La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Charlie estuvo maravillosa. Se port� como una fierecilla. Arroj� la pluma contra la mesa, y dio a �sta una fuerte palmada:
-��Pues supones mal, maldita sea! He preguntado cu�nto durar�a, y quiero saber qu� diablos va a pasar con mi representaci�n de Como gust�is en oto�o.
Kurtz no revel� la satisfacci�n que le hab�a producido el car�cter eminentemente pr�ctico de la reacci�n de Charlie. Gravemente, Kurtz dijo:
-�Charlie, tu proyectada representaci�n de Como gust�is no va a quedar afectada en modo alguno. Esperamos que cumplas este compromiso, en el caso de que te concedan el cr�dito imprescindible. En cuanto a la duraci�n, tu compromiso con nuestro proyecto puede ser de seis semanas y puede ser de dos a�os, aun cuando tenemos esperanzas de que esto �ltimo no ocurra. Lo �nico que queremos de ti ahora es si est�s dispuesta a tratar con nosotros, o si prefieres decir buenas noches a todos los aqu� presentes, y regresar a casa para llevar una vida m�s segura y m�s aburrida. �Qu� dices?
Kurtz hab�a situado a Charlie en situaci�n falsa. Kurtz hab�a querido darle una sensaci�n de que ella triunfaba y conquistaba, y, al mismo tiempo, hab�a querido dejarla en estado de subordinaci�n, en estado de haber elegido voluntariamente a sus raptores. Charlie vest�a una chaquetilla vaquera de la que colgaba, casi desprendido, uno de sus botones de lat�n. Esta misma ma�ana, al pon�rsela, Charlie se hab�a propuesto coser el bot�n durante el corto viaje en barco, pero luego se olvid�, llevada por su excitaci�n al pensar que pronto volver�a a ver a Joseph. Ahora, Charlie cogi� el bot�n y comenz� a tirar de �l, para comprobar la firmeza del hilo. Se encontraba en el centro del escenario. Pod�a sentir todas las miradas fijas en ella, miradas procedentes de la mesa, procedentes de las sombras, de su espalda. Pod�a sentir los cuerpos de los presentes r�gidos por la tensi�n, incluido el de Joseph, y o�a aquel sonido de crujidos, tenso, que el p�blico produce cuando su atenci�n queda presa en el escenario. Pod�a sentir la potencia de sus prop�sitos y de su propia fuerza. �Aceptar�a, no aceptar�a?
Sin volver la cabeza, Charlie dijo:
-��Joseph?
-�Si, Charlie.
Charlie sigui� dando la espalda a Joseph, pero, a pesar de ello, sab�a con toda certeza que Joseph, desde su islote iluminado por la d�bil luz, esperaba su contestaci�n con m�s ansia que todos los dem�s juntos. Charlie dijo:
-��Es esto, verdad? �Nuestro gran viaje rom�ntico por Grecia? �Delfos y todos los lugares que en belleza s�lo son segundos en el mundo?
Joseph contest� parodiando un poco el acento de Kurtz:
-�Nuestro viaje al norte en modo alguno quedar� afectado.
-��Ni siquiera queda retrasado?
-�Era inminente, �no?
El hilo se rompi�, y el bot�n qued� en la palma de la mano de Charlie. Lo arroj� sobre la mesa. Charlie contempl� c�mo el bot�n giraba sobre s� mismo, como un trompo, y, por fin, quedaba quieto. Jugando con quienes la rodeaban, Charlie pens�: ��Cara o cruz? Que suden un poco.� Solt� aire por la boca como si quisiera apartar de la frente un mech�n de cabello.
Con la vista fija en el bot�n, Charlie dijo a Kurtz:
-�Bueno, pues me quedar� un rato. -Tras una pausa, a�adi�-: Nada tengo que perder.
Inmediatamente, lament� haber dicho estas palabras. A veces, con la consiguiente irritaci�n de la propia Charlie, �sta exageraba un poco su comportamiento, con la sola finalidad de hacer un buen mutis.
Ahora dijo:
-�De todas maneras, nada he perdido, por el momento.
Charlie pens�: �Tel�n. Aplaude, por favor, Joseph, y luego esperaremos las cr�ticas que se publiquen ma�ana.� Pero no hubo aplausos, por lo que Charlie volvi� a coger la pluma y traz� un c�rculo, aunque en esta ocasi�n con el s�mbolo femenino, para cambiar, mientras Kurtz, sin quiz� siquiera darse cuenta, cambiaba de lugar el reloj, lo pon�a en un sitio mejor.
Ahora, el interrogatorio, con el cort�s asentimiento de Charlie, pod�a comenzar con toda seriedad.
La lentitud es una cosa y la concentraci�n otra. Kurtz no relaj� la tensi�n ni un solo instante. No se permiti�, ni permiti� a Charlie, el m�s leve respiro, mientras Kurtz la obligaba, la mimaba, la adormec�a, la despertaba, y mediante todos los esfuerzos de su din�mico esp�ritu se vinculaba a ella, en los inicios de su teatral asociaci�n. S�lo Dios y poqu�simas personas en Israel, se dec�a en los �mbitos del servicio secreto al que Kurtz pertenec�a, sab�an d�nde hab�a aprendido Kurtz sus habilidades, su hipn�tica intensidad, su campesina prosa norteamericana, su olfato, sus trucos de abogado criminalista. Su rostro surcado, que ahora aplaud�a, que luego se mostraba dolidamente incr�dulo, que resplandec�a dando las seguridades que la muchacha ped�a, se transform� poco a poco en todo un p�blico, de manera que la representaci�n de Charlie fue encaminada a merecer la desesperadamente ansiada aprobaci�n de Kurtz y de nadie m�s. Incluso Joseph qued� olvidado, puesto a un lado en vistas a otra vida.
Adrede, al principio Kurtz formul� preguntas inofensivas y desperdigadas. A Charlie se le antoj� que parec�a que Kurtz tuviera en su mente un pasaporte en blanco, pasaporte que Charlie no pod�a ver, y que �sta fuera dando las contestaciones de cada uno de sus apartados. �Nombre y apellidos de tu madre, Charlie. D�a y lugar de nacimiento de tu padre, si es que se sabe, Charlie. Ocupaci�n de tu abuelo, Charlie; no, el paterno.� Y, a continuaci�n, sin que hubiera raz�n alguna para ello, �ltimas se�as de una abuela materna, lo cual fue seguido por una sibilina pregunta acerca de cierto aspecto de la educaci�n del padre. Ni una sola de estas primeras preguntas hac�a directa referencia a Charlie. Esta era algo as� como el tema prohibido que Kurtz se esforzaba escrupulosamente en evitar. El �nico prop�sito de esta alegre salva de fuego graneado inicial estaba muy lejos de pretender obtener informaci�n y se centraba en habituar a Charlie a la obediencia instintiva, a aquel �s�, se�or; no, se�or�, propio de un aula escolar, obediencia en la que se basar�an los subsiguientes per�odos de preguntas. Y Charlie, por su parte, mientras la savia propia de su profesi�n la influ�a, m�s y m�s, actuaba, obedec�a y reaccionaba con creciente flexibilidad. Lo mismo hab�a hecho ante directores y productores, centenares de veces, y en el contenido de una conversaci�n inoperante les hab�a dado una muestra de su gama de expresiones. Con mucha m�s raz�n lo hac�a ahora, bajo la hipn�tica influencia de Kurtz.
Kurtz repiti�:
-��Heidi? �Heidi? Es un nombre rar�simo el de tu hermana mayor, si tenemos en cuenta que es inglesa.
Charlie, con fr�volos acentos, dijo:
-�Bueno, a Heidi no le parece rar�simo.
Con lo cual se gan� las carcajadas de los muchachos ocultos en las sombras. S�, su hermana se llamaba Heidi, debido a que suspadres pasaron la luna de miel en Suiza, explic� Charlie, y Heidi fue engendrada en Suiza. Con un suspiro, Charlie a�adi�:
-�Entre edelweiss y en la postura del misionero.
Cuando las risas se acallaron por fin, Kurtz pregunt�:
-��Y a qu� se debe que te llames Charmain?
Charlie alz� la voz para imitar el remilgado acento de su maldita madre, y dijo:
-�Me dieron el nombre de Charmain con la idea de halagar a una lejana y rica prima que se llama as�.
Kurtz, mientras inclinaba la cabeza para o�r algo que Litvak le dec�a, pregunt�:
-��Y sirvi� para algo?
Sin dejar de imitar los preciosistas acentos de su madre, Charlie repuso sibilinamente:
-�Todav�a no. Como sabe, mi padre ha muerto, pero mi prima todav�a no ha seguido su ejemplo.
Y continuando este sinuoso camino de preguntas, Kurtz lleg� poco a poco al tema de Charlie, en s� misma.
Mientras anotaba el d�a del nacimiento de Charlie, Kurtz murmur� con satisfacci�n:
Meticulosa pero r�pidamente, Kurtz investig� la primera infancia de Charlie, escuelas, casas, nombres de amigas y nombres de jacas enanas, y Charlie contest� las preguntas lentamente, a veces con sentido del humor, siempre voluntariamente, con su excelente memoria iluminada por el resplandor de la fija atenci�n de Kurtz, y llevada por la creciente necesidad de llegar a un entendimiento con �l. Era natural que a partir de la infancia y las escuelas las preguntas pasaran al penoso tema de la ruina del padre de Charlie, aunque Kurtz dio este paso con suma cautela. Charlie contest� serenamente, aunque con conmovedores detalles, explicando desde las primeras y brutales noticias hasta el trauma del juicio, la sentencia y el cumplimiento de la pena de presidio. Aunque tambi�n era cierto que, de vez en cuando, su voz enronquec�a un poco, y que a veces su mirada se dirig�a hacia abajo para fijarse en sus propias manos, que mov�a de forma muy bella y expresiva, all� en la penumbra. Pero luego reaccionaba valerosamente y soltaba una frase en la que se burlaba levemente de s� misma, con lo que disipaba el ambiente tr�gico.