Los cronolitos [The Chronoliths - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-651-3
- Переводчик: Isabel Merino Bodes
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
Tercera parte
TURBULENCIA
Dieciocho
En cierta ocasión, Sue Chopra me dijo que el tiempo tenía una saeta que señalaba en una dirección. Cuando combinas el fuego y la leña, obtienes cenizas; sin embargo, cuando combinas el fuego y las cenizas, no obtienes leña.
La moralidad también tiene una saeta. Por ejemplo, si proyectas en sentido inverso un largometraje sobre la Segunda Guerra Mundial, estás invirtiendo también su lógica moraclass="underline" los Aliados firman un tratado de paz con Japón y, acto seguido, bombardean Hiroshima y Kagasaki. Los Nazis extraen las balas de las cabezas de los demacrados judíos y los cuidan hasta que recuperan la salud.
Sue me explicó que el problema que presentaban las turbulencias tau era que mezclaban estas paradojas con la experiencia real.
Ante la proximidad de un Cronolito, un santo podía convertirse en un hombre peligroso. Probablemente, resultaba más útil tener cerca a un pecador.
Siete años después de la llegada de Portillo, cuando el ejército monopolizaba las industrias de comunicación e informática, un procesador de segunda mano de una calidad decente podía costar hasta doscientos veinte euros en el mercado, y una placa base de tecnología de capas de Marquis Instruments fabricada en el año 2025 (que tenía mejor rendimiento que sus equivalentes modernos, tanto en velocidad como en fiabilidad) tema más valor que un lingote de oro. Y yo tenía cinco en el maletero de mi coche.
Conduje mi vehículo, con las placas base y mi colección de conectores, pantallas, discos, codems y accesorios exteriores hasta el mercado del Paseo Nicollet. Era una brillante y agradable mañana de verano, e incluso las ventanas vacías de la Torre Halprin (que no se había acabado de construir porque quebró su avalista financiero el pasado enero) parecían alegres entre aquel aire relativamente puro.
Un hombre sin hogar había desenrollado su manta junto a la fuente, justo en el lugar en el que yo solía montar mi puesto. Cuando le pedí quise cambiara de sitio no puso ninguna objeción: sabía que los puestos de mercado se protegían con gran celo y que la antigüedad de los vendedores se respetaba a rajatabla. Muchos de mis colegas estaban en el Nicollet desde que comenzó la recesión económica, desde la época en la que la venia ambulante estaba prohibida y la policía local hacía cumplir la ley a punta de pistola. La adversidad había cultivado una gran solidaridad entre ellos y ahora, a pesar de que las discusiones eran frecuentes, los vendedores tenían la norma de respetar y proteger el espacio de sus compañeros. Los más veteranos disfrutaban de los mejores puestos, mientras que los recién llegados tenían que quedarse con las migajas… y normalmente, debían esperar meses o años a que quedara un lugar vacante.
Yo me encontraba en algún punto entre los veteranos y los recién llegados. Aunque el puesto de la fuente estaba lejos de los pasillos principales, era bastante espacioso y podía aparcar el coche y descargar la mesa plegable y la mercancía sin tener que usar una carretilla… siempre y cuando llegara temprano y tuviera listo el puesto antes de que empezara a congregarse la muchedumbre.
Esta mañana había llegado un poco tarde. El vendedor de al lado, u hombre llamado Duplessy que vendía y confeccionaba ropa usada, ya tenía preparado el tenderete. Se acercó a mí mientras descargaba el coche y echó un vistazo a la nueva mercancía.
—¡Jo! ¡Placas base de tecnología de capas! —exclamó—. ¿Son auténticas?
—Sí.
—Parecen buenas. ¿Te has asociado con un proveedor?
—No, ha sido cuestión de suerte —de hecho, le había comprado las placas a un liquidador amateur de mobiliario de oficina e instalaciones eléctricas que no tenía ni idea de su valor de reventa. Por desgracia, era uno de esos negocios que sólo se consiguen una vez en la vida.
—¿Te apetece intercambiar algo por una de ellos? Puedo hacerte un elegante traje de etiqueta.
—¿Para qué voy a querer un traje de etiqueta, Dupe? Se encogió de hombros.
—Sólo preguntaba. Espero que hoy vengan clientes, a pesar de la manifestación.
Fruncí el ceño.
—¿Otra manifestación?
Tendría que haber prestado atención a las noticias. —Sí, otra manifestación de A amp;P. Llena de banderas y gilipollas, pero sin confeti ni payasos… en el sentido literal de la palabra, por supuesto. A pesar de su ocasional retórica conciliadora, Adaptación y Prosperidad era una facción kuinista radical. Cada vez que ondeaba su estandarte azul y rojo por las Ciudades Gemelas, se producían contramanifestaciones y alguna que otra pelea fotogénica. Los días que había una manifestación, las personas pacíficas preferían mantenerse alejadas de las calles. Suponía que los Copperhead tenían derecho a expresar su opinión, puesto que nadie había abolido aún la Constitución; sin embargo, era una lástima que hubieran escogido un día como éste, con un cielo tan azul y una brisa tan refrescante, un día perfecto para ir de compras.
Vigilé el puesto de mi compañero mientras él iba a buscar el desayuno a un carromato. Cuando regresó, ya lo había vendido una de mis placas a otro vendedor y, a la hora de la comida, aunque no había demasiada gente en el mercado, había conseguido deshacerme de dos más, todas a un precio bastante elevado. Como ya había conseguido unos beneficios decentes y las calles se habían empezado a vaciar a la una de la tarde, decidí retirarme.
—¿Te dan miedo las peleas callejeras? —preguntó Dupe a gritos desde sus montones apilados de algodón y tela vaquera. —No. Lo que me da miedo es el tráfico.
Estaba seguro de que habría controles de policía por todo el centro urbano. Además, cuando la muchedumbre había empezado a dispersarse, había advertido que diversos jóvenes ceñudos con brazaletes de A amp;P o tatuajes K + estaban congregándose en las aceras.
Sin embargo, no era el tráfico ni la amenaza de violencia lo que me preocupaba, sino un hombre barbudo y descarnado que había pasado por delante de mi mesa un par de veces y seguía merodeando por los puestos cercanos, apartando la mirada con fingida indiferencia cada vez que yo miraba en su dirección. Me había encontrado en varias ocasiones con clientes tímidos o indecisos, pero ese tipo sólo había echado un vistazo rápido y superficial a mi mercancía y parecía estar más interesado en consultar con insistencia su reloj. Lo más probable es que sólo se tratara de un tic inocente, pero me estaba poniendo muy nervioso.
Y había aprendido a confiar en mis instintos.
Conseguí salir del centro de la ciudad antes de que empezaran los problemas. Las peleas entre las facciones pro-K y anti-K eran casi rutinarias y la policía había aprendido a controlarlas, pero los residuos del gas tranquilizante (que huele como a una mezcla de excrementos de gato húmedos y ajo fermentado) tardaban días en desaparecer y a la ciudad le costaba una pequeña fortuna eliminar de las calles los oxidados restos de la barrera de espuma.
Habían sucedido muchas cosas durante los siete años transcurridos desde la llegada del Cronolito de Portillo.
Habían sido siete angustiosos años de preguerra y pesimismo. Años en los que parecía que nada iba bien en el país, ni siquiera cuando te olvidabas por un momento de la crisis económica, el movimiento de las juventudes kuinistas y las malas noticias que llegaban del extranjero. El desastre del Misisipí-Atchafalaya continuaba: el río había establecido su nuevo rumbo hacia el mar más allá de Baton Rouge, causando estragos en la industria y la navegación e inundando y dejando sin agua potable a ciudades enteras. En este acontecimiento no había nada siniestro. Lo único que había sucedido era que la naturaleza había ganado un asalto al Cuerpo de Ingenieros; la sedimentación había cambiado los gradientes del río y la gravedad se había encargado del resto. De todas formas, en aquellos días parecía algo simbólico: Kuin era capaz de controlar el tiempo, mientras que nosotros habíamos sido derrotados por el agua.