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El club de los muertos

Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:

Solo hay un vampiro con el que Sookie Stackhouse se relaciona, y ese es Bill. Pero desde hace algún tiempo está algo distante: tanto como que se ha ido a otro estado. Eric, su siniestro y atractivo jefe, cree saber dónde encontrarle. Sin pararse a pensarlo, Sookie pone rumbo a la ciudad de Jackson, Misisipi. Allí encontrará el Club de los Muertos, lugar de encuentro un tanto peligroso en el que la elitista sociedad vampírica acude a pasar el rato y engullir un poco de sangre del tipo O. Cuando Sookie sorprenda a Bill en un acto de indisimulable traición, ya no estará segura de si querrá salvarle… o sacar punta a unas cuantas estacas.
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
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– Y si lo tenemos, ¿qué? -de repente parecía muy cauta-. Capturamos a un intruso tras nuestros muros anoche, sí.

– Esta mañana, al abandonar vuestro complejo, me volvieron a secuestrar -dije. Pensamos que sonaría convincente por mi tono ronco y agotado.

Hubo un largo silencio mientras ella meditaba acerca de las implicaciones.

– Tienes la costumbre de encontrarte en el lugar equivocado -dijo, como si remotamente le diera pena.

– Han hecho que os llame -dije con cuidado-. Se supone que tengo que deciros que el vampiro que tenéis allí es quien parece ser.

Se rió un poco.

– Oh, pero… -comenzó, y luego se calló-. Estás de coña, ¿verdad?

Mamie Eisenhower jamás habría dicho algo así, estaba dispuesta a jurarlo.

– En absoluto. Había un vampiro trabajando en el depósito de cadáveres la noche en que él murió -dije ronca. Betty Joe emitió un sonido a caballo entre el susto y el sofoco-. No lo llaméis por su verdadero nombre. Dirigíos a él como Bubba. Y, por el amor de Dios, no le hagáis daño.

– Pero ya hemos… ¡Aguarda!

Se fue corriendo. Pude escuchar el urgente sonido de sus pasos mientras se desvanecía en la distancia.

Suspiré y aguardé. Al cabo de unos segundos, estaba desquiciada con los tres tíos que no me quitaban ojo de encima. Me parecía que ya estaba lo bastante fuerte como para sentarme derecha.

Bill me sostuvo delicadamente mientras Eric me ponía almohadas detrás de la espalda. Me alegré de que alguno de ellos hubiera sido tan previsor como para extender la manta amarilla sobre el colchón y que no se mancharan de sangre las sábanas. Durante todo ese tiempo mantuve el auricular del teléfono pegado a la oreja, y cuando chirrió me sobresalté.

– Lo hemos bajado a tiempo -dijo Betty Joe, contenta.

– La llamada llegó a tiempo -le dije a Eric. Cerró los ojos. Parecía que estaba elevando una plegaria. Me pregunté a quién. Aguardé más instrucciones.

– Diles -dijo- que lo dejen marchar y nosotros lo llevaremos a casa. Diles que les pedimos disculpas por haberlo dejado rondar por ahí.

Transmití el mensaje de mis «secuestradores».

Betty Joe no tardó en rechazar las instrucciones.

– ¿Les puedes preguntar si se podría quedar a cantarnos un poco? Está en buena forma -dijo.

Cuando se lo dije, Eric puso los ojos en blanco.

– Que se lo pregunte, pero si se niega, tendrá que conformarse y no volver a pedírselo -dijo-. Le molesta mucho que lo hagan si no está de humor. Y a veces, cuando canta, le vienen recuerdos y se pone…, eh, muy pesado.

– Está bien -dijo cuando se lo hube explicado-. Haremos lo que podamos. Si no quiere cantar, dejaremos que se marche en paz -por el sonido, debió de volverse hacia alguien que tenía cerca. ¡Aleluya! Dos noches redondas seguidas en la mansión del rey de Misisipi, supongo.

Betty Joe volvió a hablar al teléfono:

– Espero que salgas con buen pie de tu aprieto. No sé cómo demonios quienquiera que te tenga ha tenido la suerte de estar al cuidado de la mayor estrella del mundo. ¿Considerarían negociar?

Aún no sabía ella los problemas que aquello acarreaba. Bubba tenía una desafortunada predilección por la sangre de gato, era un poco obtuso y tan sólo podía seguir indicaciones sencillas, aunque, de vez en cuando, mostraba destellos de sagacidad. Seguía las órdenes de forma bastante literal.

– Pide permiso para quedárselo -le dije a Eric. Me estaba cansando de ser la mensajera. Pero Betty Joe no podía reunirse con él, pues sabría que era el supuesto amigo de Alcide quien me ayudó a acceder a la mansión la noche anterior.

Aquello era demasiado complicado para mí.

– ¿Sí? -dijo Eric, al teléfono. De repente tenía acento británico. El señor Maestro del disfraz. Enseguida estaba diciendo cosas como «Es sagrado para nosotros» o «No sabéis lo que tenéis entre manos»; De haber dispuesto de sentido del humor en ese momento, el último comentario me habría hecho gracia. Al cabo de un poco más de conversación, colgó con aire satisfecho.

Estaba pensando en lo extraño que era que Betty Joe no hubiera mencionado que faltaba algo en el complejo.

No había acusado a Bubba de llevarse a su prisionero, y no había comentado nada acerca de encontrar el cuerpo de Lorena. Tampoco es que tuviera que mencionar esas cosas al teléfono a una humana desconocida, o que hubiera mucho que descubrir; los vampiros se desintegran bastante deprisa. Pero las cadenas de plata seguirían en la piscina, y puede que también restos suficientes como para identificar el cadáver de un vampiro. Podría ser que nadie hubiera mirado debajo de la lona de la piscina. Pero alguien debía de haberse percatado de que su prisionero estrella había desaparecido.

Quizá dieran por sentado que Bubba había liberado a Bill mientras merodeaba por el complejo. Le dijimos que mantuviera la boca cerrada, y estábamos seguros de que seguiría la orden a rajatabla.

A lo mejor estaba del todo desencaminada. Quizá Lorena se hubiera disuelto por completo para cuando se dispusieran a limpiar la piscina en primavera.

El tema de los cadáveres me recordó al cuerpo que encontramos metido en el armario del apartamento. Estaba claro que alguien sabía dónde estábamos y que no le caíamos bien. Dejar el cuerpo allí era un intento de relacionarnos con un crimen que, ciertamente, yo había cometido. Aunque no fuera ése en particular. Me preguntaba si ya habrían descubierto el cuerpo de Jerry Falcon. Las probabilidades parecían remotas. Abrí la boca para preguntarle a Alcide si había salido en las noticias, pero la volví a cerrar. Me faltaban energías para formar la frase.

Mi vida se me iba de las manos. En el espacio de dos días, había escondido un cadáver y había propiciado que hubiera otro. Y todo porque me había enamorado de un vampiro. Lancé a Bill una mirada poco cariñosa. Estaba tan absorta en mis pensamientos que casi no escuché el teléfono. Alcide, que se había ido a la cocina, debió de responder al primer tono.

Alcide volvió a aparecer por la puerta de la habitación.

– Fuera -dijo-. Os tenéis que ir todos al apartamento contiguo, por la puerta de al lado. ¡Rápido, rápido!

Bill me levantó con manta y todo. Estábamos ante la puerta y Eric abrió la cerradura del apartamento contiguo al de Alcide antes de poder decir «Jack Daniel's». Escuché el lento zumbido del ascensor llegando a la quinta planta, justo cuando Bill cerró la puerta detrás de nosotros.

Permanecimos quietos como estatuas en el frío salón del apartamento vacío. Los vampiros escuchaban atentamente lo que ocurría al otro lado. Empecé a temblar en los brazos de Bill.

A decir verdad, me sentí genial mientras me sostuvo, por muy enfadada que hubiera estado con él y por muchos que fueran los asuntos pendientes de los que hablar. A decir verdad, sentí una maravillosa sensación de regreso a casa en sus brazos. A decir verdad, por muy magullado que tuviera el cuerpo (magullado por él o, más bien, por sus colmillos), estaba contando los minutos para volver a encontrarme con el suyo, completamente desnudos, a pesar del terrible incidente del maletero. Suspiré. Me había decepcionado a mí misma. Tendría que hacer valer mi alma, porque lo que era mi cuerpo estaba dispuesto a traicionarme. Qué bien. Parecía querer olvidar el involuntario ataque de Bill.

Bill me depositó en el suelo de la habitación de invitados más pequeña con el mismo cuidado que si le hubiese costado un millón de dólares, y me envolvió con cuidado en la manta. El y Eric escuchaban por la pared, que colindaba con el dormitorio de Alcide.

– Qué zorra -murmuró Eric. Oh, Debbie había vuelto.

Cerré los ojos. Eric hizo un ruido de sorpresa y los volví a abrir. Me estaba mirando, y ahí estaba de nuevo esa desconcertante expresión de diversión en su cara.

– Debbie se pasó anoche por casa de su hermana para marearle la cabeza a propósito de ti. A la hermana de Alcide le gustas mucho -dijo Eric en un leve susurro-. Eso trae de cabeza a la cambiante de Debbie. Está poniendo a parir a Janice delante de Alcide.

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