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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Todo eso era bastante habitual. Hasta aquel momento, los manifestantes no habían matado ni a un gato. Las ejecuciones constituían un ritual para que la gente se desahogara. El coronel de la guardia francesa envió a cincuenta hombres para que vigilaran Titonville, por si se organizaba un tumulto, pero se olvidó de la casa de Hanriot. Un grupo de manifestantes marcharon por la rue Cotte, derribaron las puertas y prendieron fuego a la vivienda. El señor Hanriot consiguió escapar indemne. No hubo víctimas. El señor Réveillon fue nombrado diputado.

El lunes empeoró la situación. La multitud llenaba de nuevo la rue Saint-Antoine, y se produjo otra incursión de Saint-Marcel. Mientras los manifestantes marchaban por la orilla del río, los estibadores y los pordioseros que dormían bajo los puentes corrieron a unirse a ellos; los obreros de la fábrica real de vidrio dejaron sus instrumentos y se lanzaron a la calle. Otros doscientos guardias franceses fueron enviados a Titonville, donde se parapetaron detrás de unos carros requisados. Los oficiales empezaron a advertir los primeros síntomas de pánico entre sus hombres. Frente a las barricadas podía haber cinco mil personas, o quizá diez mil. En los últimos meses se habían producido numerosos tumultos, pero esto era diferente.

Aquel día se celebraba una carrera hípica en Vincennes. Cuando los lujosos carruajes atravesaban el Faubourg Saint-Antoine, las elegantes damas y los caballeros, vestidos a l’Anglais, fueron obligados a apearse y gritar «¡Abajo con los especuladores!» Luego los ayudaron a montar de nuevo. Varios caballeros repartieron unas monedas para garantizar su seguridad, y algunas damas tuvieron que besar a repugnantes aprendices y apestosos carreteros en señal de solidaridad. Cuando apareció el carruaje del duque de Orléans, el público lo aclamó. El duque se apeó, pronunció unas tranquilizadoras palabras y vació su bolsa entre los presentes. Los coches que lo seguían se vieron obligados a detenerse.

– El duque está pasando revista a sus tropas -dijo un aristócrata.

Los guardias cargaron los fusiles y aguardaron. Unos grupos de gente se acercaron a los carros para hablar con los soldados, pero no mostraban intención de atacar las barricadas. En Vincennes los anglófilos animaban a sus caballos favoritos. La tarde transcurría sin mayores problemas.

Algunos manifestantes intentaron obligar a la gente que regresaba de las carreras a desviarse, pero cuando apareció el coche de la duquesa de Orléans la situación se hizo muy tensa. La duquesa deseaba atravesar las barricadas, según dijo el cochero. Los soldados trataron de explicarles el problema, pero la duquesa insistió. Era un conflicto entre etiqueta y conveniencia. Al fin prevaleció la etiqueta. Los soldados y algunos curiosos empezaron a retirar las barricadas. Los ánimos se exacerbaron; los manifestantes empezaron a gritar consignas; los soldados empuñaron de nuevo las armas. Cuando hubo pasado el coche de la duquesa, seguido de la enardecida multitud, Titonville fue totalmente quemado y destruido.

La muchedumbre había empezado a saquear los comercios de la rue Montreuil y cuando llegó la caballería obligaron a los soldados a desmontar. A continuación aparecieron los soldados de infantería, disparando a diestro y siniestro. Eran cartuchos de fogueo, pero antes de que la gente se diera cuenta de ello un soldado resultó levemente herido en la cabeza por una teja. Al girarse para encararse con su agresor, fue golpeado por otra teja que lo dejó ciego.

Al cabo de unos minutos, tras derribar las puertas y destrozar las cerraduras de los comercios y las viviendas de la rue Montreuil, la multitud se encaramó a los tejados. Los soldados retrocedieron, cubriéndose el rostro con las manos mientras la sangre se deslizaba entre sus dedos, tropezando con los cuerpos de sus compañeros. A las seis y media abrieron fuego contra la muchedumbre.

A las ocho llegaron tropas de refuerzo. Los manifestantes fueron obligados a retroceder. Los soldados se llevaron a los heridos que podían caminar. Al cabo de unos minutos aparecieron unas mujeres, con un chal sobre los hombros, acarreando cubos de agua para limpiar las heridas y dar de beber a los que habían perdido mucha sangre. Las fachadas de los comercios estaban destrozadas, las viviendas derruidas, las calles sembradas de trozos de vidrio y charcos de sangre. En las esquinas ardían pequeños fuegos. La bodega de Titonville había sido saqueada y los hombres y mujeres que habían destrozado los barriles y roto los cuellos de las botellas yacían semiinconscientes en medio de sus vómitos. Los guardias franceses, sedientos de venganza, los golpearon brutalmente. Sobre los adoquines corría un riachuelo de clarete. A las nueve llegó otro contingente de soldados de caballería. Los guardias suizos aparecieron con seis cañones. La jornada había concluido. En las calles yacían cerca de trescientos cadáveres.

Hasta el día del funeral, Gabrielle no salió de casa. Encerrada en su habitación, lloraba desconsoladamente mientras rezaba por el alma pecadora de su hijito, el cual había demostrado ser un niño violento, exigente y codicioso. Más tarde iría a la iglesia para encender unas velas a los santos inocentes.

Louise Gély hizo un paquete con las ropas del niño, su pelota y su muñeca de trapo, y lo llevó a su casa. Estaba seria, como quien está acostumbrado a atender a personas que acaban de perder a un ser querido y sabe que no debe dejarse arrastrar por la emoción. Luego se sentó junto a Gabrielle y le cogió la mano.

– Así es la vida -dijo maître d’Anton-. Justo cuando las cosas empiezan a ir bien, los malditos designios del Señor… -Su mujer y Louise lo miraron escandalizadas. D’Anton frunció el ceño-. La religión ya no me ofrece ningún consuelo.

Después de enterrar al niño, los padres de Gabrielle la acompañaron a casa para hacerle compañía.

– Fíjate en el futuro -dijo Angélique-. Podrías tener otros diez hijos.

Su yerno estaba sentado, con la mirada perdida en el infinito. El señor Charpentier no hacía más que pasearse arriba y abajo, suspirando. Se sentía impotente. Se acercó a la ventana y miró la calle. Angélique trató de obligar a Gabrielle a que comiera algo.

A media tarde, los ánimos de Gabrielle y su familia se serenaron. La vida debe continuar.

– Ésta es una triste situación para un hombre que solía estar siempre al tanto de todas las noticias -dijo el señor Charpentier, indicado a su yerno que las mujeres preferían estar solas.

Georges-Jacques se levantó de mala gana. Se pusieron el sombrero y caminaron a través de las concurridas y ruidosas calles hasta llegar al Palais-Royal y al Café du Foy. El señor Charpentier trató de entablar conversación con Georges-Jacques, pero fue en vano. La matanza que se había producido en la ciudad no interesaba a su yerno, que estaba ensimismado en sus problemas personales.

Al entrar en el café, Charpentier dijo:

– No conozco esa gente.

D’Anton echó un vistazo a su alrededor. Le sorprendió ver numerosos rostros que conocía.

– Aquí es donde se reúne la Sociedad Patriótica del Palais-Royal -dijo.

– ¿Quiénes son?

– Unos tipos aficionados a perder el tiempo.

Billaud-Varennes se dirigió hacia ellos. Hacía varias semanas que D’Anton no le daba trabajo; su taciturno semblante le irritaba. «No puede dar trabajo a todos los resentidos y gandules de la comarca», le había dicho Paré, su secretario.

– ¿Qué le parece todo esto? -preguntó Billaud. Tenía una perpetua expresión de amargado-. Desmoulins se ha reunido con las gentes de Orléans. Lo han comprado. Hablando del diablo…

Camille entró solo.

– ¿Dónde te has metido? -preguntó a Georges-Jacques-. Hace una semana que no te he visto. ¿Qué te parece lo de Réveillon?

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