La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-�Despu�s de haberme pasado una noche entera contestando tus est�pidas preguntas, no, no me acuerdo.
Kurtz pregunt� a Charlie:
-��Ad�nde vas? �Quieres ir al lavabo? Rachel, acompa�a a Charlie al lavabo. Rose.
Charlie estaba de pie. Oy� pasos suaves que, procedentes de las sombras, se le acercaban. Charlie dijo:
-�Me voy. En el ejercicio de mis opciones. No quiero saber nada de este asunto. Y me voy ahora.
-�Ejercer�s tus opciones en per�odos espec�ficos, y s�lo cuando nosotros te lo ofrezcamos. Y si te has olvidado de las personas que os hablaron en este segundo seminario, espero que puedas decirme por lo menos el tema del cursillo.
Charlie se encontraba de pie, y, sin que supiera determinar por qu�, el hecho de estar de pie la hac�a sentirse m�s peque�a. Pase� la vista a su alrededor y vio a Joseph, con la cabeza apoyada en la mano, apartada la cara de la luz de la l�mpara. Ante la atemorizada vista de Charlie, Joseph parec�a hallarse suspendido en algo parecido a una ciudad intermedia, entre el mundo de Charlie y el suyo propio. Pero mirase Charlie donde mirase, la voz de Kurtz le llenaba la cabeza, acallando a los seres que en su interior viv�an. Charlie apoy� las palmas de las manos en la mesa y se inclin� al frente. Ten�a la impresi�n de hallarse en el templo de un culto extra�o, sin amigos que le dijeran cu�ndo ten�a que estar de pie, cu�ndo arrodillada. Pero la voz de Kurtz se encontraba en todas partes, y hubiera carecido de importancia el que Charlie se tumbara en el suelo o saliera volando por los vidrios policromos, yendo a parar a cien millas de distancia. En ning�n lugar estar�a a salvo de la intrusi�n de aquella voz. Charlie levant� las manos de la mesa y se las puso a la espalda, oprimi�ndolas con fuerza, debido a que estaba perdiendo el dominio de sus propios ademanes. Las manos son importantes, las manos hablan. Las manos act�an. Charlie sinti� que sus manos se consolaban, la una a la otra, igual que ni�os aterrados. Kurtz le hablaba acerca de unas conclusiones.
-��Firmaste las conclusiones, Charlie?
-��No lo s�!
-�Pero, Charlie, siempre se redactan unas conclusiones al final de las sesiones. Hay un coloquio, hay discusiones, y se llega a unas conclusiones. �Cu�les fueron las conclusiones? �Intentas decirme seriamente que ignoras esas conclusiones y que ni siquiera sabes si las firmaste o no? �Hubieras podido negarte a firmarlas?
-�No.
-�Charlie, s� razonable. �C�mo es posible que una persona con tu tan injustamente poco valorada inteligencia, sea capaz de olvidar cosa tan importante como las conclusiones formales adoptadas al final de un seminario que dur� tres d�as? �Unas conclusiones que se redactan una y otra vez, que se corrigen, que se votan, que se aprueban o no se aprueban, que se firman o no se firman? Una resoluci�n, unas conclusiones, ello comporta una serie de laboriosas sesiones. �A qu� se debe que, de repente, tus contestaciones sean tan vagas, cuando eres capaz de ser tan precisa y exacta en otros temas?
A Charlie aquello hab�a dejado de importarle. Le importaba tan poco que ni siquiera cre�a val�a la pena decirle a Kurtz que aquello le importaba un pimiento. Estaba mortalmente cansada. Deseaba volver a sentarse, pero no pod�a. Necesitaba un descanso, necesitaba orinar, arreglarse el maquillaje, y dormir durante cinco a�os. Tan s�lo cierto sentido de los modales teatrales le dec�a que deb�a seguir en pie, y aguantar hasta el final.
All�, m�s abajo que ella, Kurtz hab�a sacado un nuevo papel de su cartera. Despu�s de haber estudiado el papel, Kurtz decidi� dirigirse a Litvak:
-�Ha dicho que dos veces, �verdad?
Litvak se mostr� de acuerdo:
-�Dos veces ha sido el m�ximo. Le has dado todo tipo de oportunidades para que elevara el n�mero, pero se ha quedado en dos.
-��Y cu�ntas fueron, seg�n vosotros?
-�Cinco.
-��Y por qu� se empe�a en decir que s�lo dos? Arregl�ndoselas para parecer todav�a m�s defraudado que su compa�ero, Litvak dijo:
-�Prefiere quitar importancia al asunto. Aten�a el caso en un doscientos por ciento.
Kurtz lleg� lentamente a la conclusi�n:
-�En este caso, miente.
-�Claro que miente.
-��No miento! �Lo he olvidado! �Fue cosa de Al! �Fui por Al! �Y esto es todo!
Entre las baratas plumas que se alineaban en el bolsillo de la pechera, Kurtz llevaba un pa�uelo de color caqui. Lo extrajo y se lo pas� por la cara, en extra�os movimientos, cual si manejara un plumero, que terminaron en sus labios. Luego volvi� a variar la posici�n de su reloj, de izquierda a derecha, en un rito personal.
-��No quieres sentarte?
-�No.
La negativa de Charlie entristeci� a Kurtz:
-�Charlie, ahora no te comprendo. Estoy perdiendo la confianza que ten�a en ti.
-��Pues pi�rdela de una maldita vez! �B�scate a otra a quien dar la lata! �A santo de qu� tengo que estar perdiendo el tiempo, con jueguecitos de sal�n con un hatajo de matones israel�es? �Andad a matar m�s �rabes con vuestras bombas! �Dejadme en paz! �Os odio! �A todos!
Cuando Charlie dijo estas palabras, tuvo una curios�sima intui ci�n. Se dio cuenta de que s�lo a medias escuchaban sus palabras, en tanto que la otra mitad de su atenci�n se centraba en su t�cnica, la de Charlie. Si alguien le hubiera dicho �Repitamos esto, Charlie, pero esta vez act�a m�s despacio�, Charlie no hubiera quedado sorprendida. Pero ahora Kurtz ten�a que decir la suya, y, como muy bien sab�a Charlie a estas alturas, nada en este mundo del Dios jud�o iba a imped�rselo. Cuando habl�, la voz de Kurtz hab�a recobrado su volumen y ritmo natural, pero su poder�o no disminuy� en absoluto:
-�Charlie, no comprendo tu actitud evasiva. No comprendo las discrepancias que median entre la Charlie que ahora nos ofreces y la Charlie que consta en nuestros papeles. Tu primera visita a esta escuela de revolucionarios tuvo lugar el d�a quince de julio del a�o pasado, y se trataba de un cursillo de dos d�as para novatos, sobre el tema general del colonialismo y la revoluci�n, y s�, efectivamente, fuisteis en autocar, y erais un grupo de gente de teatro, entre la que se encontraba Alastair. Tu segunda visita tuvo lugar un mes m�s tarde, y tambi�n la hiciste en compa��a de Alastair. En esta segunda ocasi�n os dirigi� la palabra, a ti y a tus compa�eros de estudios, un individuo que se calificaba a s� mismo de exiliado boliviano, pero que se neg� a dar su nombre, y tambi�n os habl� un caballero igualmente an�nimo, quien afirm� hablar en representaci�n del ala izquierda del IRA. T� firmaste generosamente un cheque de cinco libras para cada una de estas organizaciones, y tenemos la fotocopia del cheque.
-��Lo firm� por cuenta de Al! �Al estaba sin un penique!
-�La tercera ocasi�n fue un mes m�s tarde, y t� tomaste parte en una discusi�n sumamente pat�tica sobre los trabajos del pensador norteamericano Thoreau. La conclusi�n del grupo, conclusi�n a la que t� te adheriste, fue que Thoreau, en lo tocante a militancia, no era m�s que un idealista carente de importancia, con muy pocos conocimientos pr�cticos de activismo; en resumen, que era un desgraciado. T� no s�lo te adheriste a esta resoluci�n, sino que propusiste una resoluci�n complementaria exhortando a todos los camaradas a que adoptaran posturas m�s radicales.
-��Fue por Al! �Yo quer�a que aquella gente me aceptara! �Quer�a complacer a Al! �Al d�a siguiente ya me hab�a olvidado!
-�En el mes de octubre, t� y Alastair volvisteis all�, en esta ocasi�n para participar en unas sesiones especialmente combativas centradas en el fascismo burgu�s en las sociedades capitalistas, y esta vez tuviste destacadas intervenciones en las discusiones de los grupos, y obsequiaste a tus camaradas con muchas an�cdotas m�ticas referentes al delincuente de tu padre, a tu in�til madre y a la educaci�n represiva que te dieron.
Charlie, ahora, hab�a dejado de protestar. Hab�a dejado de pensar y de ver. Ten�a la expresi�n de los ojos borrosa, y se mordisqueaba la parte interior del labio inferior, suavemente, a modo de castigo. Pero no pod�a dejar de estudiar, debido a que la voz de Kurtz no se lo permit�a.