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Los cronolitos [The Chronoliths - es]

Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:

Scott Warden es un hombre perseguido por el pasado… y pronto también por el futuro. En la Tailandia de comienzos del siglo XXI es un vago en una comunidad costera de expatriados, cuando es testigo de un acontecimiento imposible: la aparición en el boscoso interior de un pilar de piedra de casi setenta metros. Su llegada colapsa los árboles en un cuarto de kilómetro alrededor de su base. Parece estar compuesto de una exótica forma de materia y la inscripción tallada muestra la conmemoración de una victoria militar… que tendrá lugar dentro de dieciséis años.
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
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Preferí no decir nada a mi familia, de modo que me senté de nuevo a la mesa y me obligué a sonreír {esta noche, todas nuestras sonrisas eran forzadas). Durante la sobremesa, David estuvo comentando que, a no ser que tuviera la suerte de ocupar un cargo administrativo o técnico en las Unifuerzas, lo más probable era que lo enviaran a China como soldado de infantería… pero que no pasaba nada, porque la guerra no podía durar mucho más, añadió para tranquilizar a Kaitlin. Todos fingimos creer su absurda mentira.

A David le habrían concedido una prórroga si Kaitlin hubiese estado embarazada, pero de momento, eso era imposible. La infección que había contraído en Portillo había dañado su útero y la había dejado estéril. Aunque podrían tener hijos, tendrían que concebirlos in vitro… y ninguno de nosotros podía pagar ese procedimiento. Por lo que sabía, David nunca había hablado con mi hija sobre este tema (es decir, sobre la imposibilidad de conseguir una prórroga por paternidad). En la actualidad, eran muchos los jóvenes que se casaban sólo para librarse del ejército, pero estoy seguro de que ése no era el motivo por el que Kait y David habían decidido unir sus vidas. Ambos se amaban con locura.

Ashlee sirvió el café y habló animadamente mientras yo intentaba no pensar en el hombre que había en la calle. Advertí que Kaitlin estaba mirando en silencio a David y me sentí muy orgulloso de ella. A pesar de que mi hija no había tenido una vida fácil (ninguno de nosotros la había tenido desde que se inició la Era de los Cronolitos), poseía una dignidad personal inmensa que, en ocasiones, parecía resplandecer por toda su piel. Era un milagro que Janice y yo hubiéramos creado, durante el breve tiempo que estuvimos ¡untos, a una persona con un corazón tan grande. A pesar de todos nuestros defectos, habíamos engendrado la bondad.

Kait y David necesitaban pasar juntos las últimas horas, así que le pedí a Ashlee que los llevara a casa. Sorprendida por mi petición, me dedicó una mirada inquisitiva, pero accedió.

Estreché la mano de David con afecto, deseándole lo mejor, y me despedí de Kait con un largo abrazo. En cuanto los tres salieron de casa, fui a mi habitación, cogí la pistola que escondía en el estante superior del armario de la ropa blanca y quité el seguro del gatillo.

Creo que ya he mencionado que durante las primeras décadas de este siglo (que está a punto de llegar a su último cuarto mientras escribo estas palabras, pero no deseo adelantar los acontecimientos) existió un fuerte rechazo contra las armas.

Durante estos días de penuria, las pistolas de mano habían vuelto a ponerse de moda. Aunque no me gustaba tener armas en casa (porque, entre otras cosas, me sentía hipócrita), me había convencido a mí mismo de que era lo más prudente, así que me había comprado una pistola de mano de bajo calibre que reconocía mis huellas dactilares (y sólo las mías), había realizado los cursos necesarios, había rellenado todos los formularios pertinentes y había registrado el arma y mi genoma. Durante los tres años que habían transcurrido desde que la compré, sólo la había disparado en las prácticas de tiro.

Guardé la pistola en el bolsillo y bajé los cuatro tramos de escaleras que separaban mi apartamento del portal del edificio. A continuación, crucé la calle y avancé hacia el coche estacionado.

El hombre barbudo que había al volante no mostró ninguna señal de alarma; es más, sonrió (de hecho, con satisfacción) al ver que me aproximaba.

—Tendrá que explicarme qué está haciendo aquí —dije, cuando consideré que estaba lo bastante cerca como para que me oyera.

Su sonrisa se hizo más amplia.

—¿De verdad que no me conoces? ¿No tienes ni idea de quién soy?

Esa no era la reacción que había esperado. La voz me sonaba familiar, pero era incapaz de situarla.

Sacó la mano por la ventanilla del coche.

—Soy yo, Scott… Ray Mosely. Solía pesar veinte kilos más y la barba es nueva.

Ray Mosely. El cortesano suplente y desesperado de Sue Chopra.

No le había visto desde antes de la aventura de Kaitlin en Portillo… desde que decidí retirarme para iniciar una nueva vida con Ashlce.

—¡Joder! —fue lo único que pude decir.

—No has cambiado nada —comentó—. Y eso me ha ayudado a encontrarte.

Sin la grasa corporal, parecía casi demacrado… incluso con la barba. Era una especie de fantasma de sí mismo.

—No era necesario que me espiaras, Ray. Podrías haberte acercado a la mesa y saludar.

—Bueno, la gente cambia, así que estos momentos podrías ser un fervoroso Copperhead.

—Que te den…

—Es importante. Necesitamos tu ayuda.

—¿Quiénes?

—Por una parte, Sue. Necesita un lugar donde alojarse durante algún tiempo.

Aún estaba intentando asimilar esa información cuando la ventanilla trasera se abrió y Sue asomó su enorme cabeza en forma de cacahuete desde la penumbra y esbozó una enorme sonrisa.

—¿Qué tal, Scotty? Volvemos a vernos.

Diecinueve

Durante los últimos siete años, le había contado a Ashlee muchas cosas sobre Sue Chopra y sus amigos, pero eso no significaba que le hiciera gracia regresar a casa y encontrarse a dos de esas personas sentadas en el sofá de su sala de estar.

Después de Portillo me había dado cuenta de que tenía escoger entre mi vida con Ashlee y mi trabajo. Sue seguía creyendo que podríamos invertir el avance de los Cronolitos en cuanto consiguiéramos la tecnología apropiada o el nivel adecuado de conocimientos, pero la verdad es que yo lo dudaba. El desagradable término “Cronolito” (formado por dos palabras ya existentes y acuñado por algún periodista ingenioso poco después de la llegada de Chumphon) nunca me había gustado, pero había empezado a apreciarlo por lo acertado que era: cronos, tiempo y lithos, piedra. El tiempo se había solidificado como la roca. Era una zona de determinación absoluta que estaba rodeada por una capa de objetos efímeros (como, por ejemplo, las vidas humanas) que se deformaban para adaptarse a su contorno.

Pero yo no deseaba ser deformado. Quería vivir con Ashlee la vida que me habían robado los Cronolitos. Ash y yo habíamos regresado de Tucson para lamernos nuestras heridas y coger, el uno del otro, toda la fuerza que necesitáramos… y no le podría haber dado demasiada si hubiera seguido trabajando para Sulamith Chopra, si hubiera seguido sumergiéndome en la turbulencia tau, si hubiera seguido insistiendo en hacer de mí mismo un instrumento del destino.

De todos modos, no habíamos perdido el contacto por completo. Sue todavía me llamaba de vez en cuando para hacerme alguna consulta, aunque la verdad es que, al no tener acceso a la incubadoras de códigos, era poca la ayuda que podía ofrecerle. También telefoneaba, con más frecuencia, para mantenerme informado, para compartir su optimismo o su pesimismo, para charlar. Creo que, de alguna forma, le atraía la vida que había decido llevar (como si le pareciera exótica, como si ignorara que había millones de familias como la mía que se las apañaban como podían en estos tiempos tan duros). Para ser sincero, debo decir que no esperaba que se presentara en la puerta de mi casa de esta forma.

Ashlee había intercambiado algunas palabras con Sue por teléfono, pero nunca habían sido presentadas formalmente, y Ray era un extraño para ella. Hice las presentaciones con un entusiasmo que, quizá, resultó demasiado insincero. Ashlee asintió y, tras estrecharles la mano, se retiró a la cocina para “hacer café” (es decir, para pensar por qué le inquietaba tanto su presencia).

Ray insistió en que sólo estaban de visita. Sue seguía manteniendo su red de contactos con el resto de las personas que investigaban los Cronolitos y había establecido nuevas relaciones durante este viaje al oeste. El flujo y el reflujo vascular de la financiación estatal había vuelto a ponerse a su favor, a pesar de que aún tenía detractores en el Congreso. Sue me explicó que, en la actualidad, las agencias gubernamentales se ocultaban entre sí los resultados de sus trabajos, pues estaban enzarzadas en rivalidades burocráticas que ella apenas comprendía. Había venido a Miniápolis por trabajo, pero lo único que deseaba era pasar un par de días en casa de un buen amigo.

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