Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
La verdad es que -y estoy seguro de ello- en el mundo del hampa Tony tenía un peso ínfimo. Lo que la gente pensaba no se ajustaba a la realidad. Todo Nevada -Moe Dalitz, hasta mi propia esposa, ¡por el amor de Dios!- creía que Tony era el jefe de Las Vegas. Pero en realidad no era así. Empezó a creer que él era su propio relaciones públicas.
Pero no todo el mundo coincidía con él. Muchos aparecían con todo tipo de propuestas diciendo que venían de Tony. La mayoría ni siquiera conocía a Tony. Muchas veces las propuestas eran un mal negocio y eran desechadas.
En gran número de ocasiones se habían negado cosas a los miembros de su familia por el simple hecho de la fama de éste, y aquello había minado su moral. Una vez, su propio hermano solicitó un puesto de trabajo en un casino. Era una persona capaz para ello, todo hay que decirlo. Sensata. Pero en cuarenta y ocho horas lo echaron a la calle, por culpa de su apellido. El propietario del casino no quiso enfrentarse a la vigilancia que sabía que iba a establecer el Departamento de Control. A Tony le cogió un ataque. Se dispuso a montarle un gran cirio al propietario del casino. Le dije que se tomara un Valium y se fuera a casa.
Según Cullotta:
Eran malos tiempos para Tony. Cogía tales rabietas que se liaba a puñetazos con todo el mundo. En una ocasión, un periodista contó unas historias sobre él en el periódico y se le atragantaron:
– Voy a matar al menda ése -me dice.
Le respondí que aquello sería el fin para todo el mundo; desencadenaría la intervención de todo el ejército.
– Te equivocas -me iba repitiendo-. Vamos a reunir a unos cuantos. Ya lo solucionaremos.
Una noche quedé con él en una de las carreteras que conducían al desierto. Tenía un plan. Quería apoderarse del Oeste Medio. Me empieza a hablar de todos los tipos con los que él cuenta. Luego va enumerando a los que hay que matar.
Yo no paro de preguntarme: «¿Con quién tengo que vérmelas?». Tiene la intención de apoderarse del mundo entero. Conozco a todos los jugadores y él me va soltando la lista de los que hay que apalear.
Le paré los pies.
– Oye, Tony, pensemos por un momento que tienes éxito, y no creo que las probabilidades estén niveladas. ¿Qué crees que puede suceder en Kansas City, Milwaukee, Detroit y Nueva York?
Salta rápidamente diciendo que le estoy hablando de lugares que quedan al este del Mississippi. A nosotros no nos corresponden. Vamos a centrarnos en el Oeste Medio. Discute de geografía. La verdad es que las bandas del este del Mississippi no tienen nada que ver con las del Oeste Medio y con las del Oeste, pero si asesinan a algunos capos de determinadas familias la cosa puede dar un giro.
No, no, Tony sólo quiere discutir a nivel de bandas del Oeste Medio.
Yo le digo que vale, pero que probablemente los demás grupos se percatarán de que en Chicago hay una banda fuera de control que ha tomado las riendas sin permiso. Que van a considerarlo como la banda más peligrosa del mundo. Además, si deja fuera de combate a los máximos dirigentes de Chicago, ¿qué le hace pensar que sus subalternos van a alinearse con él?
Pero él soñaba. Él iba a convertirse en el Papa de la mafia y El Zurdo pasaría a ser Lansky. Decía todas aquellas barbaridades allí de pie, en el desierto. Yo tenía que seguirle la corriente, de lo contrario no habría vuelto a casa.
¿Alguien se imagina que de haberle llevado la contraria me habría permitido andar por ahí consciente de sus planes? Me habría eliminado sin darme tiempo a meterme en el coche.
Creo que pretendía que El Zurdo apoyara sus proyectos, pero también tengo la sensación de que éste lo dejó en la estacada o algo porque posteriormente cada vez que salía su nombre se ponía hecho una furia. Decía que cada vez que se le ocurría una idea y necesitaba la ayuda de El Zurdo, éste no le hacía ningún caso. Me di cuenta de que empezaba a odiarle. Consideraba que se pitorreaba de él. El Zurdo lo había dejado demasiadas veces colgado.
El FBI de Las Vegas llevaba años tras Spilotro y había elaborado un considerable dossier sobre él y su banda. Habían reunido la información para demostrar que Spilotro era lo que repetían sin cesar los periódicos: la mano derecha del hampa en Las Vegas y quien mandaba en realidad tras los bastidores del hotel Stardust. Pero prácticamente nada de lo que había captado el FBI a base de pinchazos podía confirmar la fama de Spilotro.
Spilotro y su banda de corredores de apuestas, profesionales de la extorsión, usureros y atracadores no eran más que eso: corredores de apuestas, profesionales de la extorsión, usureros y atracadores. Al parecer no trabajaban en nada relacionado con grandes negocios de los casinos. A decir verdad, podían considerarse afortunados si cumplían los encargos menores que les asignaba la dirección de Chicago. «Teníamos a Spilotro más para llevar la responsabilidad de los recados que la de los casinos», admitió Bud Hall, agente retirado.
La actividad normal captada por medio de las escuchas telefónicas y micrófonos instalados entre el 13 de abril y 13 de mayo de 1978 se centraba en detalles triviales y aburridos sobre adjudicación de puestos de trabajo y regalos. El FBI oyó una llamada efectuada por Michael, hermano de Spilotro, a otro de sus hermanos, John, para discutir la introducción de un amigo suyo en el Hacienda.
Oyeron también como Stephen Bluestein, dirigente del Sindicato de Restauración, llamaba a Spilotro para conseguir trabajo para la hija de algún conocido en el Stardust. Oyeron la llamada de Spilotro a Marty Kane, el gerente de la correduría de apuestas del Stardust en la que le decía que despidiera a una mujer que acababan de contratar y pusieran en su lugar a una joven amiga de Spilotro. Grabaron la llamada de Herbie Blitzstein, machaca de Spilotro, a Joe Cusumano, en el Stardust pidiéndole a éste que le consiguiera unos sobres de nómina del Stardust para poder utilizarlos él mismo. Incluso captaron a la policía local llamando a Spilotro para advertirle de que un agente del fisco había conseguido permiso para revisar sus antecedentes policiales.
La serie de llamadas telefónicas que tal vez tipificarían con más perfección el trabajo de segundón que encargaba la dirección de Chicago a Spilotro se produjeron el 1 de mayo de 1978. Empezó con una de Joseph Lombardo, Joey El Payaso, uno de los personajes de la cúpula del hampa y capo de Spilotro. Herbie Blitzstein, que se encontraba en el Gold Rush con su novia, Dena Harte, respondió al teléfono. Lombardo quería saber por qué Barbara Russel, la secretaria de Gregory Peck, no había conseguido lo que se había pedido para ella: habitación, comida y bebida gratis en el Stardust. Spilotro se puso inmediatamente al habla con su capo en Chicago y le prometió que se ocuparía enseguida del problema.
– Lo siento muchísimo -dijo Spilotro-. No sé qué puede haber sucedido.
– Desde el momento en que se te da una orden -respondió Lombardo-, se supone que tienes que cumplirla.
Spilotro dijo haber dejado incluso un mensaje en el hotel precisando que se trataba de una petición de Lombardo.
– Es decir -concluyó Lombardo-, que no has movido ni un dedo.
Spilotro le aseguró a Lombardo que iba a solucionar el error de inmediato y durante las horas que siguieron el FBI escuchó como Spilotro intentaba desembrollar la chapuza. En cuanto Blitzstein le confirmó que la petición había sido cursada, llamó a Leonard Garmisa, conocido de Lombardo y del director del fondo de pensiones del Sindicato, Allen Dorfman. Garmisa había sido el primero en pedir el favor a Lombardo.