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Los cronolitos [The Chronoliths - es]

Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:

Scott Warden es un hombre perseguido por el pasado… y pronto también por el futuro. En la Tailandia de comienzos del siglo XXI es un vago en una comunidad costera de expatriados, cuando es testigo de un acontecimiento imposible: la aparición en el boscoso interior de un pilar de piedra de casi setenta metros. Su llegada colapsa los árboles en un cuarto de kilómetro alrededor de su base. Parece estar compuesto de una exótica forma de materia y la inscripción tallada muestra la conmemoración de una victoria militar… que tendrá lugar dentro de dieciséis años.
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
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Le dije que eso era lo que parecía.

—¿Por qué? ¿Para que hable conmigo? ¿Para que puedas ver a Kaitlin?

—No lo sé, Ash.

—¡Dios mío! Esto es tan… —no encontró la palabra adecuada para describir aquel ultraje.

—Vivimos tiempos extraños. Y suceden cosas extrañas.

Sintiéndose humillada, se dejó caer con fuerza sobre el asiento y guardó silencio hasta que Hitch nos indicó que saliéramos de la furgoneta. Conecté los protocolos de seguridad del vehículo, aunque era consciente de que no serviría para nada. En el exterior, el aire era seco y el hedor sobrecogedor. Unos metros más adelante, un joven con pantalones que antaño habían sido blancos tiraba tierra en la zanja de una letrina.

A pesar de lo mucho que había esperado este momento, Ashlee se acercó a Adam con indecisión. No lo sé con certeza, pero supongo que el hecho de que su hijo se hubiera resistido a verla le había hecho darse cuenta de lo inútil que sería aquel encuentro. Le puso una mano en el hombro y le miró a los ojos. Adam le devolvió la mirada con impasibilidad. Era joven, pero ya no era un niño. No hizo nada más que esperar a que su madre hablara… pues supongo que Hitch le había pagado para que lo hiciera.

Ambos se alejaron unos metros por el sendero que había entre las tiendas de campaña.

—Es una causa perdida —dijo Hitch—. Pero Ashlee aún no lo sabe.

—¿Qué hay de Kaitlin? Me señaló una pequeña tienda de color amarillo sol.

Me di cuenta de que estaba pensando en el Cronolito que aterrizó en El Cairo hacía tres años. Sue Chopra había conseguido imágenes de todas las fases del acontecimiento, tomadas desde una docena de ángulos diferentes: la calma que hubo antes de la manifestación, la oleada de frío y los vientos térmicos, la columna de hielo y polvo que se alzaba, humeante, hacia el cielo azul y, por fin, el deslumbrante Cronolito incrustado en el suelo de las afueras del Cairo, como una espada clavada en una roca.

(Me pregunté quién lograría extraer esta espada de la piedra. Quizá, los puros de corazón. Los padres ausentes y los maridos fracasados no tenían ni que intentarlo.)

Supongo que lo que más me impresionó de la llegada de El Cairo fue su incongruencia: el hielo que lo cubría a pesar de las trémulas oleadas de calor del desierto; las diferentes y abruptas capas de historia inconexa, en la que modernas torres de oficina se alzaban sobre los escombros de una autarquía milenaria y quedaban desplazadas por el más nuevo de los monumentos… un Kuin tan voluminoso y distante como un faraón sobre su frígido trono.

No sé por qué recordé aquella imagen con tanta claridad. Quizá, porque esta árida ciudad del desierto de Sonoran estaba a punto de recibir su propio trono de hielo; o quizá, porque ya sentía un suave frescor en el aire, un escalofrío de premonición, el amargo olor del futuro.

—¿Kaitlin?

Un viento perezoso levantó la lona de la puerta de su tienda de campaña. Me acuclillé y metí la cabeza en el interior.

Kait estaba sola, intentando liberarse de un nido de mantas sucias. Parpadeó bajo la amarillenta luz del sol que entraba a través del nylon. Tenía el rostro delgado y los ojos ensombrecidos por la fatiga.

Parecía mayor de lo que recordaba, y me dije a mí mismo que se debía a todo lo que había tenido que soportar durante este haj, al hambre y la ansiedad. Sin embargo, el verdadero motivo era que se había alejado de mí, que se había ido distanciando de la imagen mental que había formado en mi mente mucho antes de que abandonara Miniápolis.

Me dedicó una larga mirada, durante la cual su expresión fue pasando de la incredulidad al recelo, la gratitud, el alivio y la culpabilidad.

—¿Papá? —preguntó.

Sólo fui capaz de repetir su nombre… y probablemente, era lo mejor. Eso era lo único que necesitaba decir.

Salió de las mantas y cayó en mis brazos. Vi los cardenales de sus muñecas, el profundo corte que iba desde su hombro hasta el codo, formando un sendero de sangre coagulada. Sin embargo, no le pregunté qué había sucedido… y fue entonces cuando comprendí la sabiduría del consejo de Ashlee: no podía deshacer sus heridas. Sólo podía apoyarla.

—He venido para llevarte a casa —le dije.

No se atrevió a mirarme a los ojos, pero respondió con un hilillo de voz:

—Gracias.

Cuando otro soplo de brisa movió la lona de la tienda, Kaitlin se estremeció. Le dije que se vistiera lo más rápido que pudiera. Se puso unos vaqueros andrajosos y un sarape barato.

Yo también me estremecí, porque me di cuenta de que el aire era demasiado frío para una mañana tan soleada. Era un frío antinatural.

En el exterior, Hitch me estaba llamando.

—Llévala a la furgoneta —me dijo—. Y será mejor que te des prisa, porque esto no forma parte del trato… He negociado para que hablaras con ella, no para que te la llevaras.

Volvió el rostro en la dirección que soplaba el viento.

—Tengo la impresión de que todo va a suceder más rápido de lo que pensábamos.

Kaitlin se dejó caer sobre una de las hileras de asientos de la parte posterior y se envolvió con una manta. Le dije que mantuviera la cabeza agachada, sólo durante un rato. Hitch cerró la puerta y fue en busca de Ashlee.

Kait se sorbió los mocos… y no sólo porque estuviera a punto de llorar. Me dijo que había contraído algo, una gripe o alguna de las enfermedades intestinales que se iban propagando por Portillo a medida que las masas estaban más sedientas y los vendedores de agua eran menos escrupulosos. Tenía los ojos brillantes y algo borrosos. Se llevó la mano a la boca para toser.

En el exterior, el viento empezó a golpear las tiendas de campaña y los refugios de lona. Los hajistas empezaron a asomarse, atraídos por el ruidoso tiempo. Docenas de peregrinos desconcertados, con símbolos kuinistas y ropa desgarrada, se llevaron la mano a la frente para protegerse los ojos, preguntándose (empezando a preguntarse) si ese vendaval estaría marcando el inicio de un acontecimiento sagrado, si esa fuerte brisa y el descenso de la temperatura estarían indicando la llegada del Cronolito.

Y puede que así fuera. El Kuin de Jerusalén había aterrizado con más decisión y más de improviso que éste, pero se había comprobado que las llegadas de los Cronolitos variaban de un lugar a otro (y de un momento a otro) en intensidad, duración y poder destructivo. Además, los cálculos de Sue Chopra estaban basados en cierta información dudosa de los satélites, así que podían tener un margen de error de varias horas.

En otras palabras, puede que nos encontráramos en peligro mortal. Una ráfaga de aire hizo que la furgoneta se balanceara. Kaitlin, sorprendida, levantó la cabeza, presionó su rostro contra la ventanilla y observó, boquiabierta, las nubes de polvo que se habían levantado, de repente, en el desierto de Sonoran.

—Papá, ¿esto es…?

—No lo sé —respondí.

Busqué a Ash con la mirada, pero estaba escondida entre una multitud de exaltados hajístas. Supuse que nos encontrábamos, como máximo, a un kilómetro y medio del centro de Portillo, pero como no había forma de saber con precisión dónde aterrizaría el Cronolito, resultaba imposible calcular el perímetro de la zona de riesgo. Le dije a Kait que se quedara debajo de la manta. En aquel instante, la muchedumbre empezó a moverse, como si los hajistas hubieran alcanzado un silencioso consenso para abandonar este sucio solar y dirigirse a las calles, al centro de la ciudad. Entonces, alcancé a ver la barba negra de Hitch; después al propio Hitch, a Ashlee y a Adam.

Parecía que Hitch estaba discutiendo con Ashlee, que había cogido a su hijo de los brazos y parecía estar implorándole algo. Adam estaba completamente inmóvil, resistiéndose al abrazo; el viento agitaba su rubio cabello por delante de los ojos. El muchacho observó impasible el rostro de su madre y, al advertir que el cielo que se estaba oscureciendo, sacó de su mochila lo que parecía una chaqueta térmica doblada.

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