Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Pero, ¿qué hizo Glick? Mantuvo la pretensión de que no sabía nada del despiste del dinero, e incluso insistió en solicitar el dinero del seguro que cubría las pérdidas del desfalco. Creo que por fin hasta consiguió algo.
Entre tanto, el Departamento de Control iba exigiéndome el informe y yo le pasaba información en cuentagotas mientras intentaba establecer el vínculo entre la mafia y Argent. Sabía que existía. Sólo me faltaba demostrarlo.
Carl Thomas empezó a trabajar en el Stardust un par de meses antes de que Gomes y Law registraran el casino. Él mismo precisó más tarde:
Era un caos total.
Thomas descubrió, con gran asombro, que además de las cuentas de las máquinas de Vandermark, había un montón de desvíos distintos en marcha, de los que informó cumplidamente a Civella.
Me asombró lo que sucedía. Yo quería controlarlo todo estrictamente. Comenté a Nick que aquello era como sostener un cubo lleno de agua con veinte agujeros. Habían pagado por adelantado un contrato de publicidad de trescientos mil dólares: se paga por el anuncio antes de difundirlo. La comida y la bebida eran una tomadura de pelo. La correduría de apuestas de caballos y deportes, un terrible embrollo. Tuve la impresión de que tan sólo en apuestas hípicas y deportivas podían despistarse entre cuatrocientos mil y quinientos mil dólares al mes. Algunos recepcionistas aceptaban reservas y cuando la persona pagaba su cuenta en efectivo se metían el dinero en el bolsillo y destruían toda prueba que demostrara que aquella persona había estado allí.
Thomas habló también a Civella de las operaciones fraudulentas en la sala de espectáculos del casino, donde se robaba el efectivo correspondiente a unas seiscientas entradas cada noche, pues las localidades no constaban ni siquiera en el proyecto y plan de construcción del teatro. Thomas sugirió que se detuvieran todos los escapes de dinero, y Civella le dio la razón en todo, excepto en el tema de las localidades de los espectáculos. «Vamos a dejar la sala de fiestas en paz», le dijo Thomas. Pero éste sigue con la explicación:
Por lo que se refiere al desvío de dinero, yo pretendía sacar el efectivo de las cabinas, sólo el líquido, nada de comprobantes, nada de comida y bebida, nada de espectáculos; un solo movimiento: sacar el dinero de las cajas. Nick opinó que era una gran idea. Dijo que todo requiere su tiempo.
Luego pedí que viniera Allen Dorfman. Le dije que existía un gran problema y que dentro de poco se llevaría a cabo otra investigación de envergadura como la que se estaba desarrollando en cuanto a las tragaperras, que a veces no podía trabajar al tener a los agentes del FBI por todo el local, ya que venían a diario. La primera pregunta que formulé a Dorfman fue: «¿Cómo me había metido en aquel embrollo y cómo podía acabarlo yo?» Me respondió lo mismo, que el tiempo se ocuparía de ello.
Dorfman también me dio la razón en cuanto al método de desvío que yo proponía. Tal vez estuviera pasada de moda la utilización de cajas con efectivo, pero con ello no queda registrado nada. No hay que estampar ninguna firma. Tan sólo llevarse el líquido. Salir con él. No tiene nada que ver con firmar un contrato y sacar la astilla; yo nunca había hecho nada parecido. Además, con el dinero en la caja éste se puede controlar perfectamente. Se implica a dos personas y punto. Cada mesa tiene una caja. Se coloca en un contenedor de acero. Al final del turno, el guardia de seguridad introduce una llave en el contenedor de acero, saca la caja y la lleva a la sala de contabilidad. Las cajas permanecen allí hasta que al día siguiente aparece el equipo que cuenta el dinero. Si dispones de la llave, puedes sacar la caja, abrirla, coger el dinero y volver a cerrarla. No queda constancia de ello. Ningún comprobante.
Durante los seis meses en que Thomas dirigió los casinos Argent, consiguió colocar a sus hombres y establecer el desvío del dinero en el Fremont y el Hacienda pero jamás llegó a controlar el Stardust. Intentó despedir a algunos de los que había contratado El Zurdo pero éste se resistió a ello. Según El Zurdo:
Tony Spilotro fue el primero que me habló de que me iba a sustituir Carl Thomas. Intentaba ganar puntos con Allen Dorfman y precisaba mi voto. Yo no conocía mucho a Carl, y cuando pregunté a Tony el porqué me dijo:
– Es un favor que me haces.
No creo que Thomas estuviera lo suficientemente capacitado. Me daba la impresión de mucha tontería y pocos conocimientos. Pero Tony seguía presionando.
– Soy yo, Frank, Tony. ¿No lo entiendes? Para mí es importante. Soy tu colega, te pido un favor.
Así que utilicé los medios que tenía a mi alcance y Carl me sustituyó.
De todas formas, una de las condiciones que impuse antes de que tomara el relevo fue que al llegar allí no empezara a despedir a mi gente. Aquello me afectaba. Quería proteger el puesto de trabajo de las personas que a mí me parecían bien, las que yo consideraba trabajadores leales, honrados y fieles a la empresa. Y en esa condición estuvieron de acuerdo tanto Spilotro como Dorfman. Incluso hablé de ello con Dorfman. Conocía a Dorfman bastante bien. Al final, me sentí tranquilo con Carl en el puesto.
Ahora bien, un día, a las diez en punto de la noche, cuando había abandonado el edificio, recibo una llamada de Bobby Stella. Me llama a casa y me dice:
– Oye, el menda tiene a punto doce rescisiones de contrato.
– ¿Y qué? -respondí.
No capté el asunto y la verdad es que Bobby no habla muy claro.
– Vamos, Bobby, suéltalo -dije.
– Bueno… -empieza- El caso es que quiere deshacerse de fulano, mengano, zutano…
– ¿Cómo? -dije.
Y siguió con una lista en la que estaba la mejor gente, mis hombres clave.
Evidentemente el nombre de Bobby no estaba en la lista. Era intocable. Pero me fue recitando los otros nombres.
– ¡Copón bendito, Bobby! ¿Estás seguro de lo que dices? -exclamé.
Respondió que estaba seguro de ello.
– De acuerdo -dije.
Y me puse en contacto con el que te dije, con Tony. Y lo puse a caldo. No digo más. Nos encontramos en un aparcamiento con cabinas telefónicas cerca de una tienda de comidas preparadas. Recuerdo que eran las diez y media cuando apareció.
– ¿Qué cojones pasa, Tony? -le dije-. Me diste tu palabra. El tipo despide a Art Garelli, a Gene Cimorelli, a éste y al otro. No sabe por dónde anda. ¿Abandono un día y ya tienen que armármela?
Tony se había sonrojado, se sentía violento.
– Oye, Tony, llama a Carl Thomas -le dije.
Coge el teléfono allí mismo. Yo, a la escucha. Ya eran casi las once de la noche, pues los de la tienda estaban cerrando.
– Tengo que verte -dijo Tony a Carl-. Ahora mismo.
– De acuerdo -respondió Carl, y Tony le dio las señas de donde estábamos.
Al cabo de diez minutos, Carl aparca y se mete en nuestro coche. Aquel Tony era un diplomático redomado. Yo no abrí la boca.
– Escúchame bien, mamón -le dijo Tony. Era así de diplomático-. ¿Es que te has vuelto loco, mamón?
– ¿Qué ocurre, Tony? ¿Algún problema? -va diciendo Carl.
– Tú no despides a nadie, hijoputa -dice Tony-. ¿Me has oído?
– Un momento, Tony -responde Carl-. Estás echando la bronca a quien no corresponde.
– ¿Pero qué dices? -exclama Tony.
– Pues que aquí hay un malentendido -dice Carl-. Me ordenaron que me mostrara respetuoso al máximo con Frank, independientemente de lo que me pidiera, siempre que me encontrara con él. Cualquier cosa en cualquier momento. También se me dijo que hiciera lo que quisiera, que llevara mi propia gente.
– ¿Quién dice eso? -pregunta Tony.
– Lo dice Dorfman -responde Carl.
Me di cuenta de que Tony se había sobresaltado.