Diosa Por Elección
- Автор: Каст Филис Кристина
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
– Veo que hay dos de vosotras -susurró-. Mejor, mujeres. Mejor -rió.
De repente, Rhiannon tiró con fuerza de mí y con el mismo movimiento seguro y rápido, me hundió el puñal en el costado. Noté algo agudo rasgándome dolorosamente una costilla.
«¡Oh, Epona! ¿Ha matado a mi hija?», pensé yo. Sentí el cuerpo entumecido, y noté que fluía la sangre. Me fallaron las rodillas. Entonces, oí un grito de agonía de Clint.
Con crueldad, Rhiannon cortó la tela del abrigo y las capas de ropa que se estaban empapando de sangre, y expuso la herida de mi costado a ojos de Nuada. Al ver mi sangre, él se echó a temblar.
– ¡Ahora estás bajo mis órdenes! -gritó Rhiannon-. ¡Con esta sangre, estás unido a mí, porque es como si hubiera sacrificado la sangre de mi cuerpo, el cuerpo y la sangre de una Sacerdotisa y de la Elegida de Epona. Debes obedecer. ¡Entra en mi sirviente!
Con aquella orden final, el cuerpo de Nuada perdió su forma y se convirtió en un charco negro y venenoso contra el color blanco de la nieve que cubría el claro. Aquella negrura entró en el círculo de Bres al mismo tiempo que Clint salía corriendo hacia nosotras desde el bosque. En un instante, el cuerpo de Bres absorbió a Nuada. Su cántico cesó, y lentamente, alzó la cabeza y abrió los ojos. Eran dos luces rojas.
– ¡Shannon! -gritó Clint.
Su voz sonaba muy lejana, pero estaba junto a mí. Intenté responder, pero Rhiannon me empujó hacia él con un gruñido de desprecio.
– Debería haberme imaginado que estarías aquí.
Clint me abrazó y cayó de rodillas, intentando agarrarme y protegerme con su cuerpo.
– ¿Qué has hecho, Rhiannon? -preguntó él con la voz rota, mientras se tiraba frenéticamente de la bufanda. Hizo una bola con ella y me apretó la herida para intentar contener la hemorragia.
– Y debería haber sabido que la elegirías a ella -añadió ella con sarcasmo-. Siempre serás débil. Rezo porque nuestra hija tenga mi fuerza.
Clint dio un respingo, como si ella lo hubiera abofeteado.
– Una hija… no. No puede ser.
Rhiannon se echó a reír.
– Claro que sí. Aunque todavía no he decidido si me voy a quedar con esta hija o no.
Clint me movió cuidadosamente entre sus brazos para poder liberar su mano derecha. Noté que abría la cremallera de su abrigo y rebuscaba por dentro. Después, sacó el revólver y encañonó a Rhiannon.
Ella se quedó quieta, y miró de Clint a la criatura, que se había quedado agachada e inmóvil dentro del círculo.
– Debería haberte matado la misma noche en que me di cuenta de lo que eras -dijo Clint, con calma, racionalmente, con una actitud que no se correspondía con las cosas extrañas que estaban sucediendo.
– Pero no pudiste matarme -ronroneó Rhiannon-. En vez de eso, preferiste jugar a nuestros jueguecitos. No finjas que no recuerdas cómo era entrar en mi cuerpo y embestirme una y otra vez… y las otras cosas que hacíamos por la noche. Recuerda cómo brotaba tu sangre, mezclada con tu simiente, cuando me dejabas que cortara tu miembro latente, y después llegabas al orgasmo en mi boca.
Clint se puso muy tenso y respondió:
– Hasta anoche, habría dicho que tienes razón. He estado obsesionado por las cosas que hicimos… pero ya no. Me he curado de tu suciedad. Lo mejor que podría hacer para este mundo sería mataros a ti y a la niña que hemos concebido.
A mí me costó un tremendo esfuerzo alzar la mano para apartar el brazo de Clint. Al notarlo, él me miró a los ojos.
– Recuerda lo que me prometiste. Me lo juraste.
Clint apretó los dientes, y vi que luchaba contra sí mismo. Después, bajó el revólver lentamente.
Rhiannon se rió burlonamente.
– ¡Débil! ¡Siempre débil! Eres una sombra lamentable de lo que podrías haber sido. No eres amenaza para mí.
Sin dejar de reírse, se acercó al círculo.
Se detuvo a pocos centímetros de la nieve derretida. La criatura la devoró con los ojos rojos, brillantes.
– Nuada -dijo seductoramente-, no me creías lo suficientemente poderosa como para conseguir tu obediencia. ¿Quién era el tonto?
– Yo, mi señora.
– ¿Y a quién vas a obedecer ahora, Nuada?
– Os obedeceré a vos, mi señora.
Sus palabras eran serviles, pero su tono era peligrosamente condescendiente, como si estuviera hablando con una niña mimada.
Entonces, ella lo abofeteó con fuerza, y dejó dos manchas rojas en las mejillas pálidas de Bres.
– Vas a aprender la forma adecuada de dirigirte a mí. Y yo voy a disfrutar enseñándote.
– Esto tiene que terminar ahora -susurró Clint.
Me posó sobre la nieve con delicadeza, y se quitó el abrigo y el jersey. Colocó el jersey bajo mi cabeza y mi hombro, para que no tocaran más la nieve, y me tapó con el abrigo.
Sus movimientos hicieron que la criatura moviera los ojos para observarlo, y eso llamó la atención de Rhiannon. Se dio la vuelta y entornó los ojos con furia.
Al ver a Clint erguido ante ella, su expresión cambió, y convirtió en una de diversión.
– ¿Acaso tú también necesitas una lección de obediencia? -le preguntó.
– No, no -respondió Clint.
Elevó el revólver y apretó el gatillo.
El sonido del disparo fue ensordecedor, pero no consiguió tapar el grito de locura de Rhiannon al ver el agujero rojo que apareció en mitad de la frente de Bres.
– ¡No!
El cuerpo cayó de rodillas, y después, pesadamente, hacia delante, de cara a la nieve.
– ¡Lo has matado! ¡No deberías haber podido hacerle daño dentro del círculo de poder!
Clint se encogió de hombros.
– Seguramente, te vendrá bien recordar en el futuro que no estás en Partholon, sino en Oklahoma. A las balas no les importa nada un círculo de nieve derretida.
– Sobre todo, si las dispara un Chamán -añadí yo.
Clint y Rhiannon me miraron con sorpresa. Detrás de ella, yo percibí un movimiento. El cadáver de Bres se retorció y se marchitó, y todos volvimos a concentrarnos en lo que ocurría dentro del círculo. Con un repugnante sonido líquido, Nuada escapó del cuerpo.
– Oh, mierda -susurré.
Rhiannon sonrió sarcásticamente. Su risa surgió con histerismo de entre sus labios, y me di cuenta de que estaba completamente loca.
– ¿Y qué van a hacer tus balas contra esto, Chamán? -le preguntó a Clint.
Después se volvió hacia la criatura.
– Todavía eres mío. Todavía te ata mi sangre -le dijo, y señaló a Clint con un dedo tembloroso-. Destrúyelo.
Capítulo 6
La mancha de oscuridad respondió a Rhiannon y se irguió. Yo observé con espanto, en silencio, cómo se solidificaba y de nuevo tomaba forma.
Con un tremendo dolor, conseguí incorporarme y sentarme. Tenía que llegar a cualquier árbol. Por supuesto, lo mejor sería tocar a los ancianos robles. Yo conocía el poder que tenían. Sin embargo, estaban dentro del círculo, y Nuada se interponía entre ellos y yo. Miré hacia los árboles del borde del claro; estaban a unos cincuenta metros, pero tendría que ir hacia ellos.
Intenté ponerme en pie, apretando los dientes de dolor, pero me caí hacia atrás. Parecía que las piernas no iban a cooperar. Abrí la boca para llamar a Clint, y al instante, la cerré de nuevo.
Clint estaba levantando los brazos, lentamente, mientras entonaba un cántico en voz baja. Yo no podía descifrar sus palabras.
Miré a Rhiannon. Ella no estaba prestándole atención a él, ni a mí tampoco. Se movía metódicamente alrededor de la circunferencia, murmurándole las palabras «mo muirninn» a la criatura, como si fuera una expresión de cariño. A cada pocos pasos, hacía un corte en el círculo con la punta de la bota, sin dejar de murmurar.
Entonces, las palabras de Clint se hicieron audibles para mí y miré de nuevo al Chamán. Su aura brillaba y latía con fuerza a su alrededor, y de repente, parecía tan fuerte y tan poderoso que se me llenaron los ojos de lágrimas. Tenía los brazos estirados hacia el cielo, y su voz había adoptado un tono melódico muy diferente a los cánticos de Partholon. Sus palabras estaban subrayadas con el pulso profundo y primitivo que yo percibía en el aire. Escuché atentamente cómo llamaba a los espíritus a través de la naturaleza, de la lluvia, el fuego y la tierra.