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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Lo de siempre -contestó D’Anton sonriendo.

– Dinero. Está bien. Procuraré que consigas dinero.

El Café du Foy. La Sociedad Patriótica del Palais-Royal está reunida. Cada media hora reciben noticias de Versalles. El clero se está uniendo en masa al tercer estado. Mañana, según dicen, serán cincuenta nobles, encabezados por Orléans.

Los miembros de la Sociedad están convencidos de que existe un Complot de Hambre. Los especuladores están matando de hambre a la gente para obligarla a rendirse. El precio del pan aumenta cada día.

El Rey ha mandado llamar a las tropas de la frontera, y miles de mercenarios marchan hacia París. Sin embargo el peligro más inmediato son los bandoleros, como los llama todo el mundo. Acampan en las afueras de la ciudad, y por la noche penetran en ella sigilosamente. Son los refugiados de las provincias más pobres, donde las tormentas de granizo han asolado los campos. Son unos hombres hambrientos, agresivos, que recorren las calles como profetas, sosteniendo unos palos en las manos. Las mujeres procuran no andar solas por las calles. Los patronos entregan a sus aprendices unas hachas para que se defiendan. Los tenderos han instalado cerraduras nuevas. Antes de salir a buscar el pan, las sirvientes ocultan un cuchillo en el bolsillo de su delantal. El que los bandoleros no son totalmente desaprovechables es un hecho conocido tan sólo por la Sociedad Patriótica.

– ¿De modo que han oído hablar de tus proezas en Guise? -preguntó Fréron a Camille.

– Sí, mi padre suele escribirme con frecuencia, amonestándome. Me ha enviado también esta carta -contestó Camille, mostrando a su amigo una carta de su pariente, Antoine Saint-Just, el célebre delincuente de Noyon-. Léela.

Fréron cogió la carta. Estaba escrita con una letra minúscula, casi ilegible.

– ¿Por qué no la lees tú?

Camille sacudió la cabeza. No tenía costumbre de leer en voz alta en una habitación pequeña.

– ¿Por qué no? -le preguntó Fabre, enojado-. No es más difícil que hablar ante una multitud.

– De acuerdo -dijo Fréron. No le convenía que Camille se volviera demasiado competente en cosas ordinarias.

La carta contenía unas noticias muy interesantes: en Picardía se habían producido varios motines, la multitud se había echado a la calle, los edificios ardían, y los molineros y los terratenientes estaban amenazados de muerte. Se hallaba escrita en un tono de mal disimulada satisfacción.

– Me encantaría conocer a tu primo -dijo Fabre-. Parece un chico de lo más agradable y pacífico.

– Mi padre no me ha dicho una palabra de todo eso -respondió Camille-. ¿Crees que Antoine exagera? Tiene una caligrafía desastrosa… Como se aburre, quiere que suceda algo gordo… No tiene idea de la puntuación, y exagera con las mayúsculas… Creo que iré a Les Halles para hablar con los tipos del mercado.

– ¿Es ésa otra de tus muchas malas costumbres, Camille? -inquirió Fabre.

– Allí todos son de Picardía -dijo Fréron, acariciando la pequeña pistola que llevaba en el bolsillo de la casaca-. Diles que París los necesita. Diles que se echen a la calle.

– Antoine no deja de asombrarme -dijo Camille-. Mientras vosotros protestáis de forma convencional contra la violencia, la sangre de esos comerciantes constituye para él…

– Lo mismo que para ti -dijo Fabre-. Leche y miel, Camille. Julio es tu tierra prometida.

VII. La hora de matar

(1789)

3 de julio de 1789: de Launay, gobernador de la Bastilla, al señor De Villedeuil, ministro de Estado:

Tengo el honor de informarle que viéndose obligado por las circunstancias a dejar de hacer ejercicio en las torres, privilegio que concedió usted al marqués de Sade, ayer tarde se puso a gritar desde la ventana de su celda a voz en cuello, para que lo oyera todo el barrio, pidiendo auxilio y afirmando que torturamos y asesinamos a los presos de la Bastilla. No podemos permitirle que haga ejercicio en las torres, los cañones están cargados y resultaría muy peligroso. Todo el personal de la cárcel le quedaría muy agradecido si usted accediera a trasladar cuanto antes al marqués de Sade a otro lugar.

(firmado) De Launay

P.D. Ha amenazado con organizar otro espectáculo.

Durante la primera semana de julio, Laclos salió a reclutar a nuevos adeptos. Faltaban por añadir unos cuantos nombres a la nómina.

El mismo día que oyó a Desmoulins pronunciar su discurso en el Palais-Royal, llegó a manos del duque una copia del panfleto que Camille no había conseguido publicar, el cual circulaba en forma de manuscrito. El duque declaró que le producía dolor de cabeza, pero añadió:

– El hombre que ha escrito esto puede sernos útil.

– Lo conozco -respondió Laclos.

– Perfecto. Ve a hablar con él.

Laclos no imaginaba qué hacía suponer al duque que Desmoulins era un viejo amigo suyo.

En el Café du Foy, Fabre d’Églantine leía en voz alta un pasaje de su última obra. No sonaba prometedora. Laclos supuso que no tardaría en pedirle más dinero. Tenía una pésima opinión de Fabre, pero era necesario emplear a un imbécil para ciertos trabajos.

Camille se acercó a él y le preguntó sin rodeos:

– ¿Será el 12?

Laclos lo miró con aire de reproche. ¿Acaso no comprendía que era un asunto muy complejo, que requería infinita paciencia?

– El 12 no es posible. Será el 15.

– Mirabeau dice que las tropas suizas y alemanas llegarán el 13.

– Es un riesgo que debemos correr. Lo que me preocupa son las comunicaciones. Podría producirse una matanza en un determinado distrito, y a un par de kilómetros ni se enterarían. -Tomó un sorbo de café y continuó-: Se habla de formar una milicia ciudadana.

– Mirabeau dice que los tenderos están más preocupados por los bandoleros que por las tropas. Por eso quieren formar una milicia.

– Deja de repetirme lo que dice Mirabeau -protestó Laclos-. No necesito que me cuentes sus opiniones de segunda mano puesto que lo oigo disertar todos los días en la Asamblea. Tu problema es que te obsesionas con la gente.

Hace sólo unas semanas que se conocen y Laclos ya se permite criticarlo abiertamente.

– Estás enojado -dijo Camille -porque no has conseguido comprar a Mirabeau para el duque.

– Estoy convencido de que llegaremos a un acuerdo. De todos modos, quieren pedir a Lafayette -cotilleos de Washington, según dices tú- que se ponga al mando de la milicia ciudadana. Como puedes imaginar, eso es impensable.

– Lafayette es tan rico que podría comprar hasta el mismo duque.

– Eso no te concierne -contestó Laclos fríamente-. Quiero que me hables de Robespierre.

– Olvídalo -respondió Camille.

– Puede sernos muy útil en la Asamblea. Reconozco que le falta estilo, que se ríen de él, pero va mejorando.

– No pongo en duda su utilidad. Pero no podrás comprarlo. Y no se unirá a vosotros por amor al duque. No le interesan las facciones.

– ¿Qué es lo que le interesa? Si me lo dices, intentaré proporcionárselo. ¿Cuáles son sus debilidades? Es lo único que necesito saber. ¿Qué vicios tiene?

– Que yo sepa, no tiene debilidades ni vicios.

– Todo el mundo tiene algún vicio -insistió Laclos.

– Eso será en tu novela.

– Qué raro -dijo Laclos-. ¿Acaso pretendes decirme que ese hombre no necesita dinero? ¿O un trabajo? ¿O una mujer?

– No conozco el estado de su cuenta corriente. Si desea una mujer, supongo que será capaz de conquistarla él solito.

– O quizás… Hace mucho que os conocéis, ¿no es cierto? ¿No tendrá ciertas inclinaciones…?

– No, no -contestó enérgicamente Camille-. En absoluto.

– Lo cierto es que no parece ser uno de ésos -dijo Laclos, frunciendo el ceño. Tenía bastante facilidad para imaginar lo que la gente hacía en la cama; al fin y al cabo era su profesión. Pero el diputado de Artois tenía cierto aire de inocencia. Laclos sólo alcanzaba a imaginar que cuando estaba en la cama, dormía-. De momento lo archivaremos. Parece que el señor Robespierre es un tipo complicado. Háblame de Legendre, su carnicero. Tengo entendido que es capaz de decir cualquier cosa, y que tiene un par de pulmones increíbles.

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