Los cronolitos [The Chronoliths - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-651-3
- Переводчик: Isabel Merino Bodes
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
—Quiero un cigarrillo —dijo con los labios apretados—. Quiero que regrese mi hijo.
Kait tuvo que permanecer en el hospital una semana más para recuperar las fuerzas y someterse a diversas pruebas. Aunque la visitaba a diario, nunca me quedaba demasiado tiempo, porque tenía la impresión de que ella lo prefería así.
Durante la última visita que le hice antes de que le dieran el alta, Kaítlin y el doctor compartieron las malas noticias conmigo.
No me parecía bien angustiar a Ashlee con ese tema… por lo menos, de momento. Cuando regresé a la habitación del motel la encontré algo mejor, más comunicativa, así que salimos a cenar (aunque no fuimos demasiado lejos, sólo hasta el restaurante del motel). Comimos solomillo y café, pero nos sentimos algo incómodos con la decoración, que consistía en pinturas falsas de los indios Navajo y cráneos de ganado.
Ashlee estuvo hablando (de pronto, parecía que necesitaba hacerlo) sobre su infancia, sobre cómo era su vida antes de casarse con Tucker Kellog. Sin embargo, aquellos recuerdos no eran relatos, sino instantáneas que habían permanecido inalteradas en su mente: aquel día seco y ventoso que fue a comprar lencería con su madre a San Diego o aquel viaje escolar al zoo. Me explicó lo mucho que!e habían asombrado las tormentas invernales el primer año que pasó en Miniápolis y las veces que se había quedado sitiada por las ventiscas de nieve de camino al trabajo. También me habló de los viejos programas que solíamos ver en la televisión en aquella época, comoSomeday, Blue Horizon o Next Week’s Family.
Durante el postre me dijo:
—He estado hablando con la Cruz Roja, que sigue en Portillo cogiendo nombres… contando a los muertos. Si Adam ha sobrevivido, su nombre no aparece en ninguna de las listas, pero si ha muerto… — dijo esto con una indiferencia premeditada, obviamente falsa—.Bueno, tampoco han identificado su cadáver, y son muy buenos para eso. Les he permitido acceder al perfil del genoma que consta en su historial médico, pero me han dicho que no coincide con ninguno de los cadáveres. Así que no sé si está vivo o muerto. De todas formas, me he dado cuenta de otra cosa. Sus ojos brillaban.
—No es necesario que hablemos de esto —dije. —No te preocupes, Scott. Estoy bien. De lo que me he dado cuenta es de que, vivo o muerto, he perdido a mi hijo. Puede que vuelva a verlo y puede que no, pero eso dependerá de él… si está vivo, por supuesto. Es lo que intentó decirme en Portillo. Eso no significa que me odia, sólo que ya no me pertenece. Es dueño de sí mismo. Y creo que siempre lo ha sido.
Guardó silencio durante unos instantes. A continuación, acabó el café que le quedaba en la taza y llamó a la camarera para que volviera a llenársela. —Me dio algo. —¿Adam? —pregunté.
—Sí. En Portillo. Me dijo que así le recordaría. Mira.
Había envuelto el regalo en un pañuelo que llevaba dentro del bolso. Lo desenvolvió y lo dejó sobre la mesa.
Era una cadena barata de la que pendía un colgante, que parecía un montón de plástico picado con un agujero en medio. Era la cosa más fea que había visto en mi vida.
—Me dijo que se lo había comprado a un vendedor de Portillo. Es una especie de objeto sagrado. El colgante no es de piedra, sino…
—Una reliquia de la llegada.
—Sí, así es como lo llamó Adam.
La llegada de un Cronolito creaba extraños escombros, porque las fuertes oscilaciones de temperatura y los cambios de presión que se producían cerca del lugar del aterrizaje congelaban, agrietaban, envolvían y destrozaban los materiales cotidianos. Los cazadores de recuerdos vendían estos artículos, que en raras ocasiones eran auténticos, a los inocentes.
—En teoría —añadió Ashlee—, es de Jerusalén.
Si eso era cierto, ese bulto deforme podría haber sido antaño algo úticlass="underline" el pomo de una puerta, un pisapapeles, un bolígrafo, un peine.
—Espero que no lo sea —respondí.
Ashlee parecía alicaída.
—Pensé que te interesaría. Tú estuviste en Jerusalén cuando sucedió. Es una especie de coincidencia.
—Ese tipo de coincidencias no me gustan.
Le hablé de la teoría de Sue sobre las turbulencias tau, explicándole que había estado dentro de ellas en demasiadas ocasiones y que eso había afectado a mi vida (si es que “afectar” era el verbo apropiado para definir una conexión no causal) de una forma que no me gustaba nada.
Ashlee parecía consternada. Pronunció en voz baja aquellas palabras: turbulencia tau.
—¿Puede? contagiarte de eso? —preguntó.
—Lo dudo. No es una enfermedad, Ash. No es contagioso, pero no me gusta recordarlo.
Envolvió el colgante en el pañuelo y volvió a guardarlo dentro del bolso.
Cuando regresamos a nuestra habitación me puse a leer un libro. Ashlee conectó el panel de vídeo (aunque ni siquiera lo miró) y al cabo de un rato, vino a la cama y me besó… no por primera vez, pero con más fuerza de lo que había hecho hasta entonces.
Me gustó tenerla entre mis brazos, poder envolverme alrededor de su pequeño y flexible cuerpo.
Más tarde, descorrí las cortinas y ambos permanecimos tumbados en la oscuridad, observando los coches que pasaban por la autopista. Los faros delanteros parecían las antorchas de un desfile; los traseros, ascuas candentes. Ashlee me preguntó qué tal había ido la visita al hospital.
—Kait está mejor —respondí— Janice vendrá mañana para llevársela a casa.
—¿Te ha hablado del haj?
—Muy poco.
—Ha tenido que soportar demasiadas cosas.
—Y algunas le quedarán marcadas para siempre —añadí.
—No lo dudo.
—Lo que estoy intentando decir es que también he hablado con el doctor. Kaitlin tenía una infección secundaria en el útero… algo que contrajo en Portillo. Aunque está curada, le han quedado secuelas. Kait no podrá tener hijos, al menos de forma natural. Se ha quedado estéril.
Ashlee se alejó de mí y contempló la oscuridad y la autopista. Palpó la mesilla de noche en busca de un cigarrillo.
—Lo siento. —Su voz era grave.
—Está viva. Eso es lo único que importa.
(La verdad es que Kait había guardado silencio mientras el doctor me daba la mala noticia. Me había observado atentamente desde su cama sin pestañear. Supongo que buscaba señales en mi rostro que le indicaran cómo iba a reaccionar, intentando saber si la privaría de mi compasión y la dejaría desamparada bajo las blancas sábanas del hospital.)
—Sé cómo se siente —dijo Ashlee.
—Estás temblando.
—Sé cómo se siente, Scott, porque a mí me dijeron lo mismo después de que naciera Adam. Hubo ciertas complicaciones… no puedo tener más hijos.
Pasaron más coches por la autopista, proyectando ondulantes barras de luz sobre el techo texturizado de la habitación. Nos sentamos en la penumbra, mirándonos el uno al otro como niños perdidos. Entonces, nos volvimos a abrazar.
Por la mañana estuvimos haciendo las maletas para regresar a Miniápolis. Cuando entré en el baño para afeitarme, Ashlee abandonó la habitación unos instantes.
No creo que sepa que la vi salir por la puerta.
La estuve observando por la ventana mientras cruzaba el aparcamiento, sorteaba el parachoques posterior de una furgoneta de reparto de flores, sacaba un pañuelo doblado de su bolso y besaba un arrugado paquete que tiró en un contenedor de basuras.
Un poco más tarde, aquel mismo día, le devolví el favor: llamé a Sue Chopra y le dije que no volvería a trabajar para ella.