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Diosa Por Elección

Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:

Por fin, Shannon Parker se había reconciliado con la vida en el mundo mítico de Partholon. Amaba a su marido centauro y se había acostumbrado a su conexión con la diosa Epona y los beneficios que conllevaban ambas cosas. Casi había olvidado su antigua vida en la Tierra… sobre todo, cuando descubrió que estaba embarazada…
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
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– Así que hace unos dos años me vi completamente solo. No podía pilotar, y los amigos de toda la vida estaban incómodos conmigo. No sabía qué hacer. Un día estaba haciendo una excursión de pesca, y me alojaba en una cabaña que está por esta zona. Por supuesto, los peces no picaban, así que llevé el bote a la orilla y empecé a subir una montaña para meditar un poco.

– ¿Y así es como te diste cuenta de que tienes afinidad con los árboles?

– Sí. Cuando intenté suicidarme.

– ¿Cómo? -me detuve en seco.

Él no me miró, sino que tiró de mi mano para que siguiera caminando.

– La reflexión que hice me llevó a la conclusión de que no tenía razones para vivir. Así que saqué mi revólver, me apoyé contra el tronco de un roble y me dispuse a volarme la cabeza. Entonces fue cuando me habló el árbol. Al principio pensé que me estaba volviendo loco, pero con su voz me llegó tal… sentimiento de aceptación, que tuve que creerlo.

– ¿Y qué te dijo?

– Me llamó «Chamán», y me dijo que despertara -dijo-. Así que saqué el dinero del banco y compré la cabaña. E hice amigos nuevos. Sobre todo, indios ancianos. Hay muchos choctaw que todavía viven en esta zona. Intentan vivir a la vieja usanza. Yo estoy aprendiendo a ayudarlos. Normalmente los llevo al médico, o a comprar provisiones, pero algunas veces sólo se trata de sentarme a escuchar.

– Así que tú también tienes gente de la que cuidar -le dije.

– Supongo que eso es algo que tenemos en común.

Yo no respondí, porque no era a mí misma a quien me refería, sino, al Sumo Chamán que había en mi vida.

– Pero entonces, ¿ya no oyes hablar a los árboles?

– Sólo los siento. Algunas veces me ponen ideas en la cabeza, o me advierten de que se acerca tormenta. De vez en cuando encuentro un árbol especialmente anciano, como los que hay en el claro, y oigo que me susurra la palabra «Chamán».

Pronunció aquella palabra con alegría. Era la palabra que le había salvado la vida.

– ¿Hay algo más que quiera saber, mi señora? -me preguntó.

– Sí. Quiero saber cómo es pilotar un F-16.

Su expresión se volvió lejana.

– Mi niña, el poder… es increíble. Y todo está en tus dedos. Se convierte en parte de ti. La cabina es una burbuja de cristal, y ves todo lo que hay a tu alrededor. No hay laterales ni límites. Imagínate cuál sería la visibilidad si estuvieras volando en una escoba -dijo, y se echó a reír-. La vista es como si estuvieras colgando del aire, y el avión se convierte en una extensión de tu cuerpo. Te conviertes en puro poder.

– ¿Como cuando yo canalicé la energía de los árboles a través de mi cuerpo?

– Sí, seguramente se parece mucho a eso. Es algo que te sobrepasa. Tú sólo estás ahí para hacer el viaje.

– ¡Y qué viaje!

Nos sonreímos el uno al otro y volvimos a tomarnos del brazo, mientras nos acercábamos más y más al corazón del bosque sagrado.

Pronto, el sendero giró bruscamente hacia la derecha y ascendió empinadamente, y se hizo estrecho. Yo reconocí la zona. Estábamos cerca del claro. Dejé que Clint fuera delante de mí, y cuando se volvió para darme la mano y ayudarme, se le resbaló el pie en una piedra cubierta de nieve.

– ¡Demonios! -exclamó mientras movía los brazos para recuperar el equilibrio. Yo vi una expresión de dolor en su rostro.

Subí como pude hacia él y le dije, sin aliento:

– Eh, creía que te había curado el dolor de la espalda anoche.

Él me tomó de la mano y me acercó a sí.

– Mi niña, no fue la espalda lo que me curaste.

Después se dio la vuelta y siguió caminando. ¿No le había curado la espalda? Estaba segura de que había sentido dolor bajo las yemas de los dedos. Recuerdo que concentré la energía que tenía dentro en mis manos, para pasarla a su cuerpo, y que él había respondido. Estaba segura.

Sin embargo, antes de que pudiera seguir preguntando, el camino se ensanchó y llegamos al bosque sagrado. Al tocar cada uno de los árboles mientras avanzábamos, me llenaba de energía. Miré a mi alrededor y me vi rodeada de belleza salvaje.

Estaba tan distraída por la alegría que sentía que no me di cuenta de que Clint se había sumido en un silencio tenso.

– Incluso el aire huele de manera diferente aquí -dije. Clint no me respondió, y yo le di un codazo-. Vamos, tú también tienes que sentirlo.

Él respondió con un gruñido de preocupación.

– Este lugar es precioso -insistí.

– Shhh.

– Pero…

Entonces, él me tapó la boca con la mano. Con la cabeza, señaló hacia el suelo, a la izquierda del sendero, y me dijo al oído:

– Huellas de motos de nieve.

Me quedé asombrada. Era cierto; junto al camino discurrían las huellas de dos motos. Más adelante cruzaban el sendero y continuaban hacia la derecha, adentrándose en el bosque. De nuevo, Clint acercó la boca a mi oído. Aunque a mí no me importaba, la verdad.

– Aquí es donde dejamos el camino. Esas huellas se dirigen directamente al claro.

Yo tragué saliva mientras seguíamos las huellas. Cuando habíamos caminado durante unos minutos, miré el perfil pétreo de Clint. Tenía que aclarar una cosa con él. Me detuve y lo tiré del brazo hasta que se inclinó hacia mí. Entonces, le dije al oído:

– Quiero estar sola cuando me enfrente a ella.

Clint tomó aire, y yo supe que iba a echarme un sermón, así que continué rápidamente.

– Deja que hable con ella cara a cara. Quizá nos sorprenda con su reacción. Tal vez, el hecho de verme le impresione, y podamos meterle un poco de sentido común en la cabeza.

Él puso cara de escepticismo.

– ¿No recuerdas lo egocéntrica que es? ¿Y acaso no soy yo igual que ella físicamente? Quizá se sienta tan impactada, o intrigada, o lo que sea, al verme, que pueda razonar con ella.

Con un gruñido, Clint me dio a entender que no le gustaba nada aquello, pero que me lo permitiría.

– Tú puedes esconderte junto a los árboles. Si las cosas se ponen feas, estarás lo suficientemente cerca como para poder ayudarme.

Clint sonrió al oírme y me dio un beso rápido.

– Está bien. Lo haremos a tu manera -susurró.

– Bueno.

– Al principio -murmuró él.

Entonces, él se dirigió al borde de los árboles, sigilosamente, para esconderse entre los arbustos. Cuando el bosque lo ocultó, yo erguí los hombros y comencé a caminar hacia delante, sin preocuparme por avanzar en silencio.

– Voy a necesitar tu ayuda, Epona -dije en voz alta.

Me pareció que oía que las ramas de los árboles más cercanos se agitaban para responderme.

Salí de debajo de los árboles y me hundí hasta la rodilla en la nieve que cubría el suelo del claro.

Capítulo 5

Lo primero que noté fue el verde asombroso de los robles, y la familiaridad de la zona me nubló los ojos. Por un momento, vi lo claramente que aquel claro reflejaba el claro de Partholon. Aunque la nieve sobraba en la escena, y también las huellas mecánicas, que no encajaban…

Seguí con la mirada aquellas huellas hasta que encontré los dos vehículos que las habían dejado. Un poco más allá había dos personas.

Rhiannon estaba junto al árbol que crecía en la orilla izquierda del riachuelo, justo fuera de un círculo que había sobre la nieve, y que era como el que había dibujado en Chicago. El círculo contenía ambos árboles, y la zona del riachuelo que corría entre ellos. La inconfundible figura de Bres estaba agachada en el centro del círculo. Estaba de rodillas, de frente a Rhiannon, que estaba de espaldas a mí. Él tenía el pecho desnudo, pero llevaba unos vaqueros, gracias a Dios. Si tuviera la cabeza elevada, me habría visto, pero la tenía inclinada y sus manos estaban unidas ante su pecho, como si estuviera rezando.

Rhiannon llevaba el mismo abrigo de piel que llevaba en Chicago. Al menos, lo había llevado durante un minuto. Comencé a caminar hacia ella, dije:

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