La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Con una sabia sonrisa de importancia, Charlie dijo en cierto momento:
-�Todo nos hubiera ido muy bien si hubi�semos pertenecido a la clase obrera. Si, a uno le despiden, uno queda en el paro, las fuerzas del capital est�n en contra de uno, y as� es la vida; �sta es la realidad, y uno sabe cu�l es su sitio. Pero no �ramos de la clase obrera. Eramos nosotros. Est�bamos en el bando de los vencedores. Y de repente pasamos al bando de los vencidos.
Gravemente, meneando su cabezota, Kurtz dijo:
-�Es duro.
Volviendo hacia atr�s, Kurtz pregunt� acerca de hechos incontrovertibles, tales como las fechas y el lugar del juicio, la exacta duraci�n de la condena, los nombres de los abogados, en el caso de que Charlie los recordara. Charlie no lo sab�a todo, pero dijo cuanto sab�a, mientras Litvak apuntaba las contestaciones, permitiendo con ello que Kurtz centrara en Charlie toda su ben�vola atenci�n. Ahora, las risas hab�an cesado totalmente. Era como si la banda sonora hubiera dejado de existir. No se o�a ni un chirrido, ni una tos, ni un roce de pies contra el suelo. A Charlie le parec�a que jam�s, en toda su vida, hubiera tenido un p�blico tan atento, que tanto se fijara en su interpretaci�n. Pens� que aquella gente la comprend�a. Saben todos lo que es llevar la vida propia del n�mada, quedar limitada a tus propios recursos cuando tienes la suerte en contra. En cierta ocasi�n y en obediencia a una serena orden dada por Joseph, las luces se apagaron, y todos esperaron en una tensa oscuridad, en espera de que terminara la alarma de bombardeo, sinti�ndose Charlie tan inquieta como los dem�s, hasta que Joseph anunci� el cese de la alarma, y Kurtz reanud� su paciente interrogatorio. �Realmente Joseph hab�a o�do algo, o acaso todo fue un intento de recordar a Charlie que formaba parte del grupo? El efecto en Charlie fue el mismo, fuese cual fuere tal intenci�n: durante aquellos tensos segundos, Charlie fue compa�era en la conspiraci�n de aquella gente, y no pens� en la posibilidad de ser rescatada.
En otras ocasiones, Charlie, apartando dificultosamente su mirada de Kurtz, ve�a a los muchachos dormitando en sus puestos: al sueco Raoul, con su rubia cabeza inclinada sobre el pecho, y la suela de una gruesa zapatilla de atletismo apoyada en la pared; a la sudafricana Rose, apoyada en la puerta de dos hojas, con sus piernas de corredora estiradas ante ella, y los brazos cruzados sobre el pecho; a la norte�a Rachel, con las negras crenchas colgando, con los ojos entornados, pero manteniendo la suave sonrisa de sensual reminiscencia. Sin embargo, el m�s leve roce ins�lito bastaba para que todos quedaran inmediatamente alerta.
Amablemente, Kurtz pregunt�:
-��Y cu�l fue la t�nica general, Charlie? Me refiero en lo tocante a este primer per�odo de tu vida, hasta el momento de lo que podr�amos llamar la Ca�da.
Charlie intent� aclarar:
-��Te refieres a la edad de la inocencia, Mart?
-�Exactamente. Tu edad inocente. Def�nemela.
-�Fue un infierno.
-��Podr�as darme alguna raz�n?
-�La viv� en un barrio residencial. �No es esto suficiente?
-��Oh, Mart, eres tan�!
Charlie hab�a pronunciado estas palabras con su voz l�nguida, en su tono de cari�osa desesperaci�n. Acompa��ndolas con un lacio movimiento de las manos. S�, �c�mo iba a explicarlo? Dijo:
-�Para ti, esto no es un problema, debido a que eres jud�o, �no lo comprendes? Tienes esas grandes tradiciones, esa seguridad. Incluso cuando os persiguen sab�is qui�nes sois y por qu�.
Con cierta renuencia, Kurtz reconoci� la verdad del aserto de Charlie, quien prosigui�:
-�Pero nosotros, nosotros los ni�os ricos de esa zona residencial que podr�amos llamar Ning�n lugar� Nosotros, nada. No ten�amos tradiciones, no ten�amos fe, no ten�amos nada.
-�Pero me has dicho que tu madre era cat�lica.
-�Navidad y Pascua. Pura hipocres�a. Estamos en la era poscristiana, Mart. �No te lo ha dicho nadie? Cuando la fe desaparece, deja un vac�o detr�s. Y nosotros estamos en este vac�o.
Mientras Charlie dec�a esto, vio que Litvak la miraba con ojos de ardiente expresi�n, con lo que Charlie tuvo el primer atisbo de la rab�nica ira de Litvak.
Kurtz pregunt�:
-��Tu madre no se confesaba?
-��Vamos, anda! Mi madre no ten�a nada que confesar. Este era su problema. No se divert�a, no pecaba, no nada. Era toda ella apat�a y temores. Temor a la vida, temor a la muerte, temor a los vecinos. �Temor, miedo! En alg�n ignoto lugar, la gente viv�a de verdad. Nosotros, no. En nuestro barrio, no. Imposible. �Y que luego vengan a hablarnos de castraciones!
-��Y t� no ten�as temores?
-�S�lo ten�a el temor de llegar a ser como mi madre. -�Y esa idea que todos tenemos de una antigua Inglaterra aferrada a sus tradiciones?
-�Olv�date de esto.
Kurtz sonri� y movi� su sabia cabeza como queriendo expresar: vivir para ver.
Kurtz insinu�, la mar de satisfecho:
-�Por eso, tan pronto pudiste, te fuiste de casa y te refugiaste en el teatro y en la pol�tica radical. Te convertiste en un exiliado pol�tico en el teatro. No s� d�nde he le�do esta frase, creo que fue en una entrevista que te hicieron. Me gust�. Comienza a contarme tu vida a partir de aqu�.
Charlie volv�a a trazar rayas sobre el bloc, dibujando m�s s�mbolos de la psique. Dijo:
-�Bueno, antes de hacer esto, utilic� otros medios para apartarme de mi entorno.
-��Por ejemplo?
Sin dar importancia a sus palabras, Charlie repuso:
-�Bueno, ya se sabe, la sexualidad. Creo que todav�a no hemos hablado de la sexualidad en cuanto a base esencial de la rebeld�a. 0 las drogas.
Kurtz dijo:
-�Ocurre que no hemos hablado de la rebeld�a.
-�Bueno, Mart, pues puedes tener la seguridad de que�
Entonces ocurri� algo raro, que quiz� fue demostraci�n de la manera en que un p�blico perfecto puede conseguir lo mejor de un int�rprete y mejorar su interpretaci�n a trav�s de la espontaneidad y de otros medios imprevisibles. Charlie hab�a estado a punto de endilgarles su habitual serm�n dirigido a las gentes no liberadas. De explicarles que el descubrimiento de la propia identidad es requisito previo para identificarse con los movimientos radicales. Que cuando se escribiera la historia de la nueva revoluci�n, las verdaderas ra�ces de ella se encontrar�an en las salas de estar de la clase media, que era el natural medio de cultivo de la tolerancia represiva. Pero en lugar de hacer esto, Charlie se encontr�, con la consiguiente sorpresa por su parte, recitando para Kurtz -o quiz� para Joseph- listas y listas de sus primeros amantes, explicando todas las est�pidas razones por las que se acost� con ellos. Charlie insisti�:
-�Es algo incomprensible, Mart.
Y, al decir estas palabras, Charlie abri� las manos en adem�n de indefensi�n. �Utilizaba demasiado las manos? Charlie pens� que era muy posible, por lo que las puso sobre su regazo. Dijo:
-�Incluso hoy no puedo explic�rmelo. No los deseaba, no me gustaban. S�lo los dejaba hacer.
Se hab�a dedicado a los hombres por aburrimiento, para agitar un poco el aire viciado de aquel rico ambiente residencial. Por curiosidad. Para demostrarles su poder, para vengarse de otros hombres, o para vengarse de otras mujeres, para vengarse de su propia hermana o de su maldita madre. Por pura y simple cortes�a, o por haber quedado agotada por su insistencia. ��Y los productores y directores teatrales que quieren acostarse, oh, Mart, no puedes ni imaginarlo!� Hombres para eliminar sus tensiones, hombres para crearle tensi�n. Hombres para instruirla, sus maestros en pol�tica, designados para explicarle en cama las cosas que ella jam�s pod�a comprender si las le�a en libros. Las pasiones de cinco minutos que se romp�an cual cacharros de barro en sus manos y que la dejaban m�s sola que antes. �Fracasos, fracasos, Mart, todos fueron un fracaso.� 0, por lo menos, esto era lo que Charlie quer�a que Marty creyera.