Los cronolitos [The Chronoliths - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-651-3
- Переводчик: Isabel Merino Bodes
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
Siete años atrás hubiera sido incapaz de imaginar que me convertiría en un honrado vendedor de artículos de segunda mano, pero ahora me sentía afortunado. Cada mes ganaba el dinero suficiente para pagar el alquiler y tener comida en la mesa. Sin embargo, no todo el mundo había tenido tanta suerte. Muchos se habían visto obligados a inscribirse en las listas del paro y a comer en los comedores públicos, por lo que normalmente acababan siendo reclutados por los ejércitos callejeros de los movimientos P-K y A-K.
Intenté llamar a Janice desde el coche. Tras unos intentos fallidos, conseguí establecer conexión a una velocidad de transferencia ridículamente disminuida que hacía que su voz sonara como si estuviera gritando a través del rollo de papel higiénico. Le dije que quería invitar a Kait y a David a cenar esa noche.
—Es la última noche de David —respondió Janice. —Lo sé. Y por eso quiero verlos. Sé que les estoy avisando con poco tiempo, pero no sabía si lograría salir a tiempo del centro de la ciudad. (Tampoco sabía si tendría el dinero necesario para pagar una cena casera para cuatro personas, pero eso no se lo conté a Janice. Las placas Marquis habían financiado ese pequeño lujo.)
—De acuerdo —respondió—, pero no los traigas de vuelta demasiado tarde. David tiene que madrugar muebo mañana.
En junio, David había sido llamado a filas y tenía que realizar una instrucción básica en el campamento de las Unifuerzas de Arkansas. Al comité de reclutamiento no le importaba en absoluto que él y Kaitlin sólo llevaran seis meses casados, porque la intervención china estaba acabando con las tropas terrestres.
—Dile a Kait que estaré allí a las cinco —dije, instantes antes de que la conexión telefónica crujiera y se evaporara. Acto seguido llamé a Ashlee y le dije que vendrían invitados a cenar. Me ofrecí a hacer la compra.
—Ojalá pudiéramos permitirnos algo de carne —comentó con melancolía.
—Y nos lo podemos permitir.
—Bromeas. ¿Qué… las placas base?
—Sí.
Hizo una pausa.
—Hay un montón de agujeros que podríamos rellenar con ese dinero, Scott.
Por supuesto que los había, pero preferí depositarlo en la caja registradora de la carnicería a cambio de cuatro solomillos pequeños. A continuación me dirigí al colmado para comprar arroz basmati, espárragos frescos y mantequilla de verdad. No tiene ningún sentido vivir si no puedes disfrutar de vez en cuando.
Kait y David habían construido su hogar en el trastero que había sobre el garaje de Janice y Whit. A pesar de lo terrible que suena, debo decir que habían convertido aquel frío ático de tejado puntiagudo en un nidito relativamente acogedor y confortable, amueblándolo con un sofá del que se había desembarazado Whit y una gran cama de hierro forjado que David había heredado de sus padres.
A pesar de que su situación les impedía rechazar la caridad, el ático les permitía mantenerse a cierta distancia de Whit. El marido de Janice era un honorable Copperhead que desaprobaba las peleas callejeras, aunque se tomaba con seriedad la política de su asociación y, siempre que podía, pronunciaba algún discurso aleccionador.
Recogí a Kait y David y los llevé hasta el pequeño apartamento que compartía con Ashlee. Kaitlin estuvo callada durante todo el trayecto. Aunque intentaba ocultar sus sentimientos, era obvio que estaba preocupada por su marido— David compensó su silencio comentando las noticias (la expulsión del Partido Federal, la guerra en San Salvador), pero su voz y sus gestos revelaban su nerviosismo. Ninguno de nosotros mencionó China ni siquiera de pasada.
Kait me había presentado a David Courtney el año anterior. Aunque en un principio no me había impresionado, con el tiempo le había cogido un enorme cariño. Sólo tenía veinte años y mostraba esa suavidad emocional (los psicólogos lo llamaban “falta de afecto”) tan característica de la generación que había crecido a la sombra de Kuin. Sin embargo, debajo de aquella capa, David era un hombre afectuoso y atento que estaba profundamente enamorado de mi hija.
No era especialmente guapo (los incendios de Lowertown del año 2028 le habían dejado una gran cicatriz en el rostro), no era rico ni estaba bien relacionado. Sin embargo, trabajaba (o lo había hecho hasta que le llamaron a filas) como conductor de vehículos de carga en el aeropuerto; además, era un joven brillante y adaptable… y esas cualidades eran vitales en estos oscuros días de un siglo oscuro.
Su boda había sido íntima. La había financiado Whit y se había celebrado en una iglesia de su parroquia en la que, probablemente, la mitad de los diáconos pertenecían a los círculos Copperhead. Kait llevó el viejo vestido de novia de Janice, hecho que despertó en mi mente unos inoportunos recuerdos. Sin embargo, fue un gran acontecimiento para los estándares modernos y tanto Janice como Ashlee soltaron alguna lagrimita durante la ceremonia.
Kaitlin subió hasta el quinto piso, donde se encontraba nuestro apartamento, mientras David y yo conectábamos las alarmas del coche y los protocolos de seguridad. Le pregunté qué tal se había tomado Kaitlin su inminente marcha.
—En ocasiones llora. No le gusta. Sin embargo, creo que estará bien.
—¿Y cómo lo llevas tú?
Se apartó el cabello de los ojos, dejando a la vista durante unos instantes el tejido cicatrizado que estropeaba su frente. Se encogió de hombros.
—De momento, bien —respondió.
Me ofrecí a asar los filetes, pero Ashlee no me dejó. Como no habíamos probado la carne durante la mayor parte del año, no estaba dispuesta a dejarla en mis manos. Me sugirió que cortara las cebollas, o mejor aún, que hiciera compañía a Kait y David y me mantuviera bien lejos de la cocina.
Puede que los filetes fueran mala idea: eran comida de celebración, pero esta noche no había nada que celebrar. Kaity David intercambiaban tristes miradas y era evidente que estaban haciendo grandes esfuerzos por ocultar su ansiedad, aunque no lo estaban consiguiendo. Cuando Ash apareció con la cena, los tres estábamos jugando a un juego de negación recíproca.
Ashlee y yo habíamos alquilado este apartamento poco después de casarnos, en el mes de julio de hacía seis años. El alquiler estaba controlado por el Acta de Stoppard, pero el mantenimiento del edificio era tan eventual que rozaba la negligencia. Las cañerías de agua del vecino de arriba habían estado goteando sobre los armarios de nuestra cocina hasta que Ash y yo decidimos subir con PVC y las herramientas de fontanería necesarias para solucionar el problema con nuestras manos. Las ventanas de nuestra sala de estar daban al suroeste, a las casas bajas del extrarradio (tejados de tablilla, células solares, copas de árbol), y esta noche la luna llena brillaba en el horizonte. Era una luna tan reluciente que casi se podía leer con su luz.
—Resulta difícil creer que antes vivía gente allí arriba —dijo Kait, extasiada por la Luna.
Había muchas cosas del pasado que resultaban difíciles de creer en la actualidad. Hacía tan sólo un año que había visto, desde esta misma ventana, cómo ardía la abandonada fábrica orbital Corning-Gentell al entrar en la atmósfera, vertiendo tanto metal fundido que parecían los fuegos artificiales del Cuatro de Julio. Durante la pasada década habían vivido setenta y cinco seres humanos en la órbita terrestre o más allá. En la actualidad, no había ninguno.
Cuando me levanté para abrir las cortinas un poco más, descubrí que había un viejo utilitario aparcado delante de la puerta enrejada de la Tienda de Saldos Mukerjee Dollar. También alcancé a ver un rostro barbudo en la ventanilla del automóvil, iluminado por el destello de las farolas de sulfuro.
Desde esta distancia me resultaba imposible afirmar que se trataba del mismo tipo que había estado rondando por mi puesto de la Avenida Nicollet durante toda la mañana, pero estaba bastante seguro de que era él.