Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » La Sombra De La Guillotina
La Sombra De La Guillotina - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 224
Перейти на страницу:

Pero no antes del discurso de Necker. El ministro de Finanzas se puso en pie, mientras todos los presentes guardaban silencio. Maximilien de Robespierre se inclinó hacia adelante y le observó atentamente. Necker empezó a hablar. Se le oía mejor que a Barentin. Su discurso consistía en números, números y más números.

Al cabo de diez minutos, Maximilien de Robespierre, al igual que el resto de los hombres, dirigió la mirada hacia los bancos donde las damas de la Corte estaban colocadas como platos en una estantería, sentadas rígidamente en sus corsés. De vez en cuando se movían un poco y bostezaban discretamente, deseando que aquella tortura terminara cuanto antes. Pobrecillas, pensó Maximilien, se les va a partir la espalda de permanecer tan tiesas.

Pasó la primera media hora. Necker hablaba con voz clara y enérgica, como si hubiera estado ensayando; lo malo era que nada de lo que decía tenía el menor sentido. Lo que necesitamos es oír frases alentadoras, pensó Max, inspiradas. Al cabo de un rato Necker empezó a perder la voz, lo cual estaba previsto pues tenía un sustituto a su lado. El sustituto se levantó y empezó a hablar. Tenía una voz que crujía como un viejo puente levadizo.

Había una mujer a la que Max no quitaba los ojos de encima: la Reina. Cuantió habló su marido, hizo visibles esfuerzos por concentrarse en lo que éste decía. Cuando tomó la palabra Barentin, empezó a mirar a su alrededor descaradamente, observando a los ocupantes de los bancos del tercer estado, los cuales, a su vez, la observaban a ella. De vez en cuando bajaba la cabeza y contemplaba los refulgentes brillantes que adornaban sus manos. Luego la alzaba de nuevo y se giraba como si buscara a alguien. ¿Quizás a un enemigo? ¿A un amigo? Su abanico se movía entre sus manos como un pájaro.

Tres horas más tarde los diputados, mareados y aturdidos, abandonaron el salón donde se había celebrado la solemne ceremonia. Afuera, un nutrido grupo se congregó alrededor de Mirabeau, que estaba analizando el discurso del señor Necker.

– Es el discurso que uno espera oír de labios de un empleado de banco de pocas luces… En cuanto al déficit, es nuestro mejor aliado. Si el Rey no necesitara reunir dinero, no estaríamos aquí.

– Si no conseguimos que los votos se contabilicen individualmente, estamos perdiendo el tiempo -observó un diputado. Mirabeau le dio un golpe en el hombro que estuvo a punto de derribarlo al suelo.

Max se mantuvo alejado. No quería arriesgarse a recibir un mamporro por parte de ese bruto de Mirabeau. De pronto notó unos golpecitos en el hombro. Al girarse se topó con uno de los diputados bretones, que le dijo:

– La reunión sobre tácticas será esta noche, a las ocho, en mi habitación. ¿De acuerdo?

Max asintió. Sin duda quiso decir estrategia, pensó, el arte de imponer al enemigo el momento, el lugar y las condiciones de la batalla.

De pronto apareció el diputado Pétion.

– ¿Qué hace usted aquí solo, Robespierre? A propósito, he encontrado a su amigo.

El diputado se zambulló valientemente en el círculo que rodeaba a Mirabeau y reapareció al cabo de unos segundos acompañado de Camille Desmoulins. Pétion era un hombre sentimental; observó satisfecho la reunión entre ambos amigos. Camille estrechó la mano fría, firme y seca de Robespierre, sintiendo que el corazón le daba un vuelco. Al girarse vio a Mirabeau que se alejaba charlando animadamente con Barnave. Durante unos segundos vio al conde a una luz muy distinta: un noble venido a menos, un tanto tronado, en un ruidoso melodrama. En aquel momento sintió deseos de abandonar el teatro.

El 6 de mayo, el clero y la nobleza se reunieron por separado en las salas que les habían sido asignadas. Pero no había ningún lugar lo bastante espacioso para albergar al tercer estado, a excepción del salón de los Pequeños Placeres. Así pues, se reunieron en dicho salón.

– El Rey ha cometido un error -dijo Robespierre-. Nos ha dejado en posesión de su territorio.

Su elocuencia lo sorprendió. Quizás había aprendido algo de sus conversaciones con Lazare Carnot, el ingeniero militar. Dentro de poco le tocaría pronunciar un discurso ante la gran asamblea. Arras había quedado muy lejos.

El tercer estado no tenía facultad para ocuparse de ningún asunto. De habérselo permitido, ello hubiera equivalido a aceptar su estatus como asamblea independiente, lo cual era impensable. De modo que pidieron a los otros dos estados que se reunieran con ellos. La nobleza y el clero se negaron en redondo.

– Escriban lo que yo les dicte.

Los esclavos ginebrinos estaban sentados, sosteniendo en sus rodillas unos libros sobre los que descansaban unos papeles. Los papeles del conde cubrían cada centímetro de superficie que pudiera utilizarse como escritorio. De vez en cuando los ginebrinos se miraban con aire de complicidad, como veteranos revolucionarios que eran. El conde se paseaba de un lado a otro, agitando las notas que sostenía en la mano. Llevaba la bata de seda escarlata y unos gruesos anillos que lanzaban destellos a la luz de las velas. De pronto apareció Teutch.

Teutch: Señor…

Mirabeau: Fuera.

[Teutch sale y cierra la puerta tras él.]

Mirabeau: De modo que la nobleza no quiere unirse a nosotros. Han rechazado nuestra propuesta… por cien votos en contra. El clero tampoco quiere unirse a nosotros, pero sus votos fueron, si no me equivoco, 133 contra 114, ¿no es así?

Los ginebrinos: Así es.

Mirabeau: Ha sido una votación muy reñida, lo cual no deja de ser revelador.

[Empieza a pasearse por la habitación. Los ginebrinos siguen escribiendo. Son las dos y cuarto. Teutch aparece de nuevo.]

Teutch: Señor, fuera hay un hombre con un nombre muy difícil que espera ser recibido desde las once.

Mirabeau: ¿Un nombre difícil?

Teutch: Difícil de pronunciar.

Mirabeau: Pues pídele que lo escriba en un papel y me lo traes, imbécil.

[Teutch sale de la habitación.]

Mirabeau: [divagando]: Necker. ¿Quién demonios es Necker? ¿Cuáles son sus cualificaciones para ser ministro? ¿Cuál es su gran atractivo? Yo se lo diré. Ese tipo no tiene deudas, ni amantes. Es lo que el público quiere en estos tiempos, un avaro suizo sin pelotas. No, Dumont, no escriba eso.

Dumont: Parece como si tuviera envidia de Necker, Mirabeau. De su cargo de ministro.

[Las tres menos cuarto. Teutch aparece y entrega un papel a Mirabeau. El conde lo guarda en el bolsillo.]

Mirabeau: Olvídense de Necker. Todo el mundo acabará olvidándose de él. Volvamos a lo nuestro. Así pues, parece que nuestra mejor esperanza es el clero. Si conseguimos convencerlos de que se unan a nosotros…

[A las tres y cuarto, el conde saca el papel del bolsillo y lo mira.]

Mirabeau: Robespierre. Sí, es un nombre extraño… Ahora todo depende de esos diecinueve sacerdotes. Mi discurso no debe de ser un discurso común y corriente sino un gran discurso, que no sólo les invite a unirse a nosotros sino que les mueva a hacerlo. Un discurso que les haga comprender claramente sus intereses y su obligación.

Duroveray: Y que de paso cubra el nombre de Mirabeau de gloria…

Mirabeau: Eso es.

[Teutch entra de nuevo.]

Mirabeau: ¿Acaso piensas entrar y salir cada dos minutos? ¿Todavía está ahí fuera el señor Robespierre?

Teutch: Sí, señor.

Mirabeau: Debe de ser un hombre muy paciente. Ojalá tuviera yo su paciencia. Ofrece al diputado Robespierre una taza de chocolate, Teutch, y dile que lo recibiré enseguida.

[Las cuatro y media. Mirabeau sigue hablando. De vez en cuando se detiene ante un espejo para contemplarse en él. El señor Dumont se ha quedado dormido.]

Mirabeau: ¿Todavía está ahí el señor Robespierre?

[Las cinco de la mañana. El conde abandona su expresión leonina y sonríe.]

1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 224
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)