Diosa Por Elección
- Автор: Каст Филис Кристина
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
– ¿Qué ha ocurrido? -susurré.
«Se acerca el mal, Amada de Epona». La voz del árbol sonaba lejana y tensa.
– ¿Está aquí ahora?
«Acaba de entrar en el Bosque Sagrado. Ella lo está llamando».
– ¡Ella! -grité yo-. ¿Te refieres a la que pervierte el nombre de Epona?
«Sí, Elegida».
– ¿Dónde está ahora?
«En el Bosque Sagrado».
– ¡Gracias! -dije, y le di unas palmaditas al árbol, mientras sentía una punzada de angustia en el estómago.
«Mantente alerta, vigilante, Amada de Epona».
– Eso dalo por sentado -dije. Después volví a la cabaña todo lo rápidamente que pude.
Clint estaba en la puerta, totalmente vestido y con las mejillas enrojecidas por la ducha.
– ¿Ya ha llegado el momento? -me preguntó con rigidez.
– Sí -respondí, y le expliqué lo que me había dicho el almez mientras me quitaba sus botas y me ponía las mías-. Me di cuenta de que ocurría algo en cuanto salí. Rhiannon está en el claro.
– Y Nuada va a reunirse con ella.
Asentí.
– Tenemos que librarnos de él, Clint. Es muy importante que no recupere todo su poder. Rhiannon no se da cuenta de que él no la obedecerá una vez que lo haya ayudado a fortalecerse. Debemos acabar con Nuada. Tratar con Rhiannon es secundario.
Y después, yo podría volver a Partholon, donde debía estar.
No lo dije en voz alta, pero vi que él ya lo sabía, porque se le reflejó en los ojos. Sin titubear, me acerqué a él y lo besé, intentando decirle con los labios lo que no podía decirle con palabras. Lo mucho que lo sentía. Lo mucho que hubiera deseado que las cosas fueran distintas. Y también, que por nada del mundo hubiera cambiado un solo momento de lo que había ocurrido aquella noche.
Capítulo 4
– Ponte varias capas de ropa -dijo Clint, mientras me entregaba su jersey favorito. Me observó con una sonrisa de posesión mientras me lo ponía sobre la camisa que ya llevaba.
– ¿Tienes un par de calcetines de sobra? -le pregunté.
Él asintió, y sacó otro par de calcetines para cada uno. Nos vestimos metódicamente, en silencio.
– Quiero que te pongas uno de mis abrigos -me dijo, y sacó dos chaquetas de esquiar del armario-. Necesitarás mucho espacio para moverte.
Mientras yo me ponía la chaqueta, él sacó algo negro y pesado del armario, algo que hizo un ruido metálico. Oí un clic cuando él puso un cargador en la culata del arma.
Clint notó que lo estaba mirando, y se volvió hacia mí.
– Prométeme que no lo vas a hacer -dije.
Él no dijo nada. Sólo me miró a los ojos.
– No podría soportar que la mataras -añadí.
– Te juro que no derramaré ni una sola gota de su sangre -respondió él. Su voz adoptó un tono melódico, como si estuviera entonando un encantamiento.
– Gracias, Clint -dije con solemnidad.
– Termina de vestirte y vamos -me respondió, y guardó el revólver en la funda de un cinturón. Después se lo puso con una facilidad que me dio a entender que no era la primera vez que llevaba un arma.
Yo me subí la cremallera de la chaqueta y me coloqué los guantes y el gorro.
– Lista -dije.
– Recuerda que siempre te querré, mi niña. Estés donde estés -me dio un beso fuerte. Después abrió la puerta y salimos al silencio letal de la mañana.
Caminar por aquella nieve profunda era como caminar por el agua. Me sentí aliviada al entrar en el corazón del bosque; las ramas de los árboles servían de techo y nos protegían de lo peor de la tormenta conteniendo unos copos gruesos como flores de algodón.
Además, sentí júbilo al oír los saludos etéreos y susurrantes de los árboles.
«¡Te saludamos, Amada!».
«¡Ave, Epona!».
«¡Bienvenida, Elegida!».
El sendero se ensanchó y pude colocarme junto a Clint. Lo tomé del brazo mientras caminábamos.
– ¿Te están hablando los árboles otra vez? -me preguntó con una sonrisa.
– ¿Tú también los oyes?
– No. El bosque no habla conmigo de la misma manera que contigo.
Teníamos un camino largo por delante, y yo sentía mucha curiosidad.
– Clint, me has dicho que siempre te gustó el bosque, pero no me has explicado por qué tienes tanta afinidad con él. ¿Cómo descubriste que podías obtener energía de los árboles si no puedes hablar con ellos?
Clint suspiró.
– Después del accidente, estuve unos seis meses en el hospital. Después, comenzó la rehabilitación, que también fue muy larga. Los amigos que venían a visitarme de vez en cuando dejaron de hacerlo, o cuando venían, actuaban con nerviosismo, como si se sintieran culpables por no querer estar allí -dijo, y soltó una carcajada amarga-. Bueno, no los culpo. ¿Quién quiere estar en el hospital con un inválido? Después de un tiempo, me quedé solo.
– ¿Y tu familia, tu madre y tu padre, tus hermanos y hermanas?
– Viven en Florida.
– ¿No tenías novia?
– Tenía una, pero pronto quedó claro que Ginger sólo estaba interesada en salir con un piloto de combate, no con un ex piloto incapacitado.
Yo estuve a punto de echarme a reír. Él era un hombre guapo, fuerte, alto, la antítesis de alguien incapacitado. Pero, claro, ¿qué se puede esperar de una mujer que se llama Ginger? Por favor.
– ¿Tampoco tenías una ex mujer que fuera a visitarte?
– Claro. Llevó a mi hijo varias veces al hospital, al principio -dijo, con una sonrisa de tristeza-. Yo creía que lo hacía por bondad, pero después me di cuenta de que disfrutaba con la publicidad y la atención. Cuando terminaron mis quince minutos de fama, ella se marchó.
– ¿Todavía la querías?
– No. Nos casamos demasiado jóvenes, y poco a poco, nos fuimos distanciando. El divorcio fue de mutuo acuerdo, amistoso -me explicó, y se encogió de hombros-. Sin embargo, me habría venido bien tener a una amiga de verdad cuando estaba en el hospital, y habría sido agradable que hubiera quedado eso, al menos, entre nosotros.
La resignación de su voz me hizo daño en el corazón. Algo de lo que me había dicho apareció en mi mente y originó varias preguntas más. Clint tenía un hijo.
– ¿Y tu hijo?
– No hay mucho que decir de Eddy. No nos llevamos bien. Yo nunca lo he entendido, pero siempre he tenido la sensación de que, cuanto más intentaba encontrar puntos en común con él, o acercarme a él, más se alejaba de mí. Antes culpaba a su madre, pero eso no es justo. Es sólo que el chico y yo no hablamos el mismo lenguaje.
Yo no sabía qué decir. Me resultaba difícil creer que un chico no estuviera entusiasmado por el hecho de que su padre fuera piloto de combate, y no quisiera emularlo.
Él giró los hombros con inquietud.
– Antes me roía por dentro, y después del divorcio intenté que pasara más tiempo conmigo. Acababa de cumplir trece años cuando tuve el accidente. Estuve tan mal al principio que no lo vi en meses, casi en un año. Cuando, por fin, salí del hospital, él se comportaba como si me tuviera miedo. Yo no entendía por qué. De hecho, todavía sigo sin entenderlo. Así que me distancié.
Clint hizo una pausa para recuperarse, y prosiguió.
– Ahora tiene dieciocho años. Lo último que supe de él es que está en una banda de rock. Su madre me llamó no hace mucho. Está preocupada por él, porque parece que toma drogas. Intenté hablar con él y se cerró en banda, como siempre. Otra vez. Básicamente, sabe dónde estoy, y sabe que mi puerta siempre está abierta para él si necesita ayuda. Tal vez, algún día despierte esa parte de mí que está en mi hijo. Me gustaría, y creo que por mucho que finja lo contrario, a él también.
– Una cosa que he aprendido durante los diez años que pasé dando clase es que incluso las mejores personas pueden tener problemas con los hijos -dije yo.
Clint me apretó la mano y continuó: