La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– He hecho una visita relámpago a París -dijo Pétion-, y he oído su nombre en los cafés. El diputado Robespierre me facilitó una descripción tan detallada de usted que lo he reconocido al instante.
– ¿Conoce a Robespierre?
– Bastante bien.
Lo dudo, pensó Camille.
– ¿Era una descripción favorecedora?
– Robespierre le admira mucho -respondió Pétion, sonriendo-. Como todo el mundo. No me mire de esa forma tan escéptica.
– ¿Qué tal por el Palais-Royal, Brissot? -preguntó Mirabeau, añadiendo sin aguardar a que el otro contestara-: Supongo que estarán maquinando una de sus sucias intrigas, como de costumbre. Todos salvo el duque, que es demasiado simple para dedicarse a las intrigas. Sólo le interesan los coños.
– Mi querido conde, le ruego que modere su lenguaje -dijo Duroveray.
– Mil disculpas -contestó Mirabeau-. Había olvidado que proviene usted de la ciudad de Calvino. De todos modos, es cierto. Teutch es mejor estadista que el duque.
Brissot parecía sentirse violento.
– Deje de hablar del duque -murmuró-. Laclos está aquí.
– Lo lamento, no le había visto -dijo el conde, dirigiéndose a Laclos-. ¿Es usted un espía? ¿Cómo va el negocio de los libros pornográficos?
– ¿Que haces aquí? -preguntó Brissot a Camille-. ¿Cómo es que tienes tratos con el conde?
– No lo sé.
– Caballeros, les ruego un momento de atención -dijo Mirabeau situándose detrás de Camille y apoyando las manos en sus hombros. Se había transformado en otro tipo de animaclass="underline" ruidoso y amenazador, como un oso que se ha escapado de su guarida-. Les presento a mi nueva adquisición, el señor Desmoulins.
El diputado Pétion miró a Camille y le sonrió. Laclos se giró.
– Ahora, caballeros, si me conceden unos minutos para vestirme, me reuniré enseguida con ustedes. Teutch, acompaña a los caballeros. Quédese conmigo, Camille.
Cuando todos hubieron salido, el conde se pasó la mano por la cara y dijo:
– ¡Qué farsa!
– Me parece una solemne pérdida de tiempo. Pero no soy experto en estos asuntos.
– No es usted experto en nada, amigo mío, aunque eso no le impide expresar su opinión. El ascenso del conde Mirabeau -dijo, alzando la vista al techo con los brazos extendidos-. Acuden a ver al ogro. Laclos me mira como si fuera a comérmelo. Brissot, ídem. Ese Brissot me cansa, no para quieto. No me refiero a que corretea por la habitación como usted, sino a que no para de moverse. A propósito, supongo que Orléans le da a usted dinero. Me parece justo. Hay que vivir, y a ser posible a expensas de los demás. Teutch, puedes afeitarme, pero no me llenes la boca de jabón, quiero hablar.
– Eso no es ninguna novedad -respondió el mayordomo. El conde le dio un codazo en las costillas. Teutch derramó unas gotas de agua caliente sobre su patrón.
– Soy muy popular entre los patriotas -dijo Mirabeau-. ¡Patriotas! ¿Ha observado que no podemos decir dos párrafos seguidos sin utilizar esa palabra? Publicarán su panfleto dentro de un par de meses.
Camille se sentó y lo miró fijamente. Se sentía sereno, como si navegara en aguas apacibles.
– Los editores son unos buitres -dijo el conde-. Si yo dirigiera el infierno, haría que se asaran lentamente sobre unas prensas al rojo vivo.
Camille observó el rostro de Mirabeau. Su expresión y sus tensiones indicaban que no era únicamente amigo del diablo.
– ¿Está usted casado? -preguntó inesperadamente el conde.
– No, pero estoy comprometido.
– ¿Una mujer rica?
– Mucho.
– Cada vez me cae usted más simpático -dijo Mirabeau, indicando a Teutch que podía retirarse-. Creo que será mejor que se aloje usted aquí, al menos mientras esté en Versalles. Quizá se pregunte cómo llegó hasta aquí… Eso mismo me pregunto yo, qué hago en Versalles, esperando todos los días a que el Rey me mande llamar en virtud de mis escritos, mis conferencias, el apoyo que me brinda la gente… Desempeñar al fin mi papel natural en este reino… Porque cuando hayan probado todas las soluciones y éstas hayan fracasado, el Rey se verá obligado a recurrir a mí, ¿no cree?
– En efecto. Pero debe demostrarle que es usted un rival muy peligroso.
– Sí… Es imprescindible. ¿Ha tratado alguna vez de suicidarse?
– Reconozco que de vez en cuando pienso en ello.
– Usted todo se lo toma a broma -dijo el conde secamente-. Espero que siga mostrándose tan chistoso cuando le acusen de traición. Pero le comprendo. En todo caso, es una alternativa. La gente dice no arrepentirse de nada, pues yo me arrepiento de muchas cosas, de las deudas que he contraído, de las mujeres a las que he arruinado y abandonado, de mis naturales inclinaciones que no consigo dominar. Sí, la muerte habría sido un consuelo, me habría liberado de mí mismo. Pero fui un imbécil. Ahora deseo estar vivo para… -Mirabeau se detuvo. Iba a decir que había sufrido mucho, que se había sentido asfixiado, hundido y humillado.
– ¿Para qué?
– Para atormentarlos -contestó Mirabeau sonriendo.
Lo llamaban el salón de los Pequeños Placeres. Hasta la fecha había sido utilizado para almacenar los decorados de las obras teatrales que se representaban en palacio. Ambos hechos ocasionaban no pocos comentarios.
Cuando el Rey decidió que era el lugar idóneo para la reunión de los Estados Generales, llamó a carpinteros y pintores. Colgaron unos cortinajes de terciopelo, erigieron unas falsas columnas y le dieron unas manos de pintura dorada. Quedaba bastante fastuoso, y las obras habían resultado baratas. Dispusieron unas sillas a la derecha y a la izquierda de la Corona para el primer y segundo estado; los miembros del tercer estado ocuparían unos bancos de madera al fondo del salón.
La cosa empezó mal. Después de la solemne entrada del Rey, éste los miró con una sonrisa estúpida y se quitó el sombrero. A continuación se sentó y se puso de nuevo el sombrero. Los asistentes, ataviados con sus mejores galas, ocuparon sus asientos. Trescientos sombreros de plumas fueron alzados y colocados de nuevo sobre trescientas cabezas. Pero el protocolo dictaba que, en presencia del Monarca, los plebeyos debían de permanecer con la cabeza descubierta y de pie.
Al cabo de un momento un hombre de mejillas rubicundas se encasquetó el sombrero y se sentó ruidosamente. Acto seguido se sentaron todos los miembros del tercer estado. El conde de Mirabeau ocupó su asiento junto a sus compañeros.
Sin inmutarse, Su Majestad se alzó para pronunciar su discurso. No le parecía razonable obligar a los pobres desgraciados a permanecer de pie toda la tarde, máxime cuando llevaban tres horas aguardando a que comenzara la ceremonia. Unos momentos después de que el Rey iniciara su discurso, los que estaban sentados en las últimas filas preguntaron a los ocupantes de las primeras qué era lo que había dicho.
Era evidente que sólo un gigante dotado de descomunales pulmones prosperaría en ese salón. Mirabeau, convencido de encajar en dicha descripción, sonrió satisfecho.
El Rey dijo en realidad muy poco. Habló sobre el fuerte endeudamiento causado por la guerra norteamericana. Dijo que el sistema tributario era susceptible de ser reformado. No dijo cómo. El señor Barentin, ministro de Justicia y guardasellos real, se levantó para tomar la palabra. Previno a los presentes sobre una acción precipitada y los peligros de la innovación, e invitó a los estados a reunirse al día siguiente por separado a fin de elegir a los dignatarios y redactar las normas. Luego, se sentó.
El estado llano expresó el deseo de que los estados se reunieran conjuntamente, y que los votos fueran contabilizados individualmente, uno por cabeza. En caso contrario, los clérigos y los nobles se unirían contra el tercer estado. La generosa concesión de una doble representación -seiscientos plebeyos contra trescientos nobles y otros tantos clérigos- no les sería de ningún provecho. Para eso, era mejor irse a casa.