Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Mientras tanto, seguían librándose las aparentemente eternas batallas legales entre El Zurdo y la Comisión del Juego. El Tribunal de los EE. UU. decidió no revisar su caso y las autoridades pertinentes exigieron de nuevo a Glick que le despidiera de su cargo como director de restauración y cafetería y le negara la utilización del Stardust para su programa de televisión. El Zurdo y Oscar Goodman buscaron inmediatamente una orden de amparo en el tribunal federal, y el 3 de enero de 1978 El Zurdo recibió un regalo navideño con demora. Carl Christensen, juez del distrito federal, afirmó que si bien la Comisión del Juego podía impedir que El Zurdo consiguiera su licencia, no podía impedirle que trabajara en el Stardust en un cargo no vinculado al juego.
A partir de ahí, Glick contrató rápidamente a El Zurdo como director de espectáculos del Stardust, un cargo considerado de siempre lo suficientemente alejado del funcionamiento del casino que a menudo se había utilizado como refugio para los que tenían problemas con la licencia, como era el caso de Joe Agosto en el Tropicana.
Murray Ehrenberg, que siguió siendo el gerente de Rosenthal en el casino, afirma:
En todo el estado, nadie se tragó aquello, y por ello a partir de entonces el casino se llenó de agentes que vigilaban a Frank, a mí y a todos cada noche intentando pescarlo ejerciendo de jefe. Pero a Frank no le hacía falta hacer las cosas de cara a la galería. Hablábamos más tarde sobre esto o aquello. Mientras nos tomábamos un bocadillo, podíamos solucionar la cuestión del crédito a un cliente, por ejemplo. Mientras veíamos su programa, nos podía decir a quién teníamos que contratar o despedir. A él, ¿qué más le daba? Era el jefe.
La fama de Rosenthal irritaba tanto a sus amistades en el mundo del hampa como a sus enemigos, que pretendían aplicar la ley. Joe Agosto, el director de espectáculos del Tropicana, quien en realidad supervisaba el desvío del dinero de dicho casino, acudió a su jefe, Nick Civella, para quejarse de Rosenthal El Zurdo; le preocupaba que la pasión por la publicidad de éste pudiera afectarle a él de rebote y que acabaran los dos fuera de los casinos. En una ocasión, Agosto llamó por teléfono a Carl DeLuna, el capo que estaba por debajo de la dinastía de los Civella; el FBI estaba a la escucha.
Agosto: Esto ya nadie puede controlarlo. El tipo (Rosenthal) es un asesino, tiene instintos asesinos y va a arrastrarnos a todos por el fango. A mí me preocupa. No quiero que la mierda se desborde, que acabe resultando imposible vivir en esta ciudad. Ha empezado con mal pie y alguien… tendrá que decirle a ese mamón dónde está el límite. Me refiero a que si él mismo se ha suicidado, tendría que aceptar el jodido trato, eso es, y no poner en peligro el puesto de media docena de tíos que dan el callo.
DeLuna: Ajá.
Agosto: ¿Me explico o qué?
DeLuna: Ajá.
Agosto: O sea, las cosas se están desmadrando. Es que si yo fuera un forastero, si no conociera a los amigos del fulano, si lo único que me preocupara fuera el ande yo caliente… no sé si me explico…
DeLuna: Ajá.
Agosto: Me tomaría la justicia por mi mano, sin pedir permiso a nadie, ¿me explico? Eso si no supiera de qué va el rollo…
DeLuna: ¿De qué tienes miedo, Joe?
Agosto: Me mosquea que el cabrón ése no pueda pagar las consecuencias de sus actos. Ya está amenazando… Me refiero a que me tiene frito… Y sé que hay señales de stop, determinadas limitaciones para cuando el fango puede salpicar a todo el mundo… Me da pánico que las salpicaduras nos dejen a todos calados. Qué duda cabe de que esto es lo que va a suceder. Lo mejor que podemos esperar es que no lo procesen, pero es indiscutible que lo van a echar de ahí cagando leches, y si él mismo no se da cuenta, será que el mamón está más ciego que un topo.
17
«Fíjate en el mamón ése. Ni siquiera saluda.»
A Tony Spilotro cada día le costaba más digerir la fama de El Zurdo. Tenía que verlo por televisión. Le tocaba verle entrar en el Jubilation con su séquito de coristas, abogados y corredores de apuestas, todos lamiéndole el culo. Según el propio Rosenthaclass="underline"
La gente se mataba por conseguirme una mesa, y creo que Tony estaba resentido porque yo me movía con más libertad que él.
En palabras de Frank Cullotta:
Tony le tenía inquina a El Zurdo porque él se consideraba el auténtico jefe de Las Vegas, y ahí estaba El Zurdo paseándose tranquilamente mientras todos se inclinaban a su paso como si fuera el mandamás de la ciudad. Una noche estaba yo con Tony en el Jubilation cuando apareció El Zurdo. Cuando íbamos los dos al club, el jefe siempre nos buscaba una mesa. Jamás colocaba a nadie ahí cerca pues nosotros no queríamos a nadie a la escucha. Incluso cuando el local estaba abarrotado, a nuestro alrededor no había más que los manteles blancos.
Y aquella noche hace su aparición El Zurdo con todos sus acólitos del programa de televisión. Entre ellos hay un par de bailarinas a las que ha echado el ojo, están también Oscar y Joey Boston y el resto de sus lameculos.
Tony se fija en que El Zurdo entra por la puerta y todo el mundo se levanta para estrecharle la mano. Además, que a El Zurdo le encanta. Tony se limita a observar. Se va mosqueando, sobre todo al ver que El Zurdo ni siquiera le hace un gesto con la cabeza en señal de respeto. Es como si le estuviera diciendo: «Aquí mando yo y te jodes».
Yo no sé si eso es lo que piensa El Zurdo. Lo que digo es cómo se lo está tomando Tony. Una noche me dice:
– Fíjate en el mamón ése. Ni siquiera saluda.
– ¿Cómo coño te va a saludar? -le respondo-. Si se supone que ni siquiera está en el mismo local que tú.
Tony me dice que ya lo sabe, pero que hay formas y formas de saludar y de no saludar.
Tony empezaba a intuir que El Zurdo se estaba descontrolando. Que el programa de televisión y lo demás le había subido a la cabeza. Que su ego adquiría unas dimensiones extraordinarias y que todo se desmandaba. Dijo que El Zurdo estaba tan ido que la otra noche, cuando él se estaba tomando unas copas, Joey Cusumano, el amigo de Tony, estaba en la mesa de El Zurdo y éste había comentado: «Soy el judío más importante de América», refiriéndose al judío más importante de la mafia.
Joey le respondió: «Ah, claro, Frank, no sabía que Lansky había muerto». A Tony le encantaba la historia. Se la contó a todo el mundo. Joey le había dado donde más le dolía.
Rosenthal se quejaba de que:
Cada vez que se mencionaba a Tony en los periódicos, mi nombre salía en el párrafo siguiente. Les había repetido mil veces que a pesar de que me unía una larga relación de amistad con Spilotro, no tenía ningún negocio con él, pero los periodistas siempre nos relacionaban. No había nada que hacer. Estoy seguro de que de no haberme vinculado tanto ellos a Tony no habría tenido tantos problemas con la licencia.