio entonces un brinco.
– ¿Ah sí?
– Por supuesto. ¿Cómo podía no estarlo?
Kate tragó saliva. Allí estaba, otra vez, aquella cortesía infernal. Oh, no ponía en duda que su interés y preocupación fueran reales y sinceros. Lo que le dolía era que respondieran a su amabilidad natural, no a un sentimiento especial por ella.
No es que hubiera esperado algo diferente. Pero de todos modos le resultaba imposible no sentir alguna esperanza.
– Siento haberle molestado a esas horas de la noche -se disculpó con voz suave, sobre todo porque pensaba que debía decírselo. La verdad era que se alegraba desesperadamente de que él hubiera estado allí.
– No seas tonta -dijo él enderezándose un poco y clavando en ella una mirada bastante severa-. No te podía imaginar sola durante toda la tormenta. Estoy contento de haber estado allí para consolarte.
– Normalmente aguanto sola las tormentas -admitió ella.
Anthony frunció el ceño.
– ¿Tu familia no te reconforta en esos momentos?
Ella adoptó un aspecto un poco avergonzado para decir:
– No saben que aún me dan miedo.
Bridgerton asintió con la cabeza.
– Ya veo. Hay veces en que… -Anthony hizo una pausa para aclararse la garganta, una táctica para desviar la atención que empleaba con frecuencia cuando no estaba del todo seguro de lo que quería decir-. Creo que te sentirías mejor si buscaras la ayuda de tu madre y tu hermana, pero sé que… -Se aclaró la garganta una vez más. Conocía bien la extraña y singular sensación de querer a tu familia hasta la locura y por otro lado no sentirte capaz de compartir ellos los temores más profundos e inextricables. Le producía una sensación de aislamiento, de estar muy solo en medio de una multitud ruidosa y cordial-. Sé -repitió intentando mantener la voz firme y contenida- que a veces resulta de lo más difícil compartir los temores de uno con aquellos a quienes amas de un modo más profundo.
Los ojos marrones de Kate, inteligentes, afectuosos e innegablemente perceptivos, se centraron en los de él durante una fracción de segundo, y Anthony tuvo el insólito pensamiento de que, de algún modo, ella lo sabía todo de él, hasta el último detalle: desde el momento de su nacimiento hasta su certidumbre acerca de su muerte prematura. En aquel instante parecía que ella, con su rostro inclinado hacia él y los labios algo separados, le conociera mejor que ninguna otra persona que hubiera caminado alguna vez sobre esta tierra.