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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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El conde acudió también a ver al señor Bailly, el presidente de la asamblea del tercer estado, para proponerle sus sugerencias. El señor Bailly lo miró fijamente. Era un célebre astrónomo, y, según observó alguien, tenía la cabeza más en las estrellas que en una revolución terrestre. Porque la palabra de moda era «revolución», no sólo en el Palais-Royal sino entre los cortinajes de seda y los oropeles. Estaba siempre en boca del diputado Pétion mientras conversaba con el diputado Buzot, un joven abogado de Evreux. Había veinte o treinta hombres que se sentaban siempre juntos, que no cesaban de murmurar entre sí y que a veces soltaban alguna carcajada. El primer discurso del diputado Robespierre fue suspendido debido a una cuestión técnica.

La gente se preguntaba qué había hecho para disgustar a Mirabeau. Mirabeau le llama «el cordero rabioso».

El arzobispo de Aix se presentó ante la asamblea del tercer estado portando un pedazo de pan negro y derramando lágrimas de cocodrilo. Exhortó a los diputados a no perder más el tiempo en fútiles discusiones. La gente se moría de hambre, y eso era lo que les daban de comer, dijo, sosteniendo el pedazo de pan entre el pulgar y el índice, para que todos lo vieran. Luego sacó un pañuelo de hilo con su escudo bordado y se limpió delicadamente las manos. Los diputados lo observaron con aire de reproche. Lo mejor que podían hacer, dijo el arzobispo, era dejar a un lado sus rencillas y formar un comité conjunto con los otros dos estados, para hablar sobre el hambre y la solución a dicho problema.

Robespierre se levantó y fue apresuradamente hacia la tribuna de oradores para evitar que alguien tratara de detenerlo. Si se unían con los otros estados para celebrar una sesión de comité, por un voto, el tercer estado habría perdido su causa. Era un truco del arzobispo.

– ¡No, no! -dijo enérgicamente. Era como si se le hubiera atragantado el pedazo de pan negro que sostenía el arzobispo en la mano. Al girarse, vio ante él centenares de rostros que lo miraban con expresión vacía y oyó su voz en medio del profundo silencio-: Que vendan sus carruajes y que entreguen el dinero a los pobres…

Los asistentes se miran perplejos. Nadie aplaude, y poco a poco se alza un curioso murmullo. La gente se levanta para observar mejor al orador. Éste se sonroja ligeramente. Aquí es donde empezó todo: el 6 de junio de 1789, a las tres de la tarde.

6 de junio, a las siete de la tarde. El diario de Lucile Duplessis:

¿Acaso debemos arrastrarnos eternamente como gusanos? ¿Cuándo hallaremos la felicidad que todos ansiamos? El hombre se deja deslumbrar fácilmente, y cree hallar la felicidad. Pero la felicidad no existe en la Tierra, es una quimera. Cuando el mundo cese de existir… pero es imposible que desaparezca todo. Dicen que no quedará nada. Absolutamente nada. El sol perderá su fulgor, dejará de brillar. ¿Qué será de él? ¿En que se convertirá?

Se detiene unos instantes, dudando en subrayar la palabra «nada». Pero no necesita subrayarla.

– Apenas pruebas bocado, Lucile -dice su padre-. Te estás consumiendo. ¿Qué le ha pasado a mi niña?

Se ha adelgazado mucho. Se le notan todos los huesos. Tiene ojeras. Se niega a recogerse el cabello. Antes tenía una mirada alegre y vivaracha, pero ahora observa a la gente con ojos tristes y sombríos.

– Deja de tocarte el pelo, Lucile -dice su madre-. Me recuerda… Me irrita.

Pues sal de la habitación, madre; no me mires.

Debe de tener el corazón de piedra. Cada mañana, al despertarse, comprueba que está viva, que aún respira. Al mirar a su padre a los ojos ve en ellos el reflejo de una joven alegre y feliz, de veintitantos años, con dos o tres niños sentados en sus rodillas; al fondo aparece un hombre fornido y honrado, impecablemente vestido, pero la zona de su rostro es nebulosa. No les dará esa satisfacción. Ha pensado en varias formas de suicidarse. Pero eso sería poner fin a todo; y la auténtica pasión jamás llega a consumarse. Es preferible encerrarse en un convento, sofocar la metafísica lujuria bajo unos hábitos. O marcharse un día y afrontar la pobreza, el amor y el azar.

Señorita Languidez, la llama D’Anton. Tiene algo que ver con las obras inglesas que lee.

El 12 de junio, tres curas rurales se unieron al tercer estado. El 17, otros dieciséis. El tercer estado se denomina ahora «Asamblea Nacional». El 20 de junio, les impiden reunirse en el salón de los Pequeños Placeres. Está cerrado por reformas, según les comunican.

La solemne expresión del señor Bailly, que tiene el sombrero empapado a consecuencia de la lluvia, contrasta con las risas burlonas de los demás diputados. El doctor Guillotin, su compañero académico, pregunta:

– ¿Por qué no nos reunimos en la pista de tenis?

Los otros le miran perplejos.

– No está cerrada. No dispondremos de mucho espacio, pero si no hay otra solución…

Al llegar a la pista de tenis suben al presidente Bailly sobre una mesa y juran no separarse hasta ofrecer a Francia una constitución. Abrumado por la emoción, el científico asume la pose de un antiguo romano.

– Ya veremos lo que hacen cuando ataquen las tropas -observa el conde de Mirabeau.

Tres días más tarde, cuando se hallan reunidos de nuevo en su antigua sala, el Rey se presenta de improviso. Con voz temblorosa, suspende la sesión. Sólo él puede redactar un programa de reformas. Mira las negras chaquetas y corbatas, los pétreos rostros de los hombres sentados ante él; parecen sus propios monumentos. Tras ordenarles que se dispersen, el Monarca abandona apresuradamente el salón.

Mirabeau se levanta de un salto. Escrupulosamente atento a su leyenda, mira a su alrededor en busca de los dactilógrafos y la prensa.

El maestro de ceremonias les ruega que suspendan la sesión, tal como ha ordenado Su Majestad.

Mirabeau: Si le han ordenado que nos obligue a hacernos marchar, tendrá que utilizar la fuerza. Sólo abandonaremos nuestros asientos a punta de bayoneta. El Rey puede mandar que nos ejecuten. Dígale que estamos dispuestos a morir; pero no nos separaremos hasta haber redactado la constitución. -Después añade en voz baja, dirigiéndose a su vecino-: En cuanto aparezcan nos largamos.

Durante unos instantes todos guardan silencio, los cínicos, los detractores y los cotillas. Luego los diputados rompen a aplaudir, retrocediendo para cederle paso mientras el conde avanza contemplando la invisible corona de laurel que adorna su encrespado cabello.

– La respuesta es la misma, Camille -dijo Momoro, el impresor-. Si publico esto acabaremos en la Bastilla. No merece la pena revisarlo, cada versión es peor que la anterior.

Camille lanzó un suspiro y cogió su manuscrito.

– Ya nos veremos.

Aquella mañana, en el Pont-Neuf, una mujer le había leído el porvenir. Le había dicho lo de costumbre: dinero, poder y éxito en los asuntos del corazón. Pero cuando Camille le preguntó si viviría muchos años, la mujer examinó la palma de su mano y le devolvió el dinero.

D’Anton estaba en su despacho, sentado ante un montón de papeles.

– Ven a verme en los tribunales esta tarde -dijo a Camille-. Voy a aplastar a tu amigo Perrin.

– Sólo te gusta atacar a la gente con la que te enfrentas en los tribunales -le reprochó Camille.

– ¿Atacar? -repitió D’Anton, perplejo-. Me llevo muy bien con Perrin. Aunque no tan bien como contigo.

– No entiendo por qué concedes tanta importancia a esas insignificancias.

– Porque tengo que ganarme la vida -contestó D’Anton lentamente-. Me gustaría ir a Versalles para ver lo que se cuece allí, pero tengo a maître Perrin y a unos litigantes que me esperan a las dos en punto.

– ¿Qué es lo que quieres, Georges-Jacques?

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