La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
En otros tiempos, Charlie hab�a cre�do en esto, verdaderamente. Y quiz� todav�a cre�a en ello. S�, lo hab�a visto claramente en su cerebro. Hab�a llamado a las puertas de desconocidos, y hab�a visto c�mo la ira desaparec�a de la cara de aquella gente, cuando ella llegaba al punto culminante de su argumentaci�n. Lo hab�a sentido, y lo hab�a manifestado. Hab�a defendido el derecho de las personas a liberar la mente de las personas, el derecho a liberarnos rec�procamente del dominante embrutecimiento de los condicionamientos capitalistas y racistas, y que cada cual se entregara a los dem�s, en voluntario compa�erismo. Al aire libre, y en un d�a claro y luminoso, esta visi�n todav�a llenaba el coraz�n de Charlie y la impulsaba a llevar a efecto haza�as valerosas que, hall�ndose en fr�o, no hubiera siquiera contemplado. Pero entre aquellas paredes, ante aquellas astutas caras, Charlie no ten�a el espacio suficiente para desplegar las alas.
En tono todav�a m�s estridente, Charlie volvi� a la carga:
-�No s� si sabes, Mart, que una de las diferencias que median entre las personas de mi edad y las de la tuya consiste en que nosotros nos fijamos un poco en quienes son las personas a quienes entregamos nuestra existencia y las razones por las que la entregamos. No sentimos el menor entusiasmo a dar nuestra vida, y vete a saber por qu� raz�n, a una empresa multinacional registrada en Liechtenstein y con sede en las malditas Antillas Holandesas.
Estas frases eran de Al, desde luego. Y Charlie hab�a copiado incluso la sarc�stica entonaci�n de Al, para poderlas decir. Charlie sigui�:
-�No nos parece una buena idea, ni mucho menos, el que unas personas a las que no conocemos, de las que jam�s hemos o�do hablar y a las que no hemos votado, anden por ah� estropeando el mundo en nuestro beneficio. Y se da la graciosa circunstancia consistente en que los dictadores no nos gustan, tanto si son grupos de personas, de naciones o de instituciones, y tampoco nos gusta la carrera de armamentos, ni la guerra qu�mica, ni cualquier otro aspecto de ese catastr�fico juego. Creemos que el Estado de Israel no debe ser una guarnici�n norteamericana imperialista, y no creemos que los �rabes sean un hatajo de salvajes plagados de pulgas, como tampoco son decadentes jeques petroleros. Por eso, rechazamos. Con el fin de no padecer ciertas resacas, ciertos prejuicios, y de tener ciertas fidelidades y alineamientos. En consecuencia, el rechazo es positivo, �no es cierto? S�, ya que no tener todo lo que he dicho es positivo.
Mientras Litvak escrib�a pacientemente, Kurtz pregunt�:
-�Has hablado de estropear el mundo, �de qu� forma, Charlie?
-�Envenen�ndolo. Quem�ndolo. Dej�ndolo apestando a colonialismo, y a un total y calculado lavado de cerebro de las clases trabajadoras.
Charlie hizo una pausa, y pens�: �Las otras frases las recordar� dentro de un instante.�
Dijo:
-�En consecuencia, no me pid�is que os d� el nombre y la direcci�n de mis cinco principales h�roes, �comprendes, Mart? No, porque los llevo aqu�. -Charlie se golpe� el pecho. Sigui�-: Y no intent�is darme lecciones burlonas, cuando os puedo recitar a todos, durante toda la noche, la obra del Che Guevara. Preguntadme si quiero que el mundo sobreviva, si quiero que mis hijos�
Muy interesado, Kurtz pregunt�:
-��Realmente puedes recitar al Che Guevara?
Litvak levant� delicadamente una mano, mientras segu�a escribiendo con furia con la otra, y dijo:
-�Un momento, por favor. Esto es formidable. Espera un segundo, s�lo un segundo, Charlie.
Charlie, con las mejillas ardientes, dijo secamente:
-��Por qu� no os gast�is un poco de dinero y os compr�is un magnet�fono? �O lo rob�is, ya que parece que �ste es vuestro negocio?
Mientras Litvak segu�a escribiendo, Kurtz repuso:
-�Porque no podemos destinar una semana a leer las transcripciones de las cintas. El o�do selecciona, querida. Y las m�quinas no seleccionan. Las m�quinas son antiecon�micas.
Mientras esperaban que Litvak terminara su escritura, Kurtz insisti�:
-��Realmente puedes recitar los textos del Che Guevara, querida?
-�No, claro que no puedo.
A espaldas de Charlie, � millas de distancia parec�a, la fantasmal voz de Joseph modific� cort�smente la contestaci�n de Charlie:
-�Pero podr�a hacerlo si los aprendiese.
Con cierto orgulloso matiz de creador en su voz, Joseph a�adi�:
-�Charlie tiene una memoria incre�ble. Le basta con o�r algo para incorporarlo a su mente. Si quisiera, Charlie podr�a aprenderse de memoria la obra completa del Che Guevara en una semana.
�Por qu� hab�a hablado Joseph? �Intentaba dulcificar la situaci�n? �Pretend�a dar una advertencia? �O acaso quer�a interponerse entre Charlie y su inmediata destrucci�n? Pero Charlie no estaba de humor para prestar atenci�n a las sutilezas de Joseph, y, por su parte, Kurtz y Litvak estaban hablando entre s�, en esta ocasi�n en hebreo.
Charlie les pregunt�:
-��Os molestar�a mucho hablar en ingl�s, en mi presencia? Cort�smente, Kurtz dijo:
-�Es s�lo un instante, querida.
Y sigui� hablando en hebreo.
Con la misma metodolog�a cl�nica -��nicamente constar� en el expediente, Charlie�-, Kurtz la indujo laboriosamente a hablar de los restantes incongruentes art�culos de su dubitativa fe. Charlie se rebel�, cooper� y volvi� a rebelarse, con la creciente desesperaci�n de quien s�lo sabe a medias. Kurtz rara vez esgrimi� cr�ticas, estuvo cort�s en todo momento, ech� ojeadas a los papeles, habl� brevemente con Litvak, o, a sus propios e indirectos fines, escribi� alguna que otra nota en su bloc. Charlie, en su fuero interno, mientras iba naufragando no sin luchar ferozmente, se ve�a a s� misma en uno de aquellos improvisados happenings de la escuela de arte dram�tico, esforz�ndose en representar un papel que perd�a m�s y m�s significado a medida que ella se adentraba en �l. Observaba sus propios ademanes y se daba cuenta de que nada ten�an que ver con sus palabras. Charlie protestaba, en consecuencia era libre. Charlie gritaba, en consecuencia protestaba. Escuchaba su propia voz y se daba cuenta de que a nadie pertenec�a. De entre las conversaciones en cama sostenidas con un olvidado amante entresacaba una frase de Rousseau, de otra ocasi�n entresacaba una frase de Marcuse. Vio que Kurtz se reclinaba en la silla, efectuaba un lento movimiento afirmativo con la cabeza, y dejaba el l�piz sobre la mesa, por lo que Charlie supuso que sus contestaciones hab�an terminado, o, mejor dicho, que las preguntas de Kurtz hab�an terminado. Charlie decidi� que, teniendo en consideraci�n la superioridad de su p�blico y la pobreza de sus propias frases, hab�a llevado a cabo una interpretaci�n muy digna, a fin de cuentas. Kurtz parec�a opinar lo mismo. Charlie se sinti� mejor y mucho m�s segura. Kurtz tambi�n, al parecer.
Kurtz declar�:
-�Charlie, te felicito. Te has expresado con gran honestidad y franqueza, por lo que te damos las gracias.
Litvak, el escribano, murmur�:
-�Si., s�, ciertamente.
Sinti�ndose fea y acalorada, Charlie dijo:
-�Absolutamente de nada.
Kurtz pregunt�:
-��Te molestar�a que interpretara un poco tu actitud?
-�S�, mucho.
Sin mostrar sorpresa, Kurtz pregunt�:
-��Y por qu�?
-�Pues porque somos una alternativa. No somos un maldito partido, no estamos malditamente organizados, no tenemos un maldito manifiesto. Y no estamos dispuestos a que nos interpreten.
A Charlie le hubiera gustado poder prescindir de sus frecuentes �malditos�. O, por lo menos, que sus palabras violentas acudieran m�s naturalmente a sus labios, en la austera compa��a de aquella gente.
De todas maneras, Kurtz hizo su interpretaci�n, y procur� voluntariamente ser un tanto
lento:
-�Por una parte, Charlie, parece que nos encontramos ante las premisas b�sicas del anarquismo cl�sico, tal como fue predicado desde el siglo xviii hasta nuestros d�as.