La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Allí va Orléans -dijo de Bourville-. Fíjate, ha insistido en desfilar con el tercer estado. El maestro de ceremonias está tratando de disuadirlo. El pobre hombre se encuentra desesperado. Mira, allí está el duque de Biron.
– Lo conozco. He estado en su casa.
– Y allí está Lafayette. -El héroe americano, pálido y abstraído, lucía un chaleco plateado y su puntiaguda cabeza se hallaba oculta bajo un tricornio a la Henri Quatre-. ¿Lo conoces?
– Solamente de oídas -respondió Camille-. Por los cotilleos de Washington.
Bourville se echó a reír y dijo:
– Debes incluirlo en uno de tus libros.
– Ya lo he hecho.
Al llegar a la iglesia de Saint-Louis, Robespierre ocupó un asiento junto al pasillo, desde el cual pudo contemplar perfectamente la ceremonia. Estaba tan cerca de los ilustres personajes, que cuando el mar episcopal se separó unos segundos entre los mantos violetas y las amplias mangas de los obispos, la mirada del Rey, vestido de oro, se cruzó con la suya; y cuando la Reina se giró, las plumas de garza que adornaban sus cabellos parecieron hacerle señal para que se acercara. El Sagrado Sacramento, en una custodia de oro cuajada de piedras preciosas, resplandecía como un pequeño sol en manos del obispo. Se sentaron en una tarima bajo un dosel de terciopelo bordado con flores de lis doradas. A continuación, el coro entonó:
O salutaris hostia.
Si pudieras vender las joyas de la Corona, ¿qué comprarías para Francia?
Quae coeli pandis ostium,
El Rey parece medio dormido.
Bella premunt hostilia,
La Reina tiene aspecto arrogante.
Da robur, fer auxilium.
Tiene el aire de los Austrias.
Uni trinoque Domino,
Señora Déficit.
Sit sempiterna gloria,
Afuera, las mujeres aclamaban a Orléans.
Qui vitam sine termino,
No veo a nadie que conozca.
Nobis donet in patria.
Quizás baya venido Camille.
Amén.
– Mira -dijo Camille a de Bourville-, ahí está Maximilien.
– Supongo que su presencia no debería sorprendernos.
– Yo debería formar parte de la procesión. De Robespierre es inferior a mí intelectualmente.
– ¿Qué? -contestó el abate, soltando una carcajada-. Sin duda crees que Luis XVI es también inferior a ti intelectualmente, lo mismo que el Papa. ¿Qué más te gustaría ser, aparte de diputado? -Camille no respondió-. Eres incorregible -dijo el abate enjugándose los ojos.
– Allí está Mirabeau -dijo Camille-. Quiere editar un periódico. Voy a escribir en él.
– ¿Te lo ha pedido él?
– No, se lo propondré mañana.
De Bourville lo miró de soslayo. Camille es un embustero, piensa el abate, siempre lo ha sido. No, eso es demasiado fuerte; digamos que tiene mucha fantasía.
– Te deseo suerte -dijo el abate-. ¿Has visto cómo recibieron a la Reina? Pero aclamaron y vitorearon a Orléans. Y a Lafayette. Y a Mirabeau.
Y a D’Anton, se dijo Camille. D’Anton llevaba un importante caso entre manos y se había negado a acudir a presenciar el espectáculo. Y a Desmoulins, añadió. Desmoulins fue el que recibió más vítores y aplausos.
No había cesado de llover durante toda la noche. A las diez, cuando comenzó la procesión, las calles relucían bajo el sol, pero a mediodía el suelo estaba seco.
Camille había decidido pasar aquella noche en Versalles, en la vivienda de su primo. Había pedido ese favor al diputado en presencia de varias personas, para que éste no pudiera negarse. Llegó pasada la medianoche.
– ¿Dónde demonios te has metido? -le preguntó De Viefville.
– Estaba con el duque de Biron. Y el conde de Genlis -respondió Camille.
– Comprendo -dijo De Viefville. Estaba irritado porque no sabía si creerlo o no. Había una tercera persona presente, lo cual le impedía ponerse a discutir con su primo.
– Me marcho -dijo un joven, levantándose de un sillón en una esquina de la sala-. Pero piense en lo que le he dicho, De Viefville.
De Viefville no le presentó a Camille. El joven se dirigió a éste y dijo:
– Me llamo Barnave, quizás haya oído hablar de mí.
– Todos hemos oído hablar de usted.
– Quizá me tome por un agitador. Espero poder demostrarles que soy capaz de otras cosas más provechosas. Buenas noches, caballeros.
Al salir cerró la puerta silenciosamente tras de sí. Camille hubiera deseado correr tras él para hacerle algunas preguntas, para tratar de entablar amistad con él, pero estaba agotado. Ese Barnave era el hombre que en el Delfinado había conseguido provocar resistencia a los edictos reales. La gente lo llamaba Tigre, un apodo que a Camille le parecía un tanto exagerado tratándose de un joven abogado de educados modales.
– ¿Qué sucede? -le preguntó De Viefville-. ¿Estás decepcionado? ¿No es como imaginabas?
– ¿Qué es que lo que pretende?
– Apoyo para sus medidas. Sólo podía dedicarme quince minutos.
– ¿Te sientes ofendido?
– Mañana los verás a todos despellejándose entre sí. Son una pandilla de ambiciosos.
– ¿No existe nada que pueda alterar tus creencias provincianas? -preguntó Camille-. Eres peor que mi padre.
– Si fuera tu padre, Camille, hace años que te habría retorcido el pescuezo.
Los relojes dieron la una al unísono, en el palacio y en toda la ciudad. De Viefville dio media vuelta y se dirigió a su habitación. Camille sacó el borrador de su panfleto «La France Libre». Después de leerlo de cabo a rabo, lo rompió y lo arrojó al fuego. No estaba a la altura de las circunstancias. La semana que viene, deo volente, o el mes que viene, lo escribiría de nuevo. Mientras observaba las llamas se vio a sí mismo sentado ante su mesa, escribiendo, mientras la pluma volaba sobre el papel. Cuando cesó el ruido del tráfico bajo la ventana, se sentó en un sillón y cayó dormido junto a las brasas del hogar. A las cinco la luz empezó a filtrarse entre los postigos y pasó el primer carro de pan negro para el mercado de Versalles. Camille se despertó y miró sobresaltado a su alrededor.
El mayordomo, que en realidad no era un mayordomo sino un guardaespaldas, preguntó:
– ¿Ha escrito usted esto?
En la mano sostenía una copia del primer panfleto que había escrito Camille, titulado «Una filosofía para el pueblo francés». Lo esgrimía como si fuera un arma peligrosa.
Camille lo miró asustado. A las ocho, la antesala de Mirabeau estaba repleta de gente que deseaba entrevistarse con el conde. Camille se sentía pequeño, insignificante, aplastado por la agresividad de aquel hombre.
– Sí -contestó-. Mi nombre está al pie.
– Perfecto, ya hace tiempo que el conde desea hablar con usted -dijo el mayordomo-. Acompáñeme.
Camille lo miró asombrado pues nada había resultado sencillo hasta ahora. El conde de Mirabeau llevaba una bata de seda escarlata que parecía una cortina, como si esperara a un escultor que tuera a hacerle un busto. Iba sin afeitar, y en su frente brillaban unas gotas de sudor; tenía el rostro picado de viruela y un tono macilento.
– De modo que es usted el filósofo -dijo-. Teutch, tráeme café. -Luego se giró hacia Camille y añadió-: Pase. -Camille vaciló unos instantes-. Le he dicho que pase -repitió bruscamente el conde-. No soy peligroso. Al menos a estas horas del día.
El escrutinio del conde era ofensivo, para ponerlo nervioso.
– Me había propuesto secuestrarlo en algún lugar público y traerlo aquí -dijo el conde-. Desgraciadamente, pierdo el tiempo esperando a que el Rey me mande llamar.