Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
– Me importa un cojón lo que te haya dicho Dorfman -le dijo Tony-. Ya lo arreglaré con él. Pero tú no toques a nadie, ¡leche! Y ahora, lárgate de una puta vez.
Conseguimos un aplazamiento de resolución y mi gente siguió en su puesto de trabajo.
Como cuenta Thomas:
Durante los meses que estuve allí, Glick estuvo casi siempre ausente, unos cuantos viajes a Europa. Disponía de un jet y solía marcharse el domingo por la noche y… el martes por la mañana estaba de vuelta. No recuerdo un período de tiempo en el que pasara dos semanas seguidas allí.
Cuando yo estaba, discutía con Glick a cuenta de Rosenthal. Era uno de sus temas preferidos cuando cenábamos juntos. Él y Rosenthal no congeniaban. No hablábamos del desvío de dinero. En cuanto a este tema, no ejercía ningún tipo de control. Jamás lo mencionaba y de haberlo hecho él, yo habría cortado.
Al cabo de un tiempo, intenté hablarle de contratos y despidos, porque yo no podía resolver nada, no podía tocar a nadie. Sus reacciones fueron primero el desconcierto y luego la indiferencia. Se limitó a no hacer nada al respecto. Entonces empecé a comprender que Rosenthal llevaba las riendas.
Después de mes o mes y medio de portazos, una noche recibí una llamada de Frank Rosenthal. Nos citamos y le dije que tenía intención de limpiar el Stardust, de poner a trabajar a mi gente.
Me respondió que volviera a ver a quien había hablado conmigo y que aclaráramos las cosas. Dijo que sin duda alguna yo no tenía todos los datos. Se mostró ofensivo, por no decir otra cosa. Le afectaba muchísimo que yo intentara despedir a la gente que él había tenido allí y que quisiera dirigir algo. Estaba muy enojado y parecía que estaba hablando de su casa… La entrevista duró cuarenta minutos y yo tuve pocas respuestas. Estaba bastante disgustado. Más tarde, cuando Dorfman vino a Las Vegas a pasar tres o cuatro días, le pregunté qué sucedía y me respondió:
– No te preocupes. Todo funcionará. Se preparan cosas. Tú sigue el camino que has trazado y si sacas dinero se lo entregas a Rosenthal.
Le expresé mis reservas en cuanto a pasar dinero a Rosenthal pero Dorfman nunca se tomaba nada demasiado en serio.
– No te preocupes por ello -dijo-. A su debido tiempo funcionará.
El Zurdo siempre negó haber tenido nada que ver con el desvío de dinero, y nunca se le acusó de desviar dinero en un casino.
El debido tiempo no llegó jamás. El 2 de diciembre de 1976 todo cambió de nuevo: se produjo una de las remotas posibilidades de Rosenthal. El juez del tribunal del distrito de Las Vegas, Joseph Pavlikowski ordenó a Argent contratar de nuevo a Rosenthal.
Tras tres días de vistas, Pavlikowski decidió que había que rehabilitar a El Zurdo porque en las vistas de la Comisión del Juego no se le habían reconocido todos sus derechos. El Zurdo, el ex pronosticador, no mencionó a la prensa que el juez Pavlikowski era el hombre que les había casado a él y a Geri en el Caesar's Palace en 1969 ni que cuando se casó la hija de Pavlikowski en una de las salas principales del Stardust unos años antes, la boda le había salido a mitad de precio. Según el Las Vegas Sun, Pavlikowski rechazó cualquier implicación de conducta delictiva.
La sentencia de Pavlikowski constituyó un golpe para la legislación estatal en el tema de las licencias y cogió por sorpresa a las autoridades estatales en el campo del juego y a sus aliados políticos. Peter Echeverría, presidente de la Comisión del Juego, prometió recurrir contra la sentencia; afirmó que aceptarla significaría que el estado cedía en su empeño de mantener la delincuencia fuera de los casinos.
A la mañana siguiente del fallo del tribunal, Rosenthal El Zurdo volvió al hotel Stardust y dijo a Thomas que sacara sus pertenencias del gran despacho inmediatamente; de lo contrario al día siguiente las encontraría en la calle.
El desvío de dinero en Argent por parte de Carl Thomas acabó el día en que volvió Rosenthal. Harry McBride, uno del equipo de Thomas que trabajó como jefe de seguridad de Argent, declaró más tarde:
Hablé con Rosenthal. Nos sentamos en el comedor y me dijo:
– La verdad es que aquí se puede hacer mucho dinero, pero… no creo que seas tú quien se aproveche de ello.
Después de aquello, el señor Rosenthal y yo tuvimos muy pocas conversaciones.
16
«Permítame que le haga una pregunta. ¿Hablamos de Minnesota o de Fats?»
Rosenthal era peor que una lapa. El 4 de febrero de 1977, tan sólo dos meses después de que Rosenthal volviera y reclamara su despacho a Carl Thomas, el Tribunal Supremo revocó la sentencia de Pavlikowski, pero El Zurdo no se movió. El Tribunal determinó que no existían «derechos constitucionalmente protegidos» en casos que tuvieran que ver con licencias de juego y que «el juego no conlleva los mismos derechos que otras ocupaciones». También decía que si Rosenthal quería permanecer en tal puesto de trabajo, tendría que solicitar la licencia como empleado clave. Rosenthal estaba preparado para ello: dimitió como jefe del casino e inmediatamente Glick le nombró director de restauración y cafetería de Argent. Dicho puesto implicaba un salario de 35.000 dólares al año, 5.000 menos del que la Comisión de Juego consideraba el mínimo para los empleados clave, es decir, 40.000 dólares.
Rosenthal abordó entonces de lleno la campaña para conseguir la licencia. Lo que había empezado un año antes como un simple litigio en cuanto al derecho a conseguir un permiso de juego, pasó a convertirse en una batalla a gran escala entre El Zurdo y los jerarcas con poder político para otorgar licencias del estado. Si Rosenthal triunfaba desafiando las leyes del juego de Nevada, podía poner en cuestión el derecho del estado a conceder licencias en el campo del juego a cualquier persona. Él y Oscar Goodman acudieron a un tribunal federal alegando que se le había negado el derecho constitucional a un proceso justo; juró llegar hasta el Tribunal Supremo si era necesario. Se fue a Florida a intentar solucionar sus problemas legales en este estado y en Carolina del Norte pues en ambos casos se pedía su presencia. Contrató a Erwin Griswold, ex decano de la Facultad de derecho de Harvard y procurador general del estado, para que lo representara en el tribunal federal de distrito.
Al cabo del tiempo, Rosenthal y Oscar Goodman acumularon más de trescientas páginas de resoluciones, así como gráficos, esquemas y dos folletos: «Campañas de los organismos de control del juego para negar el derecho de Frank Rosenthal a ejercer su oficio» y el biográfico, «Toda una vida apostando, pronosticando y calculando probabilidades».
Se pidió a uno de los jueces que leyera los seis volúmenes de resoluciones antes de emitir un fallo y se negó rotundamente a hacerlo. «Ni puedo leer todo esto como tampoco puedo leer los tres catálogos de Sears ni el Antiguo y el Nuevo Testamento», dijo el juez Carl Christensen.
Rosenthal ya no era únicamente una persona irritante y amante de pleitos. Se había convertido en peligroso. Estaba en todas partes. Al igual que muchos de los que llegan a la vida pública armando ruido -como Donald Trump y George Steinbremer, para poner dos ejemplos-, empezó a ansiar estar en el candelero. Consideraba que su cambio de cargo podía ayudarle a sortear sus problemas con la licencia. El director de espectáculos del Tropicana, Joe Agosto, tenía unas responsabilidades completamente alejadas del mundo del espectáculo: era el encargado del desvío del dinero del casino. Agosto, conocido socio de Nick Civella, había estado en la cárcel, pero el título de director de espectáculos le servía de escudo para no tener que sacarse la licencia de hombre clave.