La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-�Y la �ltima ocasi�n se produjo, tal como Mike acaba de recordarme, en el mes de febrero del presente a�o, cuando t� y Alastair honrasteis con vuestra presencia una sesi�n cuyo tema te has empe�ado obstinadamente en borrar de tu memoria, siempre, con la sola salvedad de un momento en que has insultado al Estado de Israel. En esta ocasi�n, el coloquio se centr� exclusivamente en la lamentable expansi�n del sionismo mundial y en sus vinculaciones con el imperialismo norteamericano. El principal personaje era un caballero que afirm� representar a la revoluci�n palestina, aun cuando se neg� a decir a qu� ala de este grandioso movimiento pertenec�a. Tambi�n se neg� a revelar su personalidad, en el m�s literal sentido de la palabra, ya que llevaba un casco o caperuza negra que le ocultaba la cara, d�ndole un aire siniestro que le sentaba muy bien. �Ni siquiera de este orador te acuerdas?
Kurtz no dio a Charlie tiempo para contestarle.
-�El tema del que habl� fue su heroica vida, en cuanto a gran luchador y matador de sionistas. Este caballero declar�: �Las armas son mi pasaporte a mi patria. �Ya no somos refugiados, sino que somos un pueblo revolucionario!� Este hombre produjo cierta alarma, y una o dos voces, entre las que no estaba la tuya, dijeron que hab�a ido demasiado lejos.
Kurtz hizo una pausa, y Charlie sigui� en silencio. Kurtz acerc� a s� el reloj y dirigi� una sonrisa un tanto hueca a Charlie. Dijo:
-��Por qu� no nos cuentas esas cosas, Charlie? �Por qu� te dedicas a saltar de un tema a otro, sin conexi�n alguna, y sin saber qu� vas a decir a continuaci�n? �No te he dicho que necesitamos conocer tu pasado? �Que tu pasado nos gusta mucho?
Una vez m�s, Kurtz aguard� pacientemente la contestaci�n de Charlie, pero esper� en vano. Kurtz dijo:
-�Sabemos que tu padre jam�s estuvo en prisi�n. Sabemos que los agentes judiciales no fueron a tu casa, y que nadie te quit� la jaca. El pobre caballero, tu padre, tuvo una peque�a quiebra, motivada por su incompetencia, y a nadie perjudic�, como no fuera a un par de directores de peque�as agencias bancarias. Fue declarado inocente, con todos los honores, si es que as� se puede decir, mucho antes de su muerte. Unos cuantos amigos reunieron alg�n dinero para ayudarle, y tu madre fue fiel a tu padre, comport�ndose como una amante y devota esposa. Tu padre ninguna culpa tuvo de que t� dejaras la escuela prematuramente. La culpa la tuviste t�. La verdad es que t� te mostraste excesivamente propicia a otorgar tus favores a unos cuantos muchachos del pueblo inmediato al internado, de lo cual se enteraron los profesores. En consecuencia, fuiste expulsada de la escuela a toda prisa, por cuanto te consideraron elemento corruptor y potencialmente escandaloso, y volviste a casa de tus padres, tremendamente ben�volos para contigo, quienes perdonaron como siempre tus transgresiones, con gran frustraci�n por tu parte, e hicieron cuanto pudieron para creer todo lo que les contaste. Al paso de los a�os has urdido una ingeniosa novela alrededor del mentado incidente, con el fin de darle un car�cter tolerable, y has llegado a creer tus propias invenciones, a pesar de que de vez en cuando se revuelven los recuerdos en tu interior, y ello te impulsa a desviarte en las m�s insospechadas direcciones.
Una vez m�s, Kurtz traslad� el reloj a un lugar m�s seguro, encima de la mesa. Sigui�:
-�Somos amigos, Charlie. �Crees que somos capaces de acusarte por cosas como las que acabo de decirte? �Crees que no sabemos que tus tendencias pol�ticas son manifestaciones externas en busca de unas dimensiones y de unas respuestas que no te dieron cuando m�s las necesitabas? Somos amigos tuyos, Charlie. No somos unos conformistas mediocres, aburridos y ap�ticos, como los que viven en caras zonas residenciales. Queremos compartir contigo, queremos que seas �til. �Por qu� est�s ah�, ante nosotros, dedicada a enga�arnos, cuando lo �nico que queremos es o�rte decir la verdad objetiva y sin adornos, de cabo a rabo? �Por qu� pones obst�culos a quienes son tus amigos, en vez de darles tu confianza, con toda cordialidad?
La ira domin� a Charlie como el oleaje de un mar al rojo vivo. La ira la levant�, la limpi�. Charlie sinti� c�mo su ira crec�a y se hinchaba, y Charlie abraz� la ira, cual si fuera su �nico aliado. Con la calculada manera propia de su oficio, Charlie dej� que la ira se impusiera totalmente sobre ella, en tanto que su genuina personalidad, aquella min�scula y girosc�pica criatura situada en lo m�s hondo de su fuero interno, que siempre consegu�a mantenerse erguida, se alejaba de puntillas, gr�cilmente, para contemplar la representaci�n desde un extremo del escenario. La ira dej� en suspenso su pasmo, amortigu� el dolor de su verg�enza. La ira aclar� su mente y dio luz a su visi�n. Charlie avanz� un paso, y levant� el pu�o dispuesta a golpear a Kurtz, pero Kurtz era ya muy viejo, ten�a una personalidad dominante, y ya hab�a sido golpeado muchas veces con anterioridad. Adem�s, Charlie ten�a cuentas pendientes a su espalda, exactamente detr�s de ella.
Ciertamente, Kurt fue quien con su deliberada provocaci�n hab�a prendido la cerilla que desencaden� el estallido de Charlie. Pero fue la astucia de Joseph, fue el cortejo de que Joseph la hizo objeto, y fue el sibilino silencio de Joseph, lo que hab�a provocado la genuina humillaci�n de Charlie. La muchacha dio media vuelta, dio dos pasos hacia Joseph, y esper� a que alguien la contuviera, pero nadie la contuvo. Ech� una pierna hacia atr�s, y atiz� una patada a la mesa, y contempl� c�mo la lamparilla trazaba una gr�cil curva en el aire, camino de ir a parar sabe Dios d�nde, hasta que el cord�n lleg� a su l�mite y la l�mpara se apag� con un sorprendido �plop�. Charlie ech� el pu�o hacia atr�s, esperando que Joseph se defendiera. Joseph no se defendi�, por lo que Charlie le golpe�, estando Joseph sentado, y el golpe dio de lleno, con toda su fuerza en el p�mulo de Joseph. Charlie insultaba a Joseph, con sus m�s sucios insultos, los mismos que antes dirigiera a Long Al, y que tambi�n dirig�a al vac�o de su vida, a la penosa nada de su enmara�ada y peque�a vida. Pero Charlie deseaba que Joseph levantara un brazo o le devolviera el golpe. Charlie golpe� a Joseph por segunda vez, con la otra mano, animada por el deseo de dejarle marcas, de causarle el mayor da�o posible. Tambi�n esper� a que Joseph se defendiera, pero sus tan conocidos ojos casta�os siguieron mir�ndola con la fijeza con que brillan las luces de la costa contempladas desde una tormenta en el mar. Volvi� a golpearle con el pu�o medio cerrado y sinti� dolor en los nudillos, pero vio c�mo la sangre se deslizaba por la barbilla de Joseph. Charlie grit�:
-��Fascista, hijo de la gran puta!
Y sigui� grit�ndole, sintiendo c�mo la fuerza se le iba con el aliento. Vio a Raoul, el hippy con el cabello del color del lino, junto a la puerta, en pie, y tambi�n vio que una de las chicas, la africana Rose, se pon�a ante la ventana y abr�a los brazos en cruz, por si acaso a Charlie le diera por saltar a la galer�a exterior que hab�a abajo. Y Charlie dese� ardientemente perder la raz�n, con el fin de que todos se apiadaran de ella. Dese� estar loca de atar, para que todos se dispusieran a internarla a la fuerza, en vez de ser una est�pida insensata, actriz de ideas radicales, que se inventaba d�biles historias acerca de s� misma a medida que iba hablando, que renegaba de su padre y de su madre, y que predicaba una fe poco convincente, pero que no ten�a el valor suficiente para abandonarla, aunque, de todas maneras, �con qu� pod�a sustituir dicha fe? Oy� la voz de Kurtz que, en ingl�s, ordenaba a todos que se mantuvieran quietos. Vio que Joseph volv�a la cara y se sacaba un pa�uelo del bolsillo con el que se secaba la sangre del labio, haciendo de Charlie tanto caso como hubiera podido hacer de una mal educada ni�a de cinco a�os. Charlie volvi� a llamarle hijo de mala madre, y volvi� a golpearle, aunque esta vez en un lado de la cabeza y con la palma abierta, en un golpe sonoro que le torci� la mu�eca y le dej� moment�neamente la mano insensible. Pero ahora Charlie estaba agotada y sola, y s�lo quer�a que Joseph le devolviera los golpes.