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Diosa Por Elección

Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:

Por fin, Shannon Parker se había reconciliado con la vida en el mundo mítico de Partholon. Amaba a su marido centauro y se había acostumbrado a su conexión con la diosa Epona y los beneficios que conllevaban ambas cosas. Casi había olvidado su antigua vida en la Tierra… sobre todo, cuando descubrió que estaba embarazada…
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
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Abrí los ojos con espanto, y vi que Clint los tenía cerrados, y que en su rostro había placer y paz. Tenía una sonrisa suave en los labios, y emitió un gemido casi inaudible.

«Cúralo, Amada».

Con la voz de Epona en la mente, yo seguí acariciándolo, haciendo que la salud, la curación y la luz pasaran hacia él, y eliminando la perversidad y los placeres retorcidos, y la oscuridad con la que Rhiannon lo había marcado. Y en la curación de Clint, yo hallé mi propia alegría. De nuevo lo tomé dentro de mi cuerpo, y en aquella ocasión con una gentileza profunda, y un entendimiento completo. No me guardé nada, y mientras hacíamos el amor, sentí la presencia de Epona, como si estuviera santificando nuestra unión. A través de los párpados cerrados, vi el brillo mágico de nuestras auras mientras se unían y llenaban la cabaña de luz y belleza, y el calor del amor de la diosa.

Mucho más tarde, él me tomó la cara entre las manos.

– Te quiero -me dijo.

Yo cerré los ojos y apoyé la cabeza en su hombro.

– Yo también te quiero, Clint.

Sabía que era la verdad. Los amaba a los dos, a ClanFintan y a Clint. Eran dos piezas de un todo. Y me rompía el corazón pensar en que tenía que dejar a Clint, tanto como me dolía el alma al pensar en separarme de ClanFintan para siempre.

«Oh, ayúdanos, Epona».

«Duerme, Amada».

La voz etérea resonó por mi mente, y yo me sentí rodeada de un cansancio líquido. En los primeros momentos del sueño, noté que Clint había comenzado a acariciarme del mismo modo que lo hacía ClanFintan. Recorrió mi cuerpo desde la parte trasera de la rodilla, hacia el muslo, hasta la espalda, y después hacia la pierna nuevamente. Mi último pensamiento consciente fue que ya no me sorprendían todas aquellas similitudes.

Capítulo 3

Me desperté lentamente, y en aquellos primeros momentos de lucidez sentí los brazos que me protegían y me mantenían acurrucada contra el calor duro de un cuerpo masculino.

Entonces, lo recordé. Oooh, Clint…

Estoy segura de que me ruboricé, pero, azorada o no, la naturaleza no podía esperar, así que me salí de su abrazo silenciosamente, encontré el jersey, que estaba debajo de la cama, y me dirigí hacia el baño.

Me miré al espejo. Estaba desarreglada, y francamente, tenía aspecto de haber hecho el amor varias veces durante la última noche. ¿Y qué más, aparte de lo evidente? Había tocado algo en lo más profundo del alma de Clint, algo que gritaba dolorosamente en su necesidad de ser sanado. La mezcla de nuestras auras había sido algo asombroso. ¿Por qué nos había ocurrido a nosotros, y no con Rhiannon, y tampoco, tal y como me susurró la mente, con ClanFintan?

La diosa me había indicado que amara a Clint. Era una idea muy sobrecogedora. Epona me había usado como bálsamo en aquel mundo. Acababa de hacer el amor con un hombre increíblemente atractivo del que me había enamorado porque era, básicamente, un clon de mi marido. Y, sin embargo, no me sentía culpable. Clint me necesitaba, y Epona me había permitido arreglar lo que Rhiannon había roto. No iba a lamentarlo, ni a dudar de ello.

Después de terminar en el baño, regresé a la cama. Clint tenía un aspecto joven y sexy, y entre el tornado de colchas y edredones, se le veía una cantidad de músculos pectorales casi obscena.

Lo desperté con besos, e hicimos el amor otra vez.

Mucho más tarde, yo me estaba estirando perezosamente, y él me estaba mordisqueando un lado del cuello, lo cual me recordó algo.

– Tengo hambre. Muchísima hambre.

– Bueno, te has ganado a pulso un buen desayuno esta mañana, mi niña -respondió él. Me besó la frente y se levantó de un salto. Se puso los vaqueros y la camisa, y me dijo-: ¿Por qué no te das una buena ducha caliente mientras yo hago un verdadero desayuno de Oklahoma?

No me dio oportunidad para responder; se encaminó a la cocina como si fuera un hombre con una misión.

– Oh… -se detuvo y me dijo-: He dejado el número de la habitación de tu padre junto al teléfono, por si quieres llamarlo.

Después, entró en la cocina.

Yo tuve que encontrar el jersey de nuevo. Después llamé y oí la voz de mi padre, más fuerte y menos embriagada por los sedantes. Mamá Parker iba a llegar en cualquier momento. Según la doctora, mi padre podía volver a casa al día siguiente, y eso le alegraba mucho porque estaba harto de la comida del hospital.

Cuando yo entré en la cocina, Clint estaba friendo algo que tenía un olor exquisito.

– ¿Has hablado con tu padre? -me preguntó sin darse la vuelta, atento a la sartén.

– Sí, está muy bien. Va a casa mañana con mamá Parker.

Vi que asentía como respuesta, y después me fui hacia el baño para tomar la ducha. Una vez arreglada, volví a la cocina, y él me dio la bienvenida con una sonrisa que me derritió el corazón, y me entregó un plato cargado.

– Buenos días. Me alegro de que tengas hambre.

– Buenos días y ¡Dios santo! ¿Acaso te has creído que soy un leñador?

Me quedé mirando, atónita, la montaña de huevos revueltos con pimiento, champiñón, cebolla, beicon y queso, de patatas fritas, de salchichas y de galletas, untadas con mantequilla y miel.

– Una futura madre debe comer -dijo él, con aquella maravillosa sonrisa.

– Si sigo comiendo así, ocuparé el doble de espacio cuando sea madre -refunfuñé. Sin embargo, eso no me impidió comenzar con aquel plato delicioso y lleno de grasa.

Cuando paré para tomar aire, me di cuenta de que Clint me estaba mirando fijamente.

– ¿Qué pasa? -le pregunté, tomando un sorbito de té caliente para aclararme la boca.

– Me estaba preguntando si eres consciente de lo feliz que me hiciste anoche… -hizo una pausa, y de nuevo esbozó aquella sonrisa-. Y esta mañana.

– Yo…

Iba a recordarle cuál era nuestra situación real, que yo tenía que volver a Partholon con ClanFintan. Sin embargo, no pude decírselo. No sabía lo que iba a ocurrirle después de que yo me marchara. Ni siquiera quería pensarlo. Sólo sabía que, durante el tiempo que pasáramos juntos, quería hacerlo feliz.

– … me alegro -susurré.

Él tomó mi mano y se la llevó a los labios. Le dio la vuelta para poder besarme la muñeca, justo en el punto en el que me latía el pulso. Por un momento, vi el doloroso reflejo de la realidad en sus ojos, y lo atraje hacia mí con fuerza para besarlo.

Lo sabe. Al pensarlo, tuve una fuerte necesidad de protegerlo. Quería pedirle a gritos a mi diosa que lo ayudara a no quererme, pero sabía que no podía ser, y además, yo quería su amor.

Quizá, en cierto modo, yo fuera tan egoísta como Rhiannon.

– ¡Te toca! -dije alegremente, intentando apartarme de la cabeza todos aquellos pensamientos sombríos. Antes de que él pudiera resistirse, lo empujé hacia el baño-. No voy a recoger nada, te lo prometo. Sólo voy a lavar y a secar los platos y lo dejaré todo desordenado. No te preocupes -dije, con un empujón final.

Riéndose, él desapareció por la puerta del baño.

Lavé los platos y después, ignorando mis propias palabras, coloqué todo en su sitio. Después, mi nariz me condujo hasta el cubo de la basura, que estaba debajo del fregadero.

– ¡Puaj! Huele como si algo se hubiera muerto ahí… la semana pasada.

Contuve la respiración, até la bolsa, la saqué del cubo y me calcé las enormes botas de Clint. Después salí a la puerta para dejar la basura en el porche hasta que Clint se ocupara de su destino final.

En cuanto puse los pies en el porche, mi cuerpo quedó inmóvil. Algo iba mal, muy mal. Parecía que el aire había cambiado. Seguía nevando, pero con fuerza, y la capa de nieve que lo cubría todo se había convertido en un sudario blanco que todo lo silenciaba.

Dejé caer la bolsa y corrí hacia los árboles. Posé la mano en el tronco del primero, un almez de tamaño mediano, y cerré los ojos para concentrarme.

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