La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-�Si, eso.
-��Ni siquiera una vez te acercaste a la c�rcel?
En tono de desesperaci�n, Charlie dijo:
-��Santo Dios! �Por qu� te empe�as tanto en revolver la espada en la herida?
-��Ni siquiera se te ocurri� ir a la c�rcel?
-�No!
Charlie conten�a las l�grimas con una valent�a que sus inquisidores seguramente admiraban. �C�mo pod�a soportarlo?, seguramente se preguntaban. �C�mo pudo soportarlo cuando ocurri�? �Por qu� Kurtz insist�a implacablemente en renovar las secretas heridas de Charlie? La pausa fue como un silencio entre gritos. El �nico sonido que se o�a era el del bol�grafo de Litvak escribiendo velozmente en su bloc.
Sin apartar la mirada de Charlie, Kurtz pregunt� a Litvak: -�Te sirve para algo lo dicho hasta ahora, Mike?
Sin dejar de escribir a toda prisa, Litvak repuso en voz baja:
-�Formidable. Es s�lido, todo concuerda, podemos utilizarlo. Ahora s�lo quisiera saber si Charlie tiene alguna an�cdota emocionante sobre el asunto ese de la c�rcel. O quiz� sea mejor que nos cuente c�mo fueron los �ltimos meses que su padre pas� en presidio.
Secamente, transmiti�ndole la pregunta de Litvak, Kurtz dijo a Charlie:
-��Charlie?
Charlie fingi� esforzarse en recordar, quedar en trance, a la espera de que la inspiraci�n acudiera a su esp�ritu. En tono dubitativo, Charlie dijo:
-�Bueno, est� lo de las puertas.
Litvak terci�:
-��Puertas? �Qu� puertas?
Kurtz dijo a Charlie:
-�Cu�ntanos eso.
Despu�s de un momento de quietud y silencio, Charlie se llev� la mano a la cara y delicadamente oprimi� el puente de su nariz entre �ndice y pulgar, para indicar que experimentaba profunda pena y un leve dolor de cabeza. Hab�a contado aquella an�cdota muchas veces, pero jam�s la cont� tan bien como en la presente ocasi�n:
-�No le esper�bamos hasta el mes siguiente, ya que no pod�a llamar por tel�fono, como es natural. Nos hab�amos mudado a otra casa. Viv�amos de la asistencia p�blica. Y entonces apareci�. Estaba m�s delgado, y parec�a m�s joven. Llevaba el cabello corto. Dijo: ��Hola, Chas, me han soltado!� Y me dio un abrazo. Llor�. Mam� estaba en el piso superior y ten�a miedo a bajar y enfrentarse con �l. Mi padre era el mismo de siempre. Salvo en lo referente a las puertas. No pod�a abrirlas. Llegaba a las puertas, se deten�a, se pon�a en posici�n de firmes, con los pies juntos y la cabeza baja, y esperaba que viniera el celador a abrirlas.
En voz baja, Litvak dijo a Kurtz:
-��Y el celador era ella! �Su propia hija! �Santo Dios!
-�La primera vez que ocurri� no pod�a creerlo. Le chill�: ��Abre de una vez la maldita puerta!� Pero su mano se negaba literalmente a ello.
Litvak escribi� como un poseso. Pero Kurtz no demostraba tanto entusiasmo. Kurtz volv�a a examinar papeles, y la expresi�n de su cara revelaba serias reservas. Dijo:
-�Charlie, en una entrevista que te hicieron los de la Ipswich Gazette cuentas cierta historia en la que dices que tu madre y t� sol�ais ir a lo alto de una colina cercana a la c�rcel, y que desde all� dirig�ais se�ales a tu padre para que las viera desde su celda. Pero, seg�n lo que nos has dicho, ahora resulta que jam�s te acercaste siquiera a la c�rcel.
Charlie consigui� soltar una carcajada, una carcajada llena de vida, convincente, a pesar de que no tuvo eco en la penumbra que la rodeaba. Para tranquilizar a Kurtz, cuyo rostro manten�a la m�s grave de las expresiones, Charlie dijo:
-�Mart, se trataba de una entrevista.
-�Bueno, �y qu�?
-�En las entrevistas solemos cargar las tintas en el relato de nuestro pasado, con la sola idea de hacerlas interesantes.
-��Y tambi�n has seguido este criterio aqu�?
-�Claro que no.
-�Tu agente art�stico, Quilley, dijo hace poco a un amigo nuestro que tu padre hab�a muerto en la c�rcel, y no en su casa. �Es esto tambi�n una manera de dar inter�s a entrevistas?
-�Esto lo dijo Ned, no yo.
-�Es cierto. Si, de acuerdo.
Kurtz cerr� el expediente, aunque sin parecer haber quedado convencido.
Charlie no pudo evitarlo. Dio media vuelta hacia atr�s y se dirigi� a Joseph, pidi�ndole indirectamente que la sacara de aquel atolladero:
-�Joseph, �qu� tal me estoy portando? �Bien?
Joseph repuso:
-�Con gran eficacia.
Y sigui� ocup�ndose de sus propios asuntos. Charlie insisti�:
-��Mejor que Santa Juana?
Joseph dijo:
-�Querida, tus frases son mucho mejores que las de Bernard Shaw.
Con tristeza, Charlie pens�: �No me felicita, sino que me consuela.� Pero �por qu� Joseph la trataba con tanta dureza, con tanta suspicacia, despu�s de que �l hab�a sido quien la hab�a tra�do aqu�?
La sudafricana Rose trajo una bandeja con bocadillos. Rachel ven�a detr�s de Rose, con pastelillos y un termo de caf�. Mientras se serv�a, Charlie dijo en tono de queja:
-��Es que nadie duerme en esta casa?
Pero nadie hizo caso de sus palabras, a pesar de que todos las oyeron.
Las horas dulces y agradables hab�an ya transcurrido, y ahora hab�a llegado el tiempo tan temido, las horas intermedias, horas de vigilia, que preced�an al alba, horas en que la cabeza de Charlie estaba clar�sima y en las que m�s propicia se sent�a a entregarse a la ira. Dicho en otras palabras: eran las horas de sacar de los archivos las ideas pol�ticas de Charlie, esas ideas que Kurtz le hab�a asegurado que todos respetaban profundamente, y ponerlas a la luz. Una vez m�s, bajo la direcci�n de Kurtz, todo tuvo su cronolog�a y su aritm�tica. �Primeras influencias que ejercieron sobre ti, Charlie.� Fechas, lugares y personas. �Charlie, dinos tus cinco principios fundamentales, tus primeros encuentros con los representantes de la alternativa militante.� Pero Charlie ya no estaba de humor para seguir siendo objetiva. Sus momentos de somnolencia hab�an pasado, y comenzaba a sentirse dominada por un humor rebelde que bull�a en su interior, lo cual todos hubieran debido percibir en la sequedad de su voz, y en sus r�pidas y suspicaces miradas. Estaba harta de todos. Estaba harta de colaborar en aquella alianza formada a punta de pistola, harta de que la llevaran con los ojos vendados de una estancia a otra, sin saber lo que aquellos seres adiestrados y astutos que la rodeaban pretend�an de ella, y sin saber lo que aquellas inteligentes voces le murmuraban al o�do. La v�ctima que Charlie llevaba dentro de s� deseaba pelear.
Kurtz le dijo:
-�Todo lo que digas quedar� estrictamente, de veras, muy estrictamente limitado a nuestro expediente. Luego te protegeremos en la medida que sea preciso.
A pesar de ello, Kurtz sigui� insistiendo en recordar a Charlie una larga serie de manifestaciones, marchas, sentadas y concentraciones y revoluciones del s�bado por la tarde, preguntando en cada caso que cu�l era la �argumentaci�n�, como �l dec�a, en que se basaba la actuaci�n.
Charlie se rebel� diciendo:
-��Por el amor de Dios, deja ya de valorarme!, �quieres? No soy l�gica, ni estoy informada, ni pertenezco a una organizaci�n. Con venerable amabilidad, Kurtz le pregunt�:
-��Y qu� eres pues, querida?
-��Tampoco soy �querida�! Soy una persona. �Una persona adulta! As� es que dejad ya de joderme.
-�Charlie, puedes estar segura de que no te jodemos. Aqu�, nadie te jode.
-��Iros todos a tomar por el culo!
Cuando se hallaba de este humor, Charlie se odiaba a s� misma. Odiaba la agresividad de que se sent�a pose�da, cuando la acorralaban. Se imaginaba a s� misma golpeando con sus pu�os menudos, sus pu�os de muchacha, una gran puerta de madera, mientras su voz esgrim�a frases peligrosamente poco meditadas. Pero, al mismo tiempo, a Charlie le gustaban los vivos colores de la ira, su gloriosa liberaci�n, su ruido de cristales rotos.
Recordando una grandiosa frase que le hab�a revelado Long Al, o quiz� otra persona, no lo recordaba con exactitud, Charlie dijo:
-��Y por qu� es preciso tener fe antes de renegar? Quiz� renegar es tener fe. �Nunca se te ha ocurrido esta idea? Nosotros libramos una guerra diferente, Mart, nosotros libramos una guerra real. No se trata de una lucha de poder contra poder, del Oeste contra el Este. Es la lucha de los hambrientos contra los cerdos. De los esclavos contra los opresores. T� crees que eres libre. Y ello se debe a que otras personas est�n encadenadas. T� comes, pero otros pasan hambre. T� corres, pero otros tienen que estarse quietos. Tenemos que cambiarlo todo, �ntegramente.