El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
– Llega un coche -dijo el encargado, y los atracadores miraron automáticamente por la ventana. De no haber sabido telepáticamente lo que hacía, quizá habría titubeado demasiado. Corrí a pasos cortos por el linóleo expuesto más deprisa de lo que hubiera creído posible.
– No veo ningún coche -dijo el menos corpulento.
– Creí haber escuchado el timbre de aviso -dijo el encargado-el que suena cuando lo pisa un coche.
Extendí la mano y giré el pomo de la puerta. Se abrió sin hacer ruido.
– A veces suena cuando no hay nadie -prosiguió el chico, y me di cuenta de que trataba de hacer ruido y mantener la atención de los otros para que pudiera cruzar la puerta. Una vez más, que Dios lo bendiga.
Abrí la puerta un poco más y la atravesé avanzando en cuclillas. Me encontré en un pasadizo estrecho. Había otra puerta en el otro extremo, que presumiblemente conducía a la parte posterior de la tienda. Tenía el cerrojo echado. Hacían bien en mantener cerrada con llave la puerta de atrás. Había una serie de colgadores clavados a la puerta, y de uno de ellos pendía una pesada chaqueta de camuflaje. Metí la mano en el bolsillo derecho y di con las llaves del chico. Fue una presunción afortunada. A veces pasa. Las aferré para evitar que tintinearan, abrí la puerta y salí al exterior.
Fuera no había nada más que una camioneta en las últimas y un apestoso contenedor de basura. Había poca luz, pero al menos no estaba completamente a oscuras. El asfalto estaba agrietado. Como era invierno, los hierbajos que habían crecido en esas rajas se encontraban resecos y descoloridos. Escuché un leve ruido a mi izquierda e inhalé una maltrecha bocanada de aire después de dar un fuerte respingo. El ruido lo había provocado un enorme mapache que se fue tranquilamente por un trecho de bosque que se extendía tras la tienda.
Solté el aire tan temblorosamente como había entrado. Me obligué a centrarme en el manojo de llaves. Por desgracia había como unas veinte. Ese muchacho tenía más llaves que las ardillas bellotas. Nadie, en la viña del Señor, podría usar tantas llaves. Las recorrí desesperadamente y por fin di con una que lucía las letras GM grabadas en la cubierta de goma negra. Abrí la puerta y accedí al rancio interior de la camioneta, que olía a cigarrillos y a perro. Sí, la escopeta estaba justo debajo del asiento. La abrí. Estaba cargada. Gracias a Dios que Jason creía en la autodefensa. Me había enseñado cómo cargar y disparar su nueva Benelli.
A pesar de mi recién obtenida protección, estaba tan asustada que no las tenía todas conmigo de poder dirigirme a la parte delantera de la tienda. Pero tenía que ver lo que ocurría y averiguar lo que le había pasado a Eric. Recorrí el lado del edificio donde estaba aparcada la vieja camioneta Toyota. En la plataforma de carga no había nada, excepto un punto que brillaba levemente. Acuné la escopeta en un brazo y extendí el otro para pasar el dedo por ese punto.
Sangre fresca. Me sentí vieja y helada. Me quedé allí con la cabeza gacha durante un rato largo y, finalmente, acumulé fuerzas.
Miré por la ventanilla del conductor para descubrir que la cabina estaba abierta. Bueno, qué suerte la mía. Abrí la puerta en silencio y miré en el interior. Había una caja abierta en el asiento delantero, y cuando comprobé su contenido, sentí que el corazón se me caía a los pies. La caja tenía un cartel que ponía: «Contenido: dos unidades». Había una malla de plata, de esas que se venden en las revistas paramilitares y se anuncian «a prueba de vampiros».
Aquello era como considerar una jaula de tiburones como un eficaz elemento disuasivo para sus mordiscos.
¿Dónde estaba Eric? Miré por los alrededores inmediatos, pero no encontré rastro alguno. Podía escuchar el zumbido del tráfico ocasional por la interestatal, pero el silencio era casi total en aquel aparcamiento sumido en la oscuridad.
Mis ojos se iluminaron cuando cayeron en una navaja de bolsillo que había en el salpicadero. ¡Aleluya! Coloqué la escopeta cuidadosamente sobre el asiento delantero, cogí la navaja, la abrí y me dispuse a hundirla en una rueda. Pero me lo pensé dos veces. Un desgarrón a conciencia de la rueda sería prueba suficiente de que alguien había estado allí fuera mientras los atracadores estaban dentro. Quizá no fuera una buena idea. Me contenté con hacer un pequeño agujero en la rueda, uno tan diminuto que podría halarse debido a cualquier cosa, eso me dije. Si emprendían la marcha, deberían parar en algún lugar del camino. Me guardé el cuchillo (últimamente se me había despertado la vena ladrona) y volví al cobijo de las sombras que rodeaban el edificio. No me llevó tanto tiempo como cabría imaginarse, pero sí que habían pasado varios minutos desde la última imagen que había evaluado la situación en el interior de la tienda.
El Lincoln seguía aparcado junto a los surtidores. El depósito estaba cerrado, así que tuve claro que Eric había terminado de repostar cuando pasó lo que fuera. Doblé la esquina del edificio sin despegarme de su perfil. Encontré un buen resguardo en la parte frontal, en el ángulo formado por la máquina de hielo y la pared delantera de la tienda. Me arriesgué a incorporarme lo justo para observar por encima de la máquina.
Los atracadores se habían desplazado a la zona de la tarima, donde se encontraba el encargado, y lo estaban golpeando.
Tenía que detener aquello. Lo estaban apaleando porque querían saber dónde me escondía, supuse; y no estaba dispuesta a que nadie más recibiera una paliza por mí.
– Sookie -dijo una voz, justo detrás de mí.
Al segundo, una mano me aferró la boca para impedir que gritara.
– Lo siento -susurró Eric-. Debí pensar en una idea mejor para decirte que estaba aquí.
– Eric -dije cuando pude hablar. Ya estaba más tranquila cuando me quitó la mano de la boca-.Tenemos que salvarlo.
– ¿Por qué?
A veces, los vampiros sencillamente me superan. Bueno, la gente también, pero esa noche tocaba un vampiro.
– ¡Porque lo están apaleando por nosotros, y probablemente lo matarán, y será culpa nuestra!
– Están atracando la tienda -dijo Eric, como si su mente fuese particularmente obtusa-. Tenían una red para vampiros nueva, y pensaron en probarla conmigo. Aún no lo saben, pero no ha funcionado. Pero no dejan de ser escoria oportunista.
– Nos están buscando a nosotros -dije, furiosa.
– Cuéntame -susurró, y eso hice.
– Pásame la escopeta -me dijo.
– ¿Sabes cómo se usa una de estas cosas? -dije, aferrando el arma.
– Probablemente tan bien como tú -aunque la miró dubitativo.
– Ahí es donde te equivocas -le dije. En vez de tener una larga discusión mientras mi nuevo salvador estaba recibiendo lesiones internas, rodeé corriendo la máquina de hielo, el depósito de gas propano, atravesé la puerta delantera y acudí a la tienda. La campanilla de acceso sonó de forma bastante clara y, aunque con todo el griterío parecían no haberme oído, se dieron perfecta cuenta de cuando disparé la escopeta al techo, sobre sus cabezas. Llovieron fragmentos de baldosas, polvo y aislante.
Aquello casi me dejó patidifusa, pero sólo casi. Les apunté con el arma directamente. Se quedaron petrificados. Era como cuando jugaba al escondite inglés de pequeña. Aunque con sus diferencias. El pobre encargado lleno de acné tenía la cara ensangrentada. Estaba segura de que le habían roto la nariz y que había perdido algunos dientes.
Sentí un estallido de ira tras los ojos.
– Dejad al chico tranquilo -dije con claridad.
– ¿Nos vas a disparar, muchachita?
– Puedes apostar tu culo a que sí -le solté.
– Y si ella falla, yo os pillaré -dijo la voz de Eric a mis espaldas. Un vampiro corpulento es un buen apoyo.
– El vampiro se ha soltado, Sonny -el que hablaba era el delgaducho de manos asquerosas y botas grasientas.
– Ya lo veo -dijo Sonny, el más corpulento. También era de tez más oscura. El hombre más menudo tenía la cabeza cubierta de ese pelo incoloro que la gente llama «castaño» por llamarlo de alguna manera.