Los cronolitos [The Chronoliths - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-651-3
- Переводчик: Isabel Merino Bodes
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
Aunque la luz del sol abrasaba la capa de hielo que se había formado en el parabrisas, la calefacción seguía bombeando aire caliente y húmedo.
Me enderecé y advertí que estaba tiritando. Me inquieté al ver que Ashlee, que ya estaba despierta, frotaba las manos de Kaitlin entre las suyas.
—Está bien. Respira —dijo Ashlee al instante.
Hitch Paiey me había arrastrado hasta el interior de la furgoneta en cuanto lo peor del choque térmico quedó atrás; en estos momentos estaba cambiando la tuerca de la válvula que yo había aflojado. Se puso en pie, miró a través de la empeñada ventanilla y, al ver que estaba despierto, levantó el dedo pulgar.
—Creo que sobreviviremos —dijo Ashlee con voz áspera. Advertí que me dolía la garganta cada vez que tragaba saliva, seguramente por haber respirado aire helado. También me dolían los pulmones. Además, las puntas de los dedos de las manos y los pies seguían entumecidos y tenía un poco de sangre endurecida en la palma de la mano derecha, donde la llave inglesa congelada me había arrancado parte de la piel. De todas formas, Ashlee tenía razón: habíamos sobrevivido.
Kait gimió de nuevo.
—La hemos mantenido bien tapada —dijo Ash—,pero está enferma. Y puede que contraiga neumonía.
—Tenemos que regresar a la civilización.
Pero antes tendríamos que subir por el montículo… y no estaba seguro de que lo lográramos.
Cuando sentí que había recuperado parte de mis fuerzas, abrí la puerta del conductor y salí, El aire volvía a ser relativamente cálido y sorprendentemente puro, excepto por la neblina de polvo que se estaba asentando por todas partes como si fuera nieve. Los vientos predominantes habían transportado la helada niebla hacia el este.
El hielo humeaba por las rocas y la arena del lecho del riachuelo. Trepé hasta la cima del montículo y contemplé la ciudad… mejor dicho, lo que quedaba de ella.
Aunque el Kuin de Portillo seguía cubierto de hielo, era evidente que se trataba de un monumento inmenso. La figura de Kuin estaba de pie y tenía un brazo levantado, como si estuviera llamando a alguien.
La ciudad de Portillo yacía a sus inmensos pies, oscurecida bajo la niebla pero evidentemente devastada.
El alcance del choque térmico había sido enorme. Aunque imaginaba que todos los hajistas habían muerto, vi que algunos vehículos se movían por los alrededores de la ciudad. Imaginé que serían las estaciones móviles de la Cruz Roja.
Ashlee subió la ladera jadeando y, al ver la magnitud de la destrucción, se quedó sin aliento. Sus labios temblaban. Tenía el rostro manchado de polvo y surcado por las lágrimas.
—Puede que haya logrado escapar —susurró. Por supuesto, se refería a Adam.
Le dije que era posible.
Para ser sincero, lo dudaba.
Diecisiete
A través de una serie de carreteras y cañadas polvorientas conseguimos bordear las humeantes ruinas de Portillo y acceder a la carretera principal.
A pesar de la espeluznante cantidad de muertos que debía de haber en la ciudad, durante el trayecto pudimos ver a diversos grupos de refugiados. Muchos habían quedado lisiados por la congelación y avanzaban cojeando, algunos habían quedado ciegos por los cristales de hielo y otros habían resultado heridos por los efectos del choque térmico o el derrumbe de los edificios. Ahora, ninguno de ellos tenía aspecto amenazador y, en un par de ocasiones, Ashlee insistió en que nos detuviéramos para repartir nuestras escasas mantas y algo de comida… y para preguntar por Adam.
Pero ninguno de aquellos jóvenes sabía nada de él; además, tenían otras preocupaciones más apremiantes: nos suplicaban que transmitiéramos mensajes o que llamáramos a sus padres, esposas o familiares de Los Ángeles, Dallas, Seattle… El desfile de miseria era tan sobrecogedor que incluso Ashlee tuvo que distanciarse, pero continuó observando a los refugiados hasta que fue evidente que ningún hajista, ni siquiera Adam, podría haber recorrido a pie una distancia tan grande. Al ver los camiones de socorro y las ambulancias militares que se dirigían a Porrillo, su conciencia se relajó, pero no sus temores. Se dejó caer sobre su asiento y sólo se movió para comprobar el estado de Kaitlin.
A medida que avanzábamos, me sentía más preocupado por mi hija. Estaba más enferma de lo que había imaginado y la exposición al choque térmico sólo había empeorado las cosas. Ashlee le tomó la temperatura con el termómetro del botiquín y, con el ceño fruncido, le administró un par de pastillas antipiréticas que ingirió con la ayuda de un vaso de agua. Nos vimos obligados a parar en diversas ocasiones para que Kaitlin saliera a toda prisa de la furgoneta y aliviara sus entrañas; cada vez que regresaba tambaleándose, se sentía más débil y humillada.
Teníamos que llevarla a un buen hospital. Hitch llamó a Sue Chopra y le dijo que habíamos sobrevivido pero que Kaitlin estaba enferma. Sue nos recomendó que, si era posible, cruzáramos la frontera antes de solicitar asistencia médica, porque las autoridades estaban arrestando a todos los jóvenes americanos que habían entrado en el país sin papeles. La frontera de Nogales estaba atascada (habían circulado rumores, en este caso falsos, de que iba a producirse una llegada en esta ciudad), pero Sue nos dijo que enviaría a alguien del consulado para que nos escoltara hasta el otro lado y que en Tucson habría una cama de hospital aguardando a Kaitlin.
Al llegar la noche, Ashlee le administró un antibiótico de amplio espectro y Kaitlin consiguió dormir a intervalos. Hitch y yo nos turnamos para conducir.
Pensé en Ashlee. Acababa de perder a su hijo (o, por lo menos, estaba segura de que había muerto) y, sin embargo, era capaz de capaz de cuidar de Kaitlin. Resultaba admirable que, a pesar de su tristeza, se sintiera conmovida por mi hija, que había apoyado la cabeza en su regazo y se sentía reconfortada por su ternura.
Entonces me di cuenta de que las amaba.
Decidí hacer caso a Ashlee y no preguntarle a mi hija, ni entonces ni nunca, qué había sucedido durante el haj.
Bueno, quizá debería ser más concreto: hubo un momento, mientras esperaba con Kaitlin en la habitación del hospital a que regresara el doctor con los resultados del análisis de sangre, en que fui incapaz de contenerme. Sin embargo, no le pregunté directamente qué había sucedido en Portillo. Sólo quería saber por qué había ido, qué era lo que le había impulsado a abandonar su hogar y juntarse con individuos como Adam Mills.
Ella me dio la espalda, avergonzada. Sus cabellos cayeron sobre la crujiente almohada blanca y pude ver la línea de sutura de su operación de cirugía. Hacía tanto tiempo que había cicatrizado que ya no era más que una delgada y pálida línea que recorría su mandíbula.
—Solo quería que las cosas fueran diferentes —respondió.
Ashlee permaneció conmigo en Tucson mientras Kaitlin se recuperaba.
Alquilamos una habitación en un motel y vivimos en castidad durante una semana. El dolor de Ashlee era intensamente privado, casi invisible. Había días en que parecía ser la de siempre, días en que era capaz de sonreír cuando yo aparecía en la puerta con una bolsa de comida mexicana o china. En alguna parte de su corazón, abrigaba la esperanza de que Adam hubiera sobrevivido, aunque se negaba a hablar de esa posibilidad y a tolerar que se mencionara el nombre de su hijo.
Pero estaba apagada, silenciosa. Dormía durante las sofocantes tardes y pasaba las noches inquieta. A menudo, se quedaba sentaba delante del antiguo panel de vídeo hasta mucho después de que yo me hubiera acostado.
De todas formas, estábamos muy unidos. Nuestros futuros se habían entrelazado.
Como ambos intentábamos evitar hablar sobre lo sucedido, nuestras conversaciones solían ser triviales. Excepto en una ocasión: tenía que ir a comprar unas cosas a la tienda de veinticuatro horas que había al final de la manzana y le pregunté si quería que le trajera algo.