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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Mirabeau: Muchas gracias, señores. Se lo agradezco profundamente. La combinación, mi querido Duroveray, de su erudición, mi querido Dumont, de sus… ronquidos, de su gran talento, junto con mis dotes de orador…

[Teutch asoma la cabeza.]

Teutch: ¿Han terminado? Ese señor todavía espera para hablar con usted.

Mirabeau: Sí, hemos concluido nuestra gran tarea. Hazle pasar.

[Cuando el diputado de Arras entra en la pequeña estancia, empiezan a despuntar las primeras luces. El humo del tabaco le escuece los ojos. Se siente en desventaja pues sus ropas están arrugadas y se ha manchado los guantes. Hubiera debido cambiarse antes de presentarse ante el conde. Mirabeau examina al joven anémico y cansado. Robespierre esboza una débil sonrisa mientras extiende una mano con las uñas mordidas.

Mirabeau, en lugar de estrecharle la mano, le da unos golpecitos en el hombro.]

Mirabeau: Mi querido señor Robespierre, siéntese, haga el favor, si es que encuentra una silla.

Robespierre: No importa, llevo bastante rato sentado.

Mirabeau: Lo siento. Tengo que atender tantos asuntos…

Robespierre: No importa.

Mirabeau: Lo siento. Trato de mostrarme asequible a todos los diputados que desean hablar conmigo.

Robespierre: No le entretendré mucho rato.

[Deja de disculparte, se dice Mirabeau. Ya te ha dicho que no le importa.]

Mirabeau: ¿En qué puedo ayudarlo, señor Robespierre?

[El diputado saca unos papeles doblados del bolsillo y se los entrega a Mirabeau.]

Robespierre: Es el texto de un discurso que espero pronunciar mañana. Me gustaría que le echara un vistazo y que me diera su opinión. Aunque es un poco largo, y quizás está usted cansado…

Mirabeau: Estaré encantado de echarle un vistazo. ¿Cuál es el tema de su discurso, señor Robespierre?

Robespierre: En mi discurso invito al clero a que se una al tercer estado.

[Mirabeau se gira bruscamente, crispando los puños. Duroveray se tapa la cara con las manos y lanza un suave gemido. Cuando ha conseguido dominarse, el conde se gira de nuevo hacia Robespierre.]

Mirabeau: Enhorabuena, señor Robinpère. Ha tocado usted el tema que nos ocupará mañana. Debemos asegurarnos de que nuestra propuesta tenga éxito.

Robespierre: Desde luego.

Mirabeau: ¿No se le ha ocurrido que quizás otros miembros de su asamblea se propongan abordar ese tema?

Robespierre: Sí, es lógico. Por eso he venido a verlo. Supuse que conocía los planes, no queremos que todos los diputados se levanten y digan las mismas cosas.

Mirabeau: Quizá le interese saber que he preparado un pequeño discurso sobre ese mismo tema. [Mirabeau habla y lee al mismo tiempo.] Si me lo permite, creo que es preferible que exponga la cuestión una persona bien conocida por sus compañeros, un orador experimentado. Puede que el clero escuche con menos interés a alguien que… ¿cómo se lo diría?… que todavía no ha tenido ocasión de revelar sus dotes de orador.

Robespierre: ¿Revelar? No somos prestidigitadores, señor. No estamos aquí para sacar conejos del sombrero.

Mirabeau: Por supuesto.

Robespierre: Suponiendo que uno poseyera unas dotes extraordinarias, ése sería sin duda el mejor momento de revelarlas.

Mirabeau: Comprendo su punto de vista, pero le sugiero que en esta ocasión ceda usted, por el bien de todos. Tengo muchos seguidores. A veces, cuando un nombre célebre se une a una causa…

[Mirabeau se detiene bruscamente. Observa en el delicado rostro triangular del joven una ligera expresión de desprecio. Pero el tono de su voz es amable y respetuoso.]

Robespierre: Mi discurso es eficaz, hace hincapié en todos los puntos importantes.

Mirabeau: Sin duda, pero el orador… Francamente, señor Robertpère, he pasado toda la noche trabajando en mi discurso y me propongo pronunciarlo, por lo que le ruego cordialmente que busque otra ocasión para su debut, o bien se limite a pronunciar unas breves palabras para apoyarme.

Robespierre: No, no estoy dispuesto a hacerlo.

Mirabeau: ¿Cómo que no? [El conde observa satisfecho que cuando alza la voz, el diputado parpadea.] Yo soy el personaje importante. Usted es un desconocido. Ni siquiera interrumpirán su conversación para escucharlo. Su discurso es prolijo, farragoso, no le dejarán terminarlo.

Robespierre: No intente intimidarme, no lo conseguirá. [No es un farol. Mirabeau lo mira fijamente. Sabe por experiencia que es capaz de intimidar a la mayoría de la gente.] No trato de impedir que pronuncie su discurso. Si se empeña, hágalo; yo pronunciare luego el mío.

Mirabeau: ¡Maldita sea! En su discurso y el mío decimos las mismas cosas.

Robespierre: Cierto, pero dado que tiene usted fama de demagogo, quizá sus palabras no les inspiren confianza.

Mirabeau: ¿Demagogo?

Robespierre: Político.

Mirabeau: ¿Y qué es usted?

Robespierre: Una persona normal y corriente.

[El conde se pone rojo como un tomate y se pasa la mano por el pelo, dejándolo alborotado.]

Mirabeau: Será usted el hazmerreír de todos.

Robespierre: No se preocupe por eso.

Mirabeau: Supongo que ya está usted acostumbrado a hacer el ridículo.

[El conde se gira hacia el espejo y ve que Duroveray acaba de despertarse.]

Duroveray: ¿Por que no tratan de llegar a un acuerdo?

Robespierre: No. Le he ofrecido llegar a un acuerdo, pero lo ha rechazado.

[Silencio. El conde suspira. Contrólate, Mirabeau, se dice, trata de adoptar una actitud conciliadora.]

Mirabeau: Me temo que se trata de un malentendido, señor de Robinspère. No es necesario que nos peleemos.

[Robespierre se quita las gafas y se frota los ojos. Mirabeau observa que tiene un tic en el ojo izquierdo. He ganado, piensa.]

Robespierre: Debo irme. Estoy seguro que está deseando acostarse.

[Mirabeau sonríe. Robespierre contempla la alfombra, sobre la que yacen, rotas y arrugadas, las hojas de su discurso.]

Mirabeau: Lo lamento. Un síntoma de una pataleta infantil, [Robespierre se agacha y recoge los papeles.] ¿Desea que los arroje al fuego? [Robespierre se los entrega dócilmente. Los músculos del conde se relajan visiblemente.] Tiene que venir a cenar una noche, Robertpère.

Robespierre: Gracias. Acepto encantado. No se preocupe por los papeles, tengo un borrador. Siempre conservo los borradores de mis discursos.

[Mirabeau observa por el rabillo de ojo que Duroveray se ha puesto en pie, llevándose una mano al corazón.]

Mirabeau: Teutch.

Robespierre: No se moleste en avisar a su mayordomo, conozco el camino. A propósito, me llamo Robespierre.

Mirabeau: Ah, creí que era De Robespierre.

Robespierre: No, simplemente Robespierre.

D’Anton fue a escuchar el discurso que pronunció Camille en el Palais-Royal. Se situó al fondo, presenciando el acto cómodamente.

– No puedes pasarte la vida sonriendo con aire despectivo -le dijo Camille-. Ya es hora de que te pronuncies.

– ¿Sobre qué? -respondió D’Anton.

Camille pasaba mucho tiempo con Mirabeau. Su primo De Viefville apenas le dirigía la palabra. En Versalles los diputados no cesaban de hablar, como si ello sirviera de algo. Cuando el conde tomaba la palabra, se alzaban unos murmullos de protesta. La Corte todavía no le había mandado llamar. Por las noches necesitaba que le hicieran compañía, para animarlo. El conde había hablado con Lafayette, rogándole que intercediera para que los nobles liberales apoyaran su causa. Pidió al abate Sieyès que tratara de convencer a los curas pobres de provincias, los cuales estaban a favor del pueblo, no de los obispos. Éste adoptó un aire pensativo. Era un hombre enjuto, de aspecto frágil, propenso a soltar frases lapidarias, que jamás bromeaba, jamás discutía. La política, según decía, es una ciencia que he perfeccionado.

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