La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Sin duda debería mandarlo llamar, señor.
– ¿Es usted uno de mis partidarios?
– He tenido el honor de defender enérgicamente su postura.
– Conque sí, ¿eh? -dijo Mirabeau, echándose a reír-. Me encantan los aduladores, maître Desmoulins.
Camille no comprende la forma en que le miran los hombres de Orléans, la forma en que ahora le mira Mirabeau, como si tuvieran planes para él. Desde que los curas abandonaron toda esperanza de convertirlo en un hombre de provecho, nadie ha tenido planes para él.
– Disculpe mi aspecto -dijo el conde-. Mis asuntos me mantienen despierto toda la noche. Aunque no siempre se trata de asuntos políticos.
Eso son tonterías, pensó Camille. Si quisiera, el conde recibiría a sus admiradores afeitado y sobrio. Pero todo cuanto hace tiene un efecto calculado; mediante su aspecto descuidado e informal pretende dominar a los hombres que esperan entrevistarse con él. El conde observó el impasible rostro de Teutch y soltó una sonora carcajada, como si su sirviente hubiera dicho algo gracioso. Luego se giró hacia Camille y dijo:
– Me gustan sus obras, maître Desmoulins. Están llenas de emoción, de sentimientos.
– Solía escribir versos, pero no tengo talento para la poesía.
– Es muy complicado.
– No pretendía que estuviera llena de emoción y sentimientos, sino que fuera más bien fría y concisa.
– Deje eso a los viejos -respondió el conde-. ¿Puede volver a escribir una cosa así? -preguntó, agitando el panfleto.
– Desde luego. -Camille detestaba el primer panfleto que había escrito, aunque por lo visto despertaba una gran admiración en los demás-. Me resulta tan fácil como… respirar. No digo tan fácil como hablar, por razones obvias.
– Sin embargo, ha hablado usted en el Palais-Royal, maître Desmoulins.
– Me obligo a ello.
– A mí me acusan de demagogo -dijo el conde, girándose para exhibir su mejor perfil-. ¿Desde cuándo tartamudea?
Lo preguntó como si se refiriera a una interesante novedad.
– Desde hace mucho tiempo -contestó Camille. Desde los siete años. Desde que me enviaron a la escuela.
– ¿Acaso le disgustó mucho abandonar a sus padres?
– No lo recuerdo. Supongo que sí. A menos que estuviera tratando de expresar el alivio que sentía.
– Ah, comprendo -dijo Mirabeau, sonriendo con aire comprensivo-. Conozco todos los problemas domésticos que pueden afligir a un chico, desde los ataques de ira a la hora de desayunar hasta las consecuencias del incesto. El Rey -el difunto Rey- solía decir que debería existir un secretario de Estado que no tuviera otra función que arbitrar las disputas familiares. Mi familia es muy antigua. Muy ilustre.
– ¿De veras? La mía finge serlo.
– ¿A qué se dedica su padre?
– Es magistrado. -La honestidad le obligó a añadir-: Me temo que les he decepcionado.
– No me diga… Jamás lograré entender a las clases medias. Pero siéntese, se lo ruego. Me interesa conocer más detalles de su biografía. ¿Dónde estudió?
– En el Louis-le-Grand. ¿Acaso pensó que me había educado el cura del pueblo?
– De Sade también estudió allí -observó Mirabeau, dejando la taza de café en la mesa.
– Pero no es un caso típico.
– Tuve la mala suerte de que en cierta ocasión me encarcelaran con Sade. Le dije: «Señor, no deseo tratar con un individuo que tiene la costumbre de hacer picadillo a las mujeres.» Disculpe, estoy divagando -dijo el conde, sentándose en un sillón. Un aristócrata jamás pedía disculpas a nadie. Camille lo observó, monstruosamente vanidoso y egocéntrico, disertando como si fuera un gran hombre. Cuando el conde hablaba lanzaba rugidos; cuando contestaba parecía un león disecado en un museo de historia natural, muerto pero con aspecto feroz-. Continúe -dijo.
– ¿Por qué?
– ¿Por qué pierdo el tiempo con usted? ¿Cree acaso que voy a dejar que los canallas del duque se aprovechen de sus insignificantes talentos? Le daré unos buenos consejos. ¿Le da el duque buenos consejos?
– No. Jamás ha hablado conmigo.
– Lo dice con tono patético. Por supuesto que no ha hablado con usted. En cambio yo sí me intereso por usted. Me gusta emplear a hombres inteligentes. Y me gusta que todos se sientan satisfechos, quiero decir en la plantación. Imagino que sabe a qué me dedico, ¿no es cierto?
Camille recordó lo que Annette le había dicho de Mirabeau: un conde arruinado, un inmoral. El recuerdo de Annette parece un tanto fuera de lugar en esta pequeña habitación atestada de muebles, cuadros antiguos y relojes que hacen tictac mientras el conde se rasca la barbilla. Toda la habitación indica su afición a la buena vida. ¿Por qué decimos buena vida cuando deberíamos decir extravagancia, glotonería y holgazanería? El hecho de estar arruinado no impide al conde adquirir artículos caros, entre los que parece que se cuenta él mismo. En cuanto a su inmoralidad, está más que dispuesto a reconocerlo. La salvaje colección de sus ambiciones acecha desde un rincón, hambrienta y apestosa.
– Se ha quedado usted absorto -dijo el conde, rodeando con un brazo los hombros de Camille y atrayéndole hacia la ventana. Su aliento apestaba a alcohol-. Debo advertirle que me gusta rodearme de hombres con pasados sórdidos y complicados. Me siento a gusto entre ellos. Y usted, Camille, con sus impulsos y emociones que ha estado vendiendo en el Palais-Royal como ramos envenenados… -Se detuvo y se pasó la mano por el pelo-. Y su interesante, leve pero perceptible sombra de ambivalencia sexual…
– ¿Le divierte disecar a la gente?
– Me gusta usted -respondió Mirabeau secamente- porque nunca niega nada. Circula un manuscrito titulado «La France Libre». ¿Es suyo?
– Sí. No creerá que ese anodino panfleto que ha sacado constituye toda mi obra…
– No, maître Desmoulins. Veo que cuenta usted también con sus esclavos e imitadores. Dígame cuál es su política, en una palabra.
– Soy republicano.
Mirabeau soltó una blasfemia.
– La monarquía es para mí un artículo de fe -dijo-. La necesito. Me propongo alcanzar mis objetivos a través de ella. ¿Tiene muchos amigos que opinan como usted?
– No más de media docena. Es decir, no creo que halle a más de media docena de republicanos en todo el país.
– ¿Y a qué cree que se debe?
– Supongo que la gente no soporta la realidad. Creen que el Rey lanzará un silbido y les nombrará ministros. Pero ese mundo no tardará en desaparecer.
– Prepara mi ropa, Teutch -dijo Mirabeau a su mayordomo-. Algo elegante.
– Negro -dijo Teutch-. Es usted diputado, ¿no es así?
– Maldita sea, lo había olvidado. Parece que se están poniendo algo nerviosos -dijo el conde, indicando la antesala-. Sí, deja que pasen todos a la vez, será muy divertido. Ah, aquí viene el gobierno ginebrino en el exilio. Buenos días, señor Duroveray, señor Dumont, señor Clavière. Son unos esclavos -dijo Mirabeau en voz baja a Camille-. Clavière desea ser ministro de Finanzas. Se encuentra a gusto en cualquier país. Tiene unas ambiciones muy singulares.
– Me han tapado la boca -se quejó Brissot.
– Lo lamento -respondió Mirabeau.
Los ginebrinos lucían unos trajes de seda de color pálido, mientras que los diputados iban de negro y portaban unos folios bajo el brazo. Brissot, con una raída casaca marrón y sus cuatro pelos distribuidos sobre su calva ofrecía un aspecto ridículo.
– ¿Pétion? ¿Es usted diputado? Buenos días -elijo Mirabeau-. ¿De dónde? ¿De Chartres? Perfecto. Gracias por su visita.
Luego se giró y se puso a hablar con tres personas al mismo tiempo. Era evidente que Pétion no le interesaba. Era un hombre corpulento, de expresión bondadosa y apuesto. Miró a su alrededor sonriendo.
– ¡Pero si es el célebre Camille! -dijo de pronto.
Camille se sonrojó. Hubiera preferido que omitiera el adjetivo.