El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
– ¿Quién te lo dijo? -se inclinó hacia mí, con la expresión atenta y los ojos muy abiertos.
– Los guardas de la puerta.
– ¿Los guardas de la puerta de la mansión te preguntaron si volverías para la crucifixión de esta noche? ¿De esta noche?
– Sí.
– ¿La de quién?
– No lo sé.
– Habría esperado que dijeras algo como «¿Dónde estoy?» -dijo Eric-, y no que preguntaras por una crucifixión que va a producirse… o que quizá ya se está produciendo -se corrigió, echando una mirada al reloj que había sobre la mesa.
– A lo mejor se referían a la mía -Bill parecía un poco impactado por la idea-. Quizá decidieran acabar conmigo esta noche.
– O puede que hayan cogido al fanático que trató de clavarle la estaca a Betty Joe -sugirió Eric-. Ese sí que sería todo un candidato a la crucifixión.
Pensé en ello tanto como era capaz de razonar a pesar de que el agotamiento no dejaba de amenazar con aplastarme.
– No creo que se refirieran a él -susurré. El cuello me dolía horrores.
– ¿Lograste leer algo en los licántropos? -preguntó Eric.
Asentí.
– Creo que se referían a Bubba -susurré, y todos se quedaron helados.
– Será subnormal… -dijo Eric con brutalidad tras un instante para procesarlo-. ¿Lo han cogido?
– Eso creo -era la impresión que yo tenía.
– Tendremos que recuperarlo -dijo Bill-. Si es que sigue vivo.
Era todo un gesto de valentía por parte de Bill aquella disponibilidad a regresar al complejo. Yo, en su lugar, jamás lo habría dicho.
El silencio que cayó resultó de lo más incómodo.
– ¿Eric? -las oscuras cejas de Bill se arquearon; aguardaba un comentario.
Eric dejó traslucir un enfado de lo más aristocrático.
– Supongo que tienes razón. Tenemos una responsabilidad hacia él. ¡No puedo creer que su Estado natal quiera ejecutarlo! ¿Dónde está su lealtad?
– Y ¿tú? -la voz de Bill fue mucho más fría cuando le preguntó a Alcide.
El calor de Alcide llenó la habitación, igual que la confusa maraña de sus pensamientos. Vale, había pasado gran parte de la noche anterior con Debbie.
– No veo cómo podría ayudar -dijo Alcide, desesperadamente-. Mi negocio, el de mi padre, depende de que yo pueda venir a menudo a esta ciudad. Y si me enemisto con Russell y su gente, eso sería prácticamente imposible. Ya será bastante complicado cuando averigüen que debió de ser Sookie quien liberó a su prisionero.
– Y mató a Lorena -añadí.
Otro significativo silencio.
Eric empezó a sonreír.
– ¿Te cargaste a Lorena? -manejaba bien la jerga para ser un vampiro tan antiguo.
No fue fácil interpretar la expresión de Bill.
– Sookie le clavó una estaca -dijo-. Fue una muerte justa.
– ¿Mató a Lorena en una pelea? -la sonrisa de Eric se hizo más grande si cabe. Estaba tan orgulloso como un padre que escucha a su primogénito recitar a Shakespeare.
– Una pelea muy corta -dije, pues no quería obtener ningún mérito que no me correspondiese. Si es que se puede hablar de mérito.
– Sookie ha matado a una vampira -dijo Alcide, como si eso también me diera puntos en su evaluación. Los dos vampiros de la habitación fruncieron el ceño.
Alcide llenó y me ofreció un gran vaso de agua. Me lo bebí lenta y dolorosamente. Me sentí notablemente mejor al cabo de uno o dos minutos.
– Volviendo al tema -dijo Eric, dedicándome otra significativa mirada para mostrarme que tenía más cosas que decir acerca de la muerte de Lorena-. Si no han identificado a Sookie como quien ha liberado a Bill, sin duda es la mejor elección para volver al complejo sin dar la alarma. Puede que no la estén esperando, pero no creo que la rechacen sin más. Estoy seguro. Sobre todo si dice que tiene un mensaje para Russell de parte de la reina de Luisiana, o que tiene algo que quiere devolverle a Russell… -se encogió de hombros, como para decir que no costaría demasiado dar con una buena historia.
No me apetecía volver a ese sitio. Pensé en el pobre Bubba y traté de preocuparme por su destino (que podría haberse cumplido ya), pero estaba demasiado débil para ello.
– ¿Una bandera blanca? -sugerí. Me aclaré la garganta- ¿Los vampiros tienen algo como eso?
Eric parecía pensativo.
– Por supuesto, pero en ese caso tendría que explicar quién soy -dijo.
La felicidad había hecho que Alcide resultara mucho más fácil de leer. Se preguntaba cuándo podría llamar a Debbie.
Abrí la boca, me lo pensé, la cerré y la volví a abrir. Qué demonios.
– ¿Sabes quién me empujó al maletero y lo cerró? -le pregunté a Alcide. Sus ojos verdes se clavaron en mí. Su expresión se tornó pétrea, contenida, como si temiese que la emoción se le fuese a filtrar por ella. Se volvió y abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Por primera vez, me di cuenta de que estaba en el dormitorio para huéspedes de su apartamento.
– Bueno, y ¿quién lo hizo, Sookie? -preguntó Eric.
– Su ex novia. No tan ex, después de anoche.
– Y ¿por qué iba a hacer algo así? -quiso saber Bill.
Hubo otro llamativo silencio.
– Sookie hacía las veces de la nueva novia de Alcide para poder acceder al club -dijo Eric delicadamente.
– Oh -dijo Bill-. ¿Por qué necesitabas acceder al club?
– Te han debido de dar muchos golpes en la cabeza, Bill -dijo Eric fríamente-Trataba de «escuchar» adonde te habían llevado.
Aquello se estaba acercando demasiado a las cosas de las que Bill y yo teníamos que hablar a solas.
– Sería una estupidez volver ahí -dije-. ¿Qué hay de una llamada telefónica?
Los dos se me quedaron mirando como si me estuviese convirtiendo en rana.
– Pues qué buena idea -dijo Eric.
Resultó que el número de teléfono figuraba bajo el nombre de Russell Edgington, no de «La mansión del terror» o «Vampires R Us». Terminé de cimentar la historia mientras tragaba el contenido de una gran taza opaca de plástico. Detestaba el sabor de la sangre sintética que Bill insistió en que bebiera, así que la mezcló con zumo de manzana. Procuré no mirar mientras la engullía.
Me la habían hecho beber de un trago cuando se presentaron en el apartamento de Alcide esa noche; no les pregunté cómo. Al menos ahora entendía por qué la ropa que me había prestado Bernard tenía un aspecto tan horrible. Parecía que me hubieran rajado la garganta, en vez de las magulladuras habituales por el doloroso mordisco de Bill. Seguía muy irritada, pero estaba mejor.
Por supuesto, yo fui la encargada de hacer la llamada. Aún no había conocido a ningún hombre de más de dieciséis años que le gustara hablar por teléfono.
– Con Betty Joe Pickard, por favor -le dije a la voz de hombre que contestó.
– Está ocupada-dijo secamente.
– Tengo que hablar con ella ahora mismo.
– Ahora mismo no puede. ¿Me deja su número?
– Soy la mujer que le salvó la vida anoche -de nada servía andarse por las ramas-. Tengo que hablar con ella ahora mismo. Tout de suite.
– Espere.
Hubo una larga pausa. Podía escuchar a gente pasando cerca del teléfono de vez en cuando, así como un animado alboroto, como llegando desde la distancia. No me apetecía pensar en ello demasiado. Eric, Bill y Alcide, que apareció finalmente en la habitación cuando Bill le preguntó si podía usar su teléfono, permanecían de pie, poniéndome todo tipo de caras, a lo que yo respondía con meros encogimientos de hombros.
Finalmente escuché el ruido seco de tacones acercándose.
– Te estoy agradecida, pero no puedes seguir alegando la deuda eternamente -dijo Betty Joe Pickard con brusquedad-. Contribuimos a tu curación y te dejamos un lugar donde recuperarte. No te borramos la memoria -añadió, como si fuese un detalle que se le hubiera escapado hasta ese preciso instante-. ¿Para qué llamas?
– ¿Tenéis allí a un vampiro imitador de Elvis?