Los cronolitos [The Chronoliths - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-651-3
- Переводчик: Isabel Merino Bodes
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
—Podrías haber llamado antes —comenté.
—Supongo que sí, Scotty, pero resulta imposible saber quién puede estar escuchando. Entre los Copperhead que se esconden en el Congreso y los trastornados que rondan por las calles… —se encogió de hombros—. Si hay algún inconveniente, alquilaremos una habitación en algún hotel.
—Os quedaréis aquí —dije—. Sólo sentía curiosidad.
Era obvio que querían algo más que un encuentro de viejos amigos, pero ni ella ni Ray iban a entrar en detalles, y supuse que tampoco debía hacerlo yo… por lo menos esta noche. Todo el furor y la obsesión de Sue parecían haber desaparecido hacía largo tiempo. Desde la llegada de Portillo, habían cambiado muchas cosas.
Yo seguía viendo las noticias sobre el avance de Kuin siempre que lo permitía el ancho de banda, y de vez en cuando me preguntaba qué podía significar “turbulencia tau” y cómo podía haberme afectado. Sin embargo, eso no eran más que temores nocturnos, el tipo de cosas en las que sólo piensas cuando eres incapaz de conciliar el sueño y la lluvia golpea los cristales como un visitante inoportuno. Ya no intentaba comprender todo esto según los términos de Sue, puesto que las conversaciones que mantenía con Ray viraban con demasiada rapidez hacia la geometría C-Y, los oscuros quarks y otros asuntos esotéricos. Respecto a los Cronolitos… ¿debería sentirme avergonzando por admitir que había alcanzado cierta paz personal, que había asumido mi incapacidad de ejercer influencia sobre esos acontecimientos inmensos y misterios? Puede que se tratara de una pequeña traición, pero a mi me había ayudado a mantener la cordura.
Me resultaba inquietante encontrarme de nuevo ante la presencia de Sue, puesto que sus obsesiones seguían ardiendo con fuerza. Aunque se mostró cordial mientras hablábamos sobre los viejos tiempos o los colegas, en cuanto la conversación se desvió hacia la reciente llegada del Cronolito de Freetown o el avance de las tropas en Nigeria, sus ojos brillaron y su voz subió un decibelio.
La observé mientras hablaba. Su gloriosa e incontrolable corona de cabello rizado había empezado a volverse gris y cuando sonreía, la piel del contorno de sus ojos se arrugaba de forma compleja. Estaba muy delgada y, cada vez que el brillo de su fervor se apagaba un poco, parecía agotada.
Por increíble que parezca, Ray Mosely soguío estando enamorado de ella. No me lo dijo, por supuesto. Supongo que consideraba que su amor por Sulamith Chopra era una especie de humillación privada c invisible para los extraños, pero no lo era en absoluto. Quizá, había decidido hacer un pacto con sus sentimientos porque consideraba que era mejor amar sin ser correspondido que no amar en absoluto. A pesar de la barba, de estar tan delgado que parecía anoréxico y de que su cabello hubiera empezado a retroceder como los recuerdos de la infancia, Ray todavía miraba a Sue con deferencia, sonreía cuando ella sonreía, reía cuando ella reía y salía en su defensa al menor indicio de crítica.
Y cuando Sue señaló la cocina, donde estaba Ashlee, y dijo: “Te envidio, Scotty. Siempre he deseado encontrar una buena mujer con la que fundar un hogar”, Ray rió entre dientes con docilidad… y con una mueca de dolor.
Antes de acostarme, abrí el sofá-cama y dejé un juego de sábanas. Supongo que para Ray tuvo que ser una verdadera tortura tener que dormir junto a Sue en absoluta e indiscutible castidad, escuchando el sonido de su respiración. Pero aparte del suelo, ése ora el único alojamiento que podía ofrecerles.
Antes de acostarme, me llevé a Sue a un lado.
—Me alegro de verte —dije—. De verdad. Pero si quieres algo más de mí que un par de noches en una cama plegable, me gustaría saberlo.
—Hablaremos de eso más adelante —respondió con tranquilidad—. Buenas noches, Scotty.
Ashlee, que ya se había acostado y estaba más tranquila, me dijo que se alegraba de haber conocido a esas personas que, antaño, habían significado tanto para mí, porque eso había permitido que todas las historias que yo le había contado cobraran vida. De todas formas, añadió que le daban miedo. —¿Miedo?
—Sí, del mismo modo a Kait le da miedo el reclutamiento de David. Por la misma razón. Sé que quieren algo de ti, Scott.
—No te preocupes por eso.
—Pero tengo que hacerlo. Esas personas son muy inteligentes. No estarían aquí si no estuvieran seguras de que lograrán persuadirte…
—No es tan fácil convencerme, Ash.
Se volvió hacía su lado de la cama, suspirando.
En estos siete años, Kuin no había plantado ningún Cronolito en suciu norteamericano (el avance se había detenido en la frontera mexicana). Nosotros, junto con el norte de Europa, Suráfrica, Brasil, Canadá, las islas del Caribe y otros puntos aislados, formábamos un archipiélago de cordura en un mundo asediado por la locura. El impacto de Kuin un América no había sido político, sino económico: el caos global había interrumpido la demanda de bienes manufacturados, sobre todo en Asia, y el dinero había sido retirado de las industrias de bienes de consumo para dirigirlo a la defensa. A pesar de que la tasa de desempleo era relativamente baja (excepto para los refugiados de Luisiana), eran varios los lugares en los que había un déficit de existenciasy se tenía que recurrir al racionamiento. Los Copperhead afirmaban que se estaba produciendo una sovietización gradual de la economía (y en este punto, al menos, tenían parte de razón). Ni en el Congreso ni en la Casa Blanca existía ningún sentimiento pro-Kuin real, así que nuestros kuinistas (y sus homólogos anti-kuínistas) no eran activistas, sino simples combatientes callejeros… al menos, de momento. Pero no sucedía lo mismo con los círculos Copperhead respetables, como e! de Whit Delahunt: estaban por todas partes, pero se movían muy despacio.
Yo había leído algo de literatura Copperhead, tanto de escritores académicos (Daudier, Pressinger, e! Grupo de París) como de autores populares (Vistiendo al Emperador, de Forrestall, cuando entró en las listas de bestsellers), e incluso había saboreado ¡as obras de músicos y novelistas que se habían convertido en la imagen pública de este movimiento. Aunque algunas eran impresionantes, tenía la sensación de que sólo intentaban transmitir un deseo o congraciar a la nación o al autor con alguna autarquía kuinista inevitable.
Todavía no había pruebas directas de la existencia de Kuin. Era obvio que ya existía, quizá en algún lugar del sur del continente chino, pero Asia había sido cerrada a la prensa y a las comunicaciones, su infraestructura se encontraba en una situación de colapso radical y habían muerto millones de personas por el hambre y el desasosiego. El caos que había ayudado a crear a Kuin también lo estaba protegiendo de una exposición prematura.
¿Kuin tendría ya en sus manos la tecnología necesaria para crear un Cronolito?
Probablemente, me dijo Sue.
Eso sucedió el domingo por la mañana. Ashlee, que seguía inquieta, había ido a Saint Paul a visitar a su prima (Alathea se ganaba a duras penas la vida vendiendo cazuelas de cobre decorativas de puerta en puerta. Ashlee iba a visitarla cada domingo, como una expresión de compasión familiar, pues Alathea era una mujer desagradable con creencias religiosas excéntricas y ningún talento para las tareas domésticas). Me senté con Sue en la mesa de la cocina a tomar el desayuno y disfrutar de mi día libre, mientras Ray salía a buscar algo de café, porque habíamos agotado las reservas de casa.