Los cronolitos [The Chronoliths - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-651-3
- Переводчик: Isabel Merino Bodes
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
No sé qué le dijo Ashlee a su hijo (nunca habló de este tema conmigo), pero era evidente, incluso desde esta distancia, que Adam no tenía intenciones de regresar a casa. El lenguaje corporal de aquel encuentro reflejaba toda una vida de frustración. Ashlee (que tiraba de su hijo, suplicándole una y mil veces que viniera con nosotros) era incapaz de admitir que a Adam no le importaba en absoluto lo que ella quisiera, que hacía mucho tiempo que había dejado de importarle… que quizá, nunca le había importado nada porque había nacido con esa incapacidad. En estos momentos, su madre no era más que una distracción que le estaba impidiendo presenciar el interesante acontecimiento que había empezado a desarrollarse: la manifestación física de Kuin, en quien había depositado toda su lealtad.
Ahora era Hitch quien, con gestos frenéticos y haciendo muecas debido al abrasivo viento, tiraba de Ashlee para llevarla de vuelta a la furgoneta. Ella lo ignoró hasta que Adam se soltó con brusquedad de sus brazos. Si Hitch no la hubiera estado sujetando, se habría caído de bruces al suelo.
Levantó la mirada hacia su hijo y dijo algo más. Creo que pronunció su nombre, del mismo modo que yo había pronunciado el de Kaitlin, pero no lo sé con certeza porque el rugido del viento y el sonido de la muchedumbre se habían ido intensificando con rapidez.
Me puse al volante de la furgoneta. Kaitlin gimió bajo la manta.
Hitch arrastró a Ashlee hasta el vehículo y la apremió a entrar. Cuando se sentó en el asiento en el que guardábamos la pistola, descubrí que ya había puesto en marcha el motor.
—Salgamos de aquí inmediatamente —dijo Hitch.
Pero era prácticamente imposible avanzar entre aquella marea de hajistas. Si Adam hubiera acampado un poco más cerca de Portillo, nunca hubiéramos logrado escapar. Sin embargo, desde donde estábamos, logramos acceder a la orilla de la carretera y avanzar despacio, pero a ritmo constante, hacia el oeste. A medida que nos alejábamos, la aglomeración de peregrinos disminuyó.
Pero el cielo estaba muy negro, hacía mucho frío y había tanto polvo en el parabrisas que sólo teníamos unos metros de visibilidad.
No tenía ni idea de adonde conducía esta carretera, puesto que no se trataba de la misma por la que habíamos llegado. Cuando se lo pregunté a Hitch, me respondió que tampoco lo sabía y que el mapa estaba escondido en algún lugar del maletero. De todas formas, añadió, no tenía ninguna importancia, porque no teníamos más remedio que seguir adelante.
La tormenta de polvo había oscurecido el parabrisas y, por el sonido, parecía que también estaba afectando al motor. Cerré las ventanillas y conecté la calefacción del vehículo hasta que todos empezamos a sudar. El sucio sendero en el que nos encontrábamos finalizaba en un puente de madera que cruzaba un riachuelo seco y poco profundo. Era obvio que el puente, astillado y oscilando bajo el fuerte viento, no soportaría el peso de la furgoneta.
—Ve hasta ese terraplén, Scotty —dijo Hitch—. Así habrá un poco más de tierra entre nosotros y Portillo.
—El desnivel es bastante pronunciado.
—¿Tienes una idea mejor?
De modo que abandoné el camino, conduje sobre la quebradiza maleza y me deslicé por el terraplén. Mientras descendíamos, accioné con tanta fuerza los frenos de la furgoneta que se iluminaron todas las alarmas de funcionamiento del salpicadero. Estoy seguro de que habríamos volcado si no hubiera sujetado con tanta fuerza el volante… algo que hice por instinto, no por habilidad. Hitch y Ashlee guardaron silencio, pero Kaitlin dejó escapar un pequeño gemido, muy similar al del viento. Acabábamos de llegar a aquella cuenca plana y rocosa cuando una acacia desarraigada pasó volando sobre nosotros como si fuera el cadáver de un pájaro negro— Incluso Hitch jadeó al verlo.
—Hace frío —gimió Kaitlin.
Ashlee desdobló las últimas mantas que quedaban, le dio dos a Kait y nos tiró otra a nosotros. El aire del interior de la furgoneta apestaba a bobina de calefacción recalentada, pero la temperatura apenas había subido. Ya había pasado por esta situación en Jerusalén, pero nunca había imaginado lo doloroso que podía ser el choque térmico al aire libre: aquel frío repentino se filtraba en nuestro interior, recorriendo todas las articulaciones hasta llegar al corazón, y entumeciéndolo todo a su paso.
Era energía robada, extraída del entorno inmediato por aquella fuerza que era capaz de enviar un objeto masivo a través del tiempo. Un gélido viento ululó sobre el arroyo y el cielo se volvió del color de las escamas de los peces. Decidimos que había llegado el momento de ponemos la ropa termoadaptable que habíamos incluido en nuestro equipaje. Ashlee le pasó a Kaitlin una chaqueta que era demasiado grande para ella y le ayudó a ponérsela.
Entonces recordé algo terrible y alcancé el manillar de la puerta.
—¿Scotty? —preguntó Hitch.
—Tengo que sacar e¡ agua del radiador —expliqué—. Si se congela, nos quedaremos sin medio de transporte.
Habíamos tenido la prudencia de llevar agua potable en bolsas flexibles que se expandían para adaptarse al espacio disponible, y de poner anticongelante en el radiador de la furgoneta. Sin embargo, en ningún momento habíamos pensado que estaríamos tan cerca del punto de llegada del Cronolito. Si el choque térmico era demasiado severo, el sistema de refrigeración del motor se estropearía y nos quedaríamos encallados en este lugar.
—Puede que no haya tiempo.
—Entonces deséame suerte, Y pásame la caja de herramientas.
Salí al exterior, donde fui recibido por el vendaval. El viento cerró la puerta a mis espaldas con violencia. El aire que llegaba al arroyo procedía del sur, alimentando los abruptos termoclinos del futuro Cronolito. El aire estaba tan cargado de arena y polvo que tuve que protegerme los ojos con la mano para poder abrirlos un poco. Me dirigí hasta la parte delantera del vehículo guiándome sólo con las manos.
La furgoneta había chocado contra un montículo arenoso en el que había quedado atrincherado el parachoques. Mientras excavaba la tierra con las manos para poder acceder a la parte inferior, se produjo una explosión de luz dorada sobre mi cabeza. De momento, la chaqueta térmica me estaba ayudando a conservar la temperatura corporal, pero cada vez que exhalaba, mi aliento se convertía en hielo. Tenía los dedos entumecidos, pero no había tiempo de ir a buscar unos guantes. Conseguí abrir la caja de herramientas y busqué a tientas una llave inglesa.
El sistema del radiador había sido diseñado para ser vaciado desde abajo, aflojando la tuerca de una válvula. Sujeté la tuerca con la llave, pero ésta se negó a girar.
Tengo que hacer palanca, pensé mientras apoyaba los pies contra la rueda y adoptaba el ángulo de la llave inglesa del mismo modo que un remero se inclina sobre el remo. El sonido del viento era abrumador, pero por debajo sonaba algo distinto: el estruendo de la llegada, seguido por la onda expansiva que se extendía por el suelo.
La tuerca de la válvula giró y yo caí sobre la arena.
Del depósito salió un chorrito de agua que se congeló al entrar ten contacto con el aire. Eso era suficiente para aliviar la presión que había dentro del radiador… pero con un poco de mala suerte, la capa de hielo que se formara en el interior estropearía una serie de sistemas vítales.
Intenté levantarme, pero fui incapaz.
Me deslicé rodando hasta el pequeño refugio que formaba la furgoneta con el suelo. De repente, me pesaba tanto la cabeza que era incapaz de mantenerla erguida. Escondí las manos entre los muslos y me encogí bajo la escasa calidez de mi chaqueta térmica. No tardé en perder la conciencia.
Cuando abrí los ojos de nuevo, el viento se había detenido y me encontraba en el interior de la furgoneta.