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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Camille estaba de pie sobre una silla. Sostenía un papel y leía lo que parecía ser un expediente policial, mientras la brisa agitaba sus cabellos. Cuando terminó, sostuvo el papel durante unos segundos a la distancia de un brazo, entre el índice y el pulgar, y lo arrojó al suelo. El público rompió a reír. Dos hombres se miraron y desaparecieron entre la multitud.

– Son unos informadores -dijo Fréron.

Camille habló seguidamente de la Reina con cordial desprecio mientras la muchedumbre silbaba y protestaba; luego dijo que el Rey estaba rodeado de pésimos consejeros y alabó a Necker, y la gente comenzó a aplaudir. Cuando se refirió al bueno de Philippe y a sus obras benéficas, todos los presentes arrojaron los sombreros al aire y corearon su nombre.

– Lo van a arrestar -dijo Hérault.

– ¿Delante de esa muchedumbre? -respondió Fabre.

– No, más tarde.

D’Anton estaba muy serio. La multitud era cada vez más numerosa. La voz de Camille sonaba clara y enérgica, sin la menor vacilación. Había adquirido un marcado acento parisino. La gente atravesaba los jardines para acercarse a escucharlo. De la ventana superior de una joyería, Laclos, el hombre de confianza del duque, presenciaba la escena sin inmutarse, tomando unos sorbos de un vaso de agua y escribiendo en un papel. Todo el mundo salvo Laclos estaba empapado en sudor. Camille se enjugó el sudor de la frente y arremetió contra los especuladores de grano. «El mejor discurso de esta semana», escribió Laclos.

– Me alegro de que nos avisaras, Hérault -dijo D’Anton-. Pero no podemos detenerlo.

– Eso corre de mi cuenta -dijo Fabre con aire satisfecho-. Hay que ponerse serio con Camille. Incluso pegarle si es necesario.

Aquella tarde, cuando Camille salía de la casa de Fréron, dos caballeros le interceptaron el paso y le rogaron amablemente que los acompañara a casa del duque de Biron. Se montaron en un carruaje y nadie dijo una palabra durante el trayecto.

Camille se alegraba de no tener que hablar. Le dolía la garganta y había vuelto a tartamudear. A veces, en los tribunales, cuando se exaltaba, dejaba de tartamudear. Pero ahora había vuelto a hacerlo y tenía que recurrir a sus viejas tácticas: no podía pronunciar una frase seguida a menos que su mente se adelantara cuatro o cinco frases para transformar las palabras que no podía pronunciar en sinónimos o bien modificar lo que iba a decir. En algunas ocasiones, Fabre, desesperado, se golpeaba la cabeza contra el brazo de una silla.

El duque de Biron apareció brevemente, saludó a Camille con una inclinación de cabeza y desapareció en el interior de la casa. El aire era casi irrespirable; la luz de los candelabros iluminaba tenuemente la estancia. En las paredes colgaban unos tapices que olían a alcanfor y a humedad, y que presentaban unas escenas de caza. Camille contempló unas gráciles diosas, unos sabuesos de aspecto feroz, unos cazadores ataviados a la antigua usanza y un ciervo que flotaba en las aguas de un río. Súbitamente se detuvo, presa del pánico, deseando echar a correr. Uno de sus acompañantes le apoyó suavemente la mano en el hombro y le obligó a seguir avanzando.

Laclos le aguardaba en una pequeña habitación con las paredes tapizadas de seda verde.

– Siéntese -le dijo-, y hábleme de usted. Cuénteme lo que pensaba mientras soltaba esta mañana su discurso.

Laclos, que era un hombre perfectamente capaz de controlar sus emociones, no se explicaba cómo alguien podía inflamarse de aquella manera.

Al cabo de unos momentos entró De Sillery, amigo del duque, y ofreció a Camille una copa de champán. Puesto que no habían salido de caza y se aburría, decidió charlar un rato con aquel pequeño agitador.

– Supongo que tiene problemas financieros -dijo Laclos-. Nosotros podríamos ayudarle.

Cuando concluyó el interrogatorio, Laclos hizo un gesto imperceptible y aparecieron de nuevo los escoltas. Mientras recorrían de nuevo los pasillos pero en sentido inverso, Camille percibió el frío mármol bajo sus pies y el murmullo de voces, risas y música. Al pasar frente a los tapices, observó en los bordes unos lirios, unas rosas y unas campánulas. Afuera, el aire era todavía caluroso. Un lacayo abrió la puerta del carruaje y le ayudó a subir en él.

Camille se reclinó sobre los cojines. Uno de los escoltas corrió la cortinilla de terciopelo para proteger sus rostros de miradas curiosas.

Laclos rechazó la cena y reanudó su trabajo. El duque está bien servido por agitadores que sólo buscan complacer a la multitud, se dijo, por jóvenes exaltados como ése.

El 22 de abril, un miércoles, el hijito de Gabrielle, que había cumplido un año, yacía en la cuna, gimiendo y negándose a comer. Su madre lo acostó en su cama y el niño se quedó dormido, pero al amanecer notó que el niño tenía las mejillas ardiendo.

Catherine fue en busca del doctor Souberbielle.

– ¿Tose? -preguntó el médico a Gabrielle-. ¿No tiene apetito? No se preocupe. La primavera es una mala época. Procure descansar un rato.

Por la noche el niño seguía igual. Gabrielle durmió un par de horas y luego sustituyó a Catherine a la cabecera de su hijo. Se sentó en una silla, observando preocupada al pequeño. Cada pocos minutos le acariciaba la frente y las mejillas.

A las cuatro el niño parecía encontrarse mejor. La fiebre había bajado y estaba dormido. Gabrielle cerró los ojos, aliviada.

El reloj dio las cinco. Gabrielle se levantó de un salto, angustiada por un terrible presentimiento. Se inclinó sobre la cuna y vio que el niño yacía boca abajo, inmóvil. Estaba muerto.

En el cruce de la rue Montreuil y el Faubourg Saint-Antoine había un enorme edificio que los vecinos llamaban Titonville. La primera planta albergaba -según decían- unos suntuosos aposentos ocupados por un tal señor Réveillon. En el sótano había una bodega repleta de excelentes vinos. En la planta baja estaba la fuente de la riqueza del señor Réveillon, una fábrica de papel pintado en la que trabajaban 350 obreros.

El señor Réveillon había adquirido Titonville al arruinarse su propietario y había construido un próspero negocio de exportación. Era un hombre muy rico, y uno de los comerciantes más importantes de París. Era natural que se presentara como candidato a diputado de los Estados Generales. El 24 de abril se presentó lleno de esperanzas a la reunión electoral de la división de Sainte-Marguerite, donde sus vecinos lo escucharon con deferencia. Un buen hombre, Réveillon. Inteligente y trabajador.

El señor Réveillon observó que el precio del pan era demasiado alto. Todos le aplaudieron entusiasmados, como si hubiera dicho algo muy original. Si bajara el precio, dijo el señor Réveillon, los patronos podrían reducir los salarios, lo cual llevaría a una bajada del precio de los artículos manufacturados. En caso contrario, dijo el señor Réveillon, no se atrevía a pronosticar cómo acabarían las cosas. Los precios subirían, los sueldos subirían, los precios subirían, los sueldos subirían…

El señor Hanriot, dueño de una salitrería, apoyó con entusiasmo las palabras de Réveillon. Afuera, la gente se acercaba para informarse de cómo iba la reunión.

Sólo una parte del programa del señor Réveillon captó la atención del público: su propuesta de recortar los salarios. Todo Saint-Antoine se echó a la calle.

De Crosne, el teniente de policía, había advertido que podía haber problemas en el barrio, lleno de trabajadores emigrantes y con una elevada tasa de desempleo. La noticia se extendió lentamente por toda la ciudad. En Saint-Marcel, un grupo de manifestantes iniciaron una marcha hacia el río, gritando:

¡Mueran los ricos!

¡Mueran los aristócratas!

¡Mueran los especuladores!

¡Mueran los curas!

Transportaban una horca confeccionada en cinco minutos por el aprendiz de un carpintero, de la que colgaban dos muñecos de paja vestidos con ropas viejas y sus nombres escritos con yeso en el pecho: Hanriot y Réveillon. Asustados, los tenderos cerraron sus comercios. Los muñecos fueron ejecutados ceremoniosamente en la Place de Grève.

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