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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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A tenor de su expresión, Bill no estaba tan emocionado con todo el asunto.

De repente, cada fibra del cuerpo de Bill se tensó, como si alguien le hubiese metido el dedo en un enchufe. Eric dejó caer la mandíbula y me miró con expresión inescrutable.

Se escuchó el inconfundible sonido de una bofetada desde la habitación contigua (que hasta yo pude escuchar).

– Déjanos un momento -le dijo Bill a Eric. No me gustó el tono de su voz.

Cerré los ojos. No me creía capaz de encajar lo que viniera a continuación. No me apetecía discutir con Bill, o reprenderle por su infidelidad. No me apetecía escuchar explicaciones y excusas.

Escuché el susurro de su movimiento cuando Bill se arrodilló junto a mí en la alfombra. Se estiró a mi lado, se giró y cruzó su brazo sobre mí.

– Acaba de decirle a esa mujer lo buena que eres en la cama -murmuró Bill con dulzura.

Me levanté tan deprisa que desgarré las heridas tratadas de mi cuello y empecé a sentir punzadas en mi costado casi curado.

Me eché la mano al cuello y apreté los dientes para ahogar un sollozo. Cuando pude hablar, sólo pude decir:

– ¿Que ha hecho qué? ¿Qué? -la ira me hacía flirtear con la incoherencia. Bill me atravesó con la mirada y se puso un dedo sobre los labios para recordarme que debíamos guardar silencio.

– Eso nunca ha pasado -le susurré, llena de furia-. Pero, aunque así hubiera sido, ¿sabes qué? Te estaría bien empleado, traidor hijo de puta -crucé la mirada con la suya y lo miré directamente a los ojos. Pues vale, resolveríamos eso ahora.

– Tienes razón -murmuró-. Sookie, siéntate, te estás haciendo daño.

– Claro que me estoy haciendo daño. Y a ti también te lo voy a hacer -susurré, y estallé en lágrimas-. ¡Tuvieron que ser otros los que vinieran a contarme que pensabas dejarme tirada para vivir con ella! ¡Ni siquiera tuviste el valor de decírmelo tú mismo! Bill, ¿cómo has sido capaz de hacer algo así? ¡Fui una estúpida al creer que de verdad me querías! -con una rabia que apenas podía creer que naciera de mí, tiré la manta y me lancé contra él, buscando su garganta con los dedos.

Al demonio con los dolores.

Mis manos no pudieron rodear su cuello, pero apreté todo lo que pude mientras sentía que una ira incandescente me llevaba. Quería matarlo.

Si Bill se hubiera resistido, podría haber mantenido el ardor, pero, cuanto más apretaba, más se diluía la rabia, dejándome fría y vacía. Estaba montada a horcajadas sobre Bill, y él permanecía inerte en el suelo, tumbado pasivamente con las manos a los lados. Las mías aflojaron la presa del cuello y las empleé para taparme la cara.

– Espero que te haya dolido de cojones -dije con una voz ahogada, pero lo suficientemente inteligible.

– Sí -dijo-. Ha dolido de cojones.

Bill tiró de mí para que volviera al suelo con él y nos cubrió a ambos con la manta. Con suavidad, me empujó la cabeza para posarla entre su cuello y su hombro.

Nos quedamos así tumbados durante lo que pareció un buen rato, aunque quizá sólo fueran minutos. Anidé mi cuerpo junto al suyo por pura costumbre y honda necesidad; aunque no estaba segura de si lo que necesitaba era a Bill concretamente o la intimidad que sólo había compartido hasta ahora con él. Lo odiaba. Lo amaba.

– Sookie -dijo sobre mi pelo-. Yo…

– Shhh -dije-. Shhh -me acurruqué más cerca de él. Me relajé. Era como si me hubiera quitado una venda que hubiese estado demasiado apretada.

– Llevas la ropa de otra persona -susurró al cabo de uno o dos minutos.

– Sí, es de un vampiro llamado Bernard. Me la dio después de que se me destrozara el vestido en el bar.

– ¿En el Josephine's? -Sí.

– ¿Cómo te destrozaste el vestido?

– Me clavaron una estaca.

Todo su cuerpo se quedó inmóvil.

– ¿Dónde? ¿Te dolió? -se arrebujó en la manta-. Enséñamelo.

– Claro que dolió -dije deliberadamente-. Dolió de cojones -alcé la manga de la sudadera con cuidado.

Sus dedos acariciaron la brillante piel. No podía curarme como Bill. A él le llevaría una noche o dos tenerla tan lisa y perfecta como siempre, pero enseguida tendría el aspecto habitual, a pesar de una semana de torturas. Yo mantendría una cicatriz de por vida, con o sin sangre de vampiro. Puede que no fuese muy pronunciada y se estuviera curando a una velocidad fenomenal, pero era innegablemente roja y fea, la carne que tenía debajo estaba muy delicada, y toda la zona dolorida.

– ¿Quién te ha hecho esto?

– Un hombre. Un fanático. Es una larga historia.

– ¿Está muerto?

– Sí. Betty Joe Pickard lo mató de dos tremendos puñetazos. En cierto modo me recordó a una historia que leí en la escuela sobre Paul Bunyan.

– No conozco esa historia -sus ojos se posaron en los míos.

Me encogí de hombros.

– Mientras esté muerto -Bill se había aferrado a la idea.

– Ya ha muerto mucha gente. Todo por tu programa.

Hubo un prolongado momento de silencio.

Bill miró hacia la puerta que Eric había cerrado con tanto tacto tras de sí. Por supuesto, lo más probable era que estuviese escuchando lo que ocurría fuera y, como todos los vampiros, Eric gozaba de un excelente oído.

– ¿Está a salvo?

– Sí.

La boca de Bill estaba justo a la altura de mi oreja. Me hizo cosquillas al susurrar.

– ¿Registraron mi casa?

– No lo sé. Puede que entraran los vampiros de Misisipi. No tuve la oportunidad de pasarme después de que Eric, Pam y Chow vinieran a decirme que te habían secuestrado.

– ¿Y te dijeron…?

– Que planeabas abandonarme, sí. Me lo dijeron.

– Creo que ya he pagado por esa locura -dijo Bill.

– Puede que ya hayas pagado lo suficiente para tu gusto -dije yo-, pero no sé si el precio ha sido satisfactorio para mí.

Hubo un largo silencio en la habitación fría y vacía. Fuera, en el salón, tampoco había ningún ruido. Esperaba que Eric hubiera ideado nuestra siguiente maniobra, y confiaba en que ésta pasara por volver a casa. Independientemente de lo que hubiera ocurrido entre Bill y yo, necesitaba volver a Bon Temps. Necesitaba volver a mi trabajo, a estar con mis amigos y a ver a mi hermano. Puede que Jason no fuese gran cosa, pero era todo lo que yo tenía.

Me preguntaba qué estaría pasando en el apartamento contiguo.

– Cuando la reina acudió a mí y me dijo que había oído que estaba trabajando en un programa que nunca se había intentado antes, me sentí halagado -me dijo Bill-. Me ofreció una buena suma de dinero, aunque hubiese estado en el derecho de no ofrecer nada, pues soy su súbdito.

Sentí mi boca retorcerse ante un nuevo recordatorio de lo diferentes que eran los mundos de Bill y mío.

– ¿Quién crees que se lo dijo? -le pregunté.

– No lo sé, y la verdad es que no quiero saberlo -admitió Bill. Su voz parecía casual, incluso afable, pero yo sabía que había algo más.

– Ya sabes que llevaba un tiempo trabajando en ello -dijo Bill cuando concluyó que yo no iba a decir nada.

– ¿Porqué?

– ¿Por qué? -parecía extrañamente desconcertado-. Bueno, porque me pareció una buena idea. Tener una lista de todos los vampiros de Estados Unidos y al menos algunos del resto del mundo… Me parecía un proyecto valioso y, la verdad, una divertida recopilación. Y cuando empecé con las investigaciones, pensé en incluir imágenes. Y pseudónimos. E historiales. No dejaba de crecer.

– Así que has estado…, eh, recopilando una…, ¿una especie de directorio? ¿De vampiros?

– Exacto -el rostro luminoso de Bill se encendió incluso más-. Empecé una noche pensando, como quien no quiere la cosa, en la cantidad de vampiros con los que me había cruzado en mis viajes durante el siglo pasado, y empecé a hacer una lista. Luego le añadí un dibujo o una foto que hubiera tomado.

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