Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » La Sombra De La Guillotina
La Sombra De La Guillotina - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 224
Перейти на страницу:

– Le diré lo que yo pienso -terció Charpentier-. Mentiras y más mentiras. Réveillon es el mejor patrono de la ciudad. Pagó religiosamente a todos los trabajadores que despidió el invierno pasado.

– ¿De modo que le parece un filántropo? -inquirió Camille-. Disculpe, debo hablar con Brissot.

D’Anton no había reparado en Brissot. Este se volvió hacia Camille, asintió y se giró de nuevo hacia el grupo con el que estaba sentado, diciendo:

– No, no, esto es puramente legislativo.

Luego estrechó la mano de Camille. Era un hombre enjuto, de aspecto gris, con unos hombros estrechos hasta el punto de parecer deforme. Su delicada salud y pobreza le hacían aparentar más de los treinta y cinco años que tenía, pero hoy sus pálidas mejillas estaban arreboladas y tenía la mirada encendida.

– Camille -dijo-, he decidido editar un periódico.

– Tenga cuidado -dijo D’Anton-. La policía todavía tiene tomada la ciudad. Es posible que no consiga distribuirlo.

Brissot miró a Georges-Jacques de arriba a abajo. No pidió a Camille que le presentara a su amigo.

– Primero pensé en empezar el 1 de abril y publicarlo dos veces a la semana, luego pensé esperar hasta el 20 de abril, y publicarlo cuatro veces a la semana, pero al final he decidido aguardar hasta la semana que viene, cuando se reúnan los Estados… Es el mejor momento para lanzar un periódico. Quiero obtener todas las noticias de París y Versalles, y ofrecérselas al público. Puede que me detenga la policía, pero no me importa. Ya he estado una vez en la Bastilla. No he tenido un momento de respiro, he participado en los comicios del distrito de Filles-Saint-Thomas, querían que les aconsejara…

– La gente siempre acude a ti en busca de consejo -dijo Camille-. Al menos eso dices.

– No te burles -replicó Brissot irritado-. Sé que piensan que no soy capaz de editar un periódico, pero eso es lo de menos. ¿Quién iba a decirnos hace un mes que llegaríamos hasta estos extremos?

– A costa de trescientos muertos -terció Charpentier.

– Creo… -Brissot se detuvo-. Te diré en privado lo que creo. Pueden haber informadores de la policía.

– Como tú -dijo una voz a sus espaldas.

Brissot no se inmutó. Miró a Camille para ver si había oído el comentario.

– Ese Marat no hace más que calumniarme -murmuró-. Después de todo lo que he hecho para ayudarlo en su carrera y darle prestigio… Las personas a quienes consideraba mis camaradas me han tratado peor que la policía.

– Tu problema es que te contradices continuamente -dijo Camille-. Según dices, los Estados salvarán al país. Hace dos años afirmabas que nada era posible a menos que nos libráramos de la monarquía. ¿En qué quedamos? No, no me respondas. ¿Crees que habrá una investigación sobre los motivos de esos motines? No. Se limitarán a colgar a unos cuantos, eso es todo. ¿Por qué? Porque nadie se atreve a averiguar lo sucedido, ni Luis, ni Necker ni el duque. Pero todos sabemos que el mayor delito de Réveillon ha sido presentar su candidatura como diputado de los Estados contra el candidato propuesto por el duque de Orléans.

Todos guardaron silencio.

– Esto se veía venir -dijo Charpentier tras la pausa.

– Era imposible imaginar la magnitud de los hechos -murmuró Brissot-. Estaba planeado, sin duda, y pagaron a la gente, pero no a diez mil personas. Ni siquiera el duque puede pagar a diez mil personas. Actuaron por voluntad propia.

– ¿Y eso altera tus planes?

– Necesitan ser guiados -respondió Brissot, sacudiendo la cabeza-. No podemos permitir que se imponga la anarquía. Cuando veo a algunos de los individuos que tenemos que utilizar me estremezco -dijo señalando a D’Anton, que se había alejado con el señor Charpentier-. Fijaos en él. Por la forma en que va vestido parece un respetable ciudadano, pero se nota que se siente a gusto esgrimiendo un cuchillo…

– Pero si es el maître D’Anton, un abogado de la Corona -le contestó Camille-. No te apresures a sacar conclusiones. Maître d’Anton podría ser ministro, pero tiene otros planes. De todos modos, ¿por qué estás tan nervioso, Brissot? ¿Acaso temes a un hombre del pueblo?

– Yo soy un gran admirador del populacho -respondió Brissot con firmeza-, sobre todo de su alma pura y elevada.

– No, los desprecias porque huelen mal y no saben griego -respondió Camille. Luego se levantó y se dirigió hacia donde se hallaba D’Anton.

– Te ha tomado por un asesino -dijo-. Brissot -añadió, dirigiéndose al señor Charpentier-, se casó con una tal señorita Dupont, la cual solía trabajar de cocinera para Félicité de Genlis. Así es como llegó a conocer a los Orléans. En realidad, lo respeto mucho. Ha vivido varios años en el extranjero, escribiendo y comentando sus proezas. Se merece una revolución. Aunque sea hijo de una cocinera, es muy instruido. Se da aires porque ha sufrido mucho.

– Usted, Camille -dijo enojado el señor Charpentier-, que no duda en aceptar el dinero del duque, reconoce que Réveillon es una víctima…

– Réveillon no tiene la menor importancia. Si no dijo esas cosas, seguramente las pensó. La verdad literal carece de importancia. Lo único que importa es lo que cree la gente de la calle.

– Dios sabe que no me gusta esta situación -dijo el señor Charpentier-, pero tiemblo al pensar en lo que sucedería si la gestión de la reforma cayera en sus manos.

– ¿Reforma? -repitió Camille-. Yo no me refiero a una reforma. La ciudad estallará este verano.

D’Anton se sentía triste y angustiado. Quería contar a Camille lo del niño, pero su amigo estaba muy ocupado pensando en la próxima matanza que iba a producirse. ¿Quién soy yo para aguarle la fiesta?, pensó D’Anton.

Versalles: el desfile ha requerido una minuciosa planificación. No se trata simplemente de levantarse y echar a andar.

La nación se siente esperanzada. La ansiada fecha ha llegado por fin. Mil doscientos diputados de los Estados Generales marchan en solemne procesión hacia la iglesia de Saint-Louis, donde monseñor de la Fare, obispo de Nancy, pronunciará un sermón y bendecirá la empresa.

El clero, el primer estado. La optimista luz de principios de mayo brilla sobre las mitras y los mantos suntuosos. Les sigue la nobleza: la misma luz arroja destellos sobre trescientas empuñaduras de espada y trescientas casacas de seda. Las plumas que adornan los trescientos sombreros se agitan alegremente al viento.

Les precede el estado llano, el tercer estado, encabezado por el maestro de ceremonias; seiscientos individuos, vestidos de negro, avanzan como una gigantesca babosa. ¿Por qué no ponerles un uniforme de colegiales y ordenarles que se chupen el dedo? Pero no se sienten humillados. Sus sencillos trajes negros constituyen un emblema de solidaridad. A fin de cuentas, han acudido para presenciar la desaparición del viejo orden, no para asistir a un baile de disfraces. Sus solemnes rostros muestran una expresión de orgullo. Somos hombres serios; olvídense de las frivolidades.

Maximilien de Robespierre caminaba con un contingente de su comarca, entre dos campesinos; si hubiera girado la cabeza habría visto las pronunciadas mandíbulas de los diputados bretones. Avanzaba con la mirada al frente, reprimiendo el deseo de observar a la multitud que los aclamaba por las calles. Nadie lo conocía; nadie lo vitoreaba específicamente a él.

Camille se encontró con el abate de Bourville.

– No me reconoces -dijo el abate abriéndose paso a través de la multitud-. Estábamos juntos en la escuela.

– Sí, pero en aquellos días tenías siempre un tono azulado debido al frío.

– Te he reconocido enseguida. No has cambiado, parece que tengas diecinueve años.

– Imagino que te habrás vuelto muy piadoso, Bourville.

– No demasiado. ¿Has visto a Louis Suleau?

– No. Pero supongo que aparecerá por aquí.

Luego siguieron contemplando el desfile. Durante unos momentos Camille se sintió invadido por el pensamiento irracional de que él mismo había organizado esto, que los Estados marchaban a petición suya, que todo París y Versalles giraban alrededor de su persona.

1 ... 42 43 44 45 46 47 48 49 50 ... 224
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)